Emma estaba de pie junto a la mesa de la cocina, pellizcando sin darse cuenta el borde de su camiseta. Tenía el móvil en la mano, y la pantalla mostraba obstinadamente lo mismo una y otra vez:
«Tarjeta no disponible. Operación rechazada».
Probó con la segunda tarjeta. Luego con la tercera. El resultado fue idéntico. Como si alguien hubiera apagado de un solo golpe su antigua vida.
En la puerta apareció León: brazos cruzados, barbilla alzada, una sonrisa autosatisfecha en el rostro. Como si hubiera ejecutado una maniobra brillante, y no puesto una zancadilla a su propia esposa.
— Esto se acabó, Emma — dijo con una dulzura helada. — A partir de ahora, solo tendrás acceso al dinero a través de mí. Cada euro. Si quieres comprarte un panecillo o un champú, vienes y lo pides. Si te portas bien, te doy. Si no… pues ya aguantarás.
En el taburete junto a la ventana estaba sentada Catalina, la suegra. Removió el té y ni siquiera intentó ocultar la satisfacción:
— León ha hecho lo correcto. Una mujer debe entender quién es el dueño de la casa. Últimamente se os ha ocurrido hablar sin permiso…
Emma dejó el móvil sobre la mesa con suavidad, cerró los ojos un instante y soltó el aire. No respondió con dureza: los años al lado de León le habían enseñado a mantenerse en calma incluso cuando el corazón latía como un martillo neumático.
— Explícame por qué este teatro — dijo en voz baja. — Pero claro, sin tus grandes discursos.
León arqueó las cejas.
*
— ¿Ah, no recuerdas? ¿Te lo recuerdo? Ayer, delante de mi amigo Ígor, empezaste a llevarme la contraria. Dije que iríamos a la casa de mi madre, y tú hablaste de querer ir al mar. ¡Delante de alguien! ¿Sabes cómo quedó eso? Fue una falta de respeto hacia mi autoridad.
— O sea… que tener opinión propia es una ofensa.
— La esposa debe apoyar al marido — replicó con frialdad. — No montar un espectáculo.
— Exacto — añadió Catalina, con un tono aún más punzante. — Aquí hay demasiadas… independientes.
Emma los miró, y de repente la golpeó una sensación nítida y casi física de extrañeza. Como si aquellas dos personas no fueran su familia, sino desconocidos en cuya cocina había entrado por error y recibido una oleada de reproches.
Guardó silencio mucho rato. Finalmente dijo con suavidad:
— De acuerdo. Está claro.
León entornó los ojos: probablemente lo último que esperaba era ese tipo de calma.
— Y ni se te ocurra tocar mis tarjetas — añadió, intentando recuperar el control. — He cambiado los PIN.
— No te preocupes, no voy a tocarlas — asintió Emma. — Voy a ayudar a Lucas con sus tareas. Me lo pidió.
Salió de la cocina sintiendo cómo su marido y su suegra intercambiaban miradas llenas de sorpresa.
Lucas estaba en su habitación, frunciendo el ceño sobre un cuaderno con un ejercicio de cochecitos.
— Mamá, ¿me ayudas?
— Claro, ven — Emma se sentó a su lado, le acarició la cabeza y pensó en silencio:
«Sí. Encontraremos una salida. De todo».
*
Lucas se durmió enseguida, agotado por el día en el colegio y sus actividades. Emma se quedó un momento junto a la ventana, observando las luces nocturnas de la ciudad.
Afuera — un noviembre húmedo, viento cortante, aceras resbaladizas. Y allá arriba, en la colina, la casa de sus padres. Aquella a la que no volvía desde hacía cinco años.
Los recuerdos vinieron solos:
su madre — estricta y contenida,
su padre — tranquilo y seguro,
y ella — joven, enamorada, obstinada.
Entonces creía que miraban por encima del hombro su elección. Que consideraban a León insignificante. Y León… León había sido cálido, atento, generoso en palabras y gestos. Parecía tan seguro.
Emma suspiró. Ahora casi no reconocía a aquella versión de sí misma.
El teléfono seguía en el alféizar. ¿Cuántas veces en los últimos meses quiso llamar a casa? Decenas. Pero nunca había encontrado el valor.
Hoy — lo encontró.
Marcó el número de su padre.
— Papá… soy yo.
— ¿Emmita? — su voz era suave y tan cálida que se le humedecieron los ojos. — ¿Cómo estáis? ¿Cómo está Lucas?
*
— Papá… soy yo.
— ¿Emmita? ¿Cómo estáis? ¿Cómo está Lucas?
Su respiración tembló — como si alguien hubiera abierto la puerta de una habitación cerrada desde hace años.
— Estamos… — susurró. — Papá, yo… ¿puedo ir? Unos días.
„Unos días“ — pero dentro llevaba escondido todo el peso de su corazón.
Hubo silencio. De ese que escucha más de lo que pregunta.
— Ven. Aunque sea ahora mismo. La casa está abierta. Siempre lo ha estado.
Emma cerró los ojos. Aquella frase iluminó la habitación más que la lámpara.
A la mañana siguiente, la casa con León parecía igual — pero ella ya no lo era. Su voz, su presencia… ya no le llegaban de la misma manera. Eran más débiles, más distantes.
— ¿Adónde vas? — preguntó al ver la maleta junto a la puerta. En su tono apareció algo nuevo: miedo.
— A casa de mis padres — respondió tranquila. — Unos días.
— ¿Y por qué, se puede saber?
Se acercó, como queriendo bloquearle el paso.
— Porque lo necesito — lo miró directo a los ojos. Sin ira. Sin reproches. Solo decisión.
Catalina apareció en el marco de la puerta, frunciendo el ceño:
— Emma, no hagas tonterías. Si tu marido dijo que te quedas en casa, pues te quedas. Le rompes la rutina al niño…
Emma se agachó junto a Lucas, que abrazaba su pequeña mochila.
— ¿Metiste los cochecitos?
— Sí — afirmó serio, mirando a su padre con una preocupación que Emma nunca le había visto.
*
León estalló:
— No vas a ninguna parte. ¡Te prohíbo desafiarme!
Emma se incorporó y respondió con la voz más tranquila y más firme que había pronunciado en toda su vida:
— León, tú puedes prohibirte cosas a ti mismo. A mí — no.
Él dio un paso para agarrar la maleta, pero Lucas se adelantó de repente, se plantó delante de su madre y le cogió la mano.
— Papá… mamá ya lo dijo.
Suave, pero seguro.
Y en el rostro de León algo se quebró — como si su propio hijo hubiera puesto el punto final.
El viaje transcurrió en silencio. Lucas se durmió acurrucado contra ella. Emma miraba por la ventana: árboles mojados, cielo gris, líneas de luz. Como si el mundo, de un momento a otro, se hubiera hecho más grande.
Cuando llegó a la casa de sus padres, se detuvo. Los escalones rojos. El olor a chimenea.
Y su padre — con las sienes plateadas, un jersey cálido, de pie en la puerta como si la hubiera estado esperando toda la vida.
— Hola, papá… — su voz tembló.
Él la abrazó. Sin preguntas. Como si supiera que todo se contaría a su tiempo.
Por la tarde, mientras Lucas jugaba con los cochecitos, su padre se sentó frente a ella.
— No voy a interrogarte — dijo. — Solo dime una cosa: ¿has venido a huir o a volver?
*
Emma miró a su hijo, luego sus propias manos.
— He venido… para no huir nunca más.
Su padre asintió, como si esas fueran exactamente las palabras que esperaba.
Al día siguiente León llamó. Tres veces. Emma no respondió.
A la cuarta — le escribió:
«Necesito tiempo. Y libertad».
La respuesta llegó enseguida: un torrente de reproches, acusaciones, intentos de manipulación.
Pero dentro de ella había una calma nueva. Como si aquella tormenta ya no perteneciera a su mundo.
*
Apagó el teléfono y salió al porche. El aire olía a hierba mojada y a leña. Lucas reía corriendo por el jardín. Y su corazón, por primera vez en años, no temblaba de miedo.
Ya no tenía que explicar a qué hora podía comprar pan.
Ya no tenía que pedir permiso para tener sueños.
Por fin se escuchaba a sí misma.
Y eso era más importante que cualquier otra cosa.
Esa noche, mientras su padre servía té, dijo en voz baja:
— Emma… la puerta siempre ha estado abierta. Pero tú decidirás a qué hogar quieres volver.
Ella sonrió — cansada, pero tranquila.
— Lo sé, papá. Y elegiré bien.
Y por primera vez en mucho tiempo, lo creyó.