— ¿Entiendes que sin ti esta casa se cae a pedazos? — la voz de Marcos sonó tan cortante que a Clara le tembló la mano que sostenía la taza húmeda. — ¿Puedes, por una vez, explicar con sentido por qué te comportas como una adolescente ofendida?
Clara dejó la taza en el fregadero y secó lentamente sus manos. La reunión familiar de ayer seguía delante de sus ojos como una escena en cámara lenta: la sonrisa burlona de Justina, las risitas de su suegra Mónica, la carcajada fuerte de su marido. Y su propia sonrisa inmóvil, pegada al rostro solo para no explotar allí mismo, en la mesa, y no gritar todo lo que llevaba años guardando.
— Me comporto como alguien que está cansada de ser parte del decorado — dijo con calma. — Y tú te comportas como alguien a quien todo le da igual mientras la cena esté caliente.
— ¡Pero qué tonterías dices! — Marcos se inclinó hacia ella, y el olor barato de su colonia le golpeó la nariz. — Ayer montaste un escándalo, hoy desapareciste desde la mañana sin avisar. Mi madre podría haberse hecho daño, mi padre pasó medio día peleándose con el ordenador, y Justina otra vez pidió ayuda con los niños. ¿Y qué? ¿A todos los ignoraste?
Clara suspiró. La cocina olía a café frío y a bayeta húmeda. Fuera rugía noviembre — mojado, gris, dolorosamente frío. Pero ella se mantenía erguida, mirándolo directamente.
*
— Marcos — su voz era baja, casi un susurro, pero cada palabra cortaba el aire como un cuchillo. — ¿De verdad no entiendes que esto no es normal? Que toda tu familia me trata como una limpiadora, una repartidora y una cuidadora a media jornada. Como una obligación, no como una persona.
Marcos bufó:
— ¿Te has llenado la cabeza con esas tonterías de “límites personales”?
Clara parpadeó despacio. Él mismo había dicho una de sus palabras prohibidas. No valía la pena corregirlo.
— Ayer algo se rompió dentro de mí. ¿Sabes cuándo? — no esperó respuesta. — Cuando Justina dijo que, si yo desaparecía, nadie lo notaría. Y tú… tú te reíste. Tú, Marcos.
Él no parecía preparado para que la conversación llegara tan lejos. Retrocedió un paso, rascándose la nuca.
— Venga ya… Era una broma. Te lo tomas todo demasiado a pecho.
— Me duele — dijo simplemente. — Me duele desde hace mucho. Tú solo no querías verlo. O fingías no verlo.
Él apretó los labios.
— ¿Y ahora qué? ¿Quieres vengarte? ¿Montar un numerito?
Clara miró por la ventana. Afuera las ramas mojadas se movían con el viento, alguien cerraba la puerta de un coche, otro corría hacia el trabajo. La vida seguía como siempre. Solo dentro de ella todo estaba congelado, como un cielo de invierno.
— No — respondió. — Solo quiero pensar en mí, por una vez en mi vida.
— ¿En ti?! — Marcos soltó una risa amarga. — ¡Perfecto! ¿Y quién piensa en mí? ¿En mis padres? ¿En esta casa? ¡Todo se sostiene sobre ti!
*
— Exacto — repitió ella en voz baja. — Y a nadie se le ocurre hacer nada por sí mismo.
Él se marchó hacia el salón. Después de un momento gritó, irritado:
— ¿Adónde vas? ¡Te pregunto bien!
Ella ya estaba en el recibidor, abrochándose el abrigo. La luz caía sobre su rostro pálido, pero sereno.
— Al trabajo — contestó. — Con personas a las que quizá aún puedo serles útil.
— ¿Y por la noche volverás para seguir con esta función? — preguntó más suave.
Clara se colocó la bufanda.
— Todavía no he tomado una decisión — dijo con sinceridad. — Necesito tiempo.
— ¿Cuánto? — se acercó, como si temiera que ella se evaporara.
— No lo sé.
Y de verdad no lo sabía. Pero por primera vez en años ese “no lo sé” no la asustaba. Al contrario — le daba una sensación punzante y extraña de libertad. Como entrar en agua helada que, de repente, te deja respirar a pleno pulmón.
Salió. Oyó cómo Marcos golpeaba la pared con el puño.
No volvió.
No miró atrás.
*
En el tren miraba por la ventana los campos, los andenes mojados, las viejas naves industriales. Luego bajó en una estación pequeña, donde el aire frío olía a hierba y humedad. Caminó rápido hasta llegar a la casa de su tía — la única persona que siempre le repetía: “Tienes derecho a pertenecer a ti misma.”
La puerta se abrió casi al instante.
— ¿Clara? — se sorprendió su tía Ana. — Pareces como si hubieras escapado de una tormenta. Entra, entra.
Dentro hacía calor y olía a té y madera. Solo allí Clara sintió lo agotada que estaba.
— Tía… estoy cansada — dijo por fin. — Cansada de ser todo para todos, y nada para mí.
Ana asintió.
— Pues hiciste bien en venir. Aquí por fin puedes ser alguien para ti.
Clara empezó a hablar. Despacio, pero sin detenerse. Las palabras salían solas, como si toda la historia hubiera esperado el momento de liberarse.
— Ayer comprendí algo terrible — terminó. — Que solo soy importante allí cuando soy útil. Y cuando yo necesito algo… no hay nadie.
Ana le dio una taza de té caliente.
— Eso no es amor, Clara. Eso es comodidad. Y la comodidad no se puede amar.
*
Por la noche, el teléfono empezó a sonar sin parar.
24 llamadas perdidas.
9 mensajes de Marcos.
3 de su suegra.
1 de Justina:
“¿En serio? Mamá está llorando, Marcos está en pánico. Deja el espectáculo. Vuelve.”
Clara puso el móvil boca abajo.
— ¿No vas a contestar? — preguntó Ana.
— Hoy no.
A la mañana siguiente, Clara salió a caminar. Sintió que algo dentro de ella volvía a colocarse en su sitio — despacio, pero con firmeza. Sabía que tenía que hablar con Marcos.
Y que sería difícil.
Cuando por fin lo llamó ella misma, él contestó al instante.
— ¡Clara! ¿Dónde estás? ¡Me estoy volviendo loco! ¿Por qué no dices nada?
— Marcos — lo interrumpió con calma. — Estoy bien. Estoy descansando. Necesito pensar cómo vivimos. Y si realmente se puede seguir así.
— Entonces… ¿me estás dejando? — susurró él.
— Dejo el papel — lo corrigió. — Y si sin ese papel no me ven… entonces así será.
Tras un largo silencio dijo:
— Iré. Quiero hablar. Cara a cara.
— Bien — respondió ella. — Pero con sinceridad. Sin “tienes que”, “debes”. Si empiezas… me voy.
Llegó por la noche — agotado, apagado, como si por primera vez hubiera visto que su vida cómoda podía derrumbarse. Se sentó frente a ella; entre ambos había un té ya frío.
*
— Clara… — empezó con cautela. — De verdad pensé que para ti era normal. Tú siempre…
— Exacto. Yo siempre. Tú nunca preguntaste si yo quería.
Él se cubrió el rostro con las manos.
— No imaginé que llegaríamos a esto.
Ella lo miró largo rato. Podía irse. Podía quedarse. La decisión, al fin, era solo suya.
— Marcos — dijo tranquila. — No sé qué pasará. Pero sé una cosa: no volveré a un papel en el que solo existo cuando a otros les conviene. Si vamos a seguir juntos, hay que cambiarlo todo. No a mí — todo.
Él levantó la mirada. Y por primera vez en años ella no vio rabia, ni reproches, sino una súplica.
— Lo intentaré. De verdad lo intentaré. Porque sin ti… no vivo. Solo sobrevivo.
Clara inhaló despacio. Y sintió que no dolía. Que nada dentro de ella se rompía. Solo escuchaba.
— Entonces… tenemos una oportunidad — susurró.
Y por primera vez en mucho tiempo no lo dijo para salvar a alguien.
Sino para salvarse a sí misma.