En el auricular cayó un silencio espeso, casi pegajoso. Solo se oía el murmullo lejano de una oficina. Tras unos segundos, una voz insegura, distorsionada por el teléfono, respondió. Era Javier.
— Lara, ¿no estarás confundida? ¿De qué estás hablando?
Lara estaba en medio del dormitorio, bañado por la luz indiferente de la mañana. Su mirada estaba fija en la cajita abierta sobre el tocador. Tallada en madera oscura, regalo de Javier por su primer aniversario. El terciopelo rojo del interior mostraba dos huecos vacíos, cruelmente vacíos.
Allí donde ayer por la mañana descansaba una fina cadena de oro con un colgante en forma de gota y unos pendientes diminutos, ahora había solo dos depresiones tristes, solitarias. No estaba confundida. Había llevado esos pendientes casi a diario, y justo ayer, por primera vez en un mes, los guardó, eligiendo ponerse otros. Recordaba ese gesto con una precisión casi ritual.
— No estoy confundida —su voz fue plana, metálica, sin temblor. No había pánico, solo una ira helada y precisa—. Ha desaparecido mi cadena de oro. Y los pendientes. Los que nos regaló tu madre en la boda.
— Espera, a lo mejor los dejaste en otro sitio… ya sabes, sin darte cuenta…
— No, Javier —lo interrumpió sin dejarle terminar esa excusa ridícula. Sus dedos se apretaron alrededor del teléfono—. No los moví. Y eso no es todo. ¿Te acuerdas del frasco nuevo de “Chanel” que me trajiste de tu viaje? También ha desaparecido. Ayer mismo le quité el plástico. Y la guinda del pastel: faltan doscientos euros de mi cartera en la entrada. Un billete. Exacto. Ayer solo hubo una invitada en esta casa. Tu hermana — Lucía.
*
Lara cruzó el piso, cada paso un golpe seco, como un martillo hundiendo clavos en el ataúd de su tranquilidad. Llegó al recibidor, abrió su bolso, sacó la cartera. La abrió como quien realiza un experimento forense. Todo encajaba.
Billetes pequeños, tarjetas… y un hueco vacío donde ayer reposaba un billete nuevo, recién sacado del cajero para el fin de semana. Recordó cómo Lucía, al pasar junto al aparador, lanzó una mirada fugaz a su bolso. En su momento no le dio importancia. Ahora esa mirada tenía un sentido depredador, siniestro.
— ¿Lucía? Lara, no puede ser. Sí, es un poco caótica, puede soltar cualquier tontería, pero ¿robar? Eso es demasiado. ¿Estás segura de que…?
— Estoy segurísima, Javier. ¡Y lo hizo! —Lara no gritó, pero su voz alcanzó una nota tan afilada que casi cortaba el aire. Él no le creía. Él dudaba de su palabra, protegiendo a su hermana. En su tono ella oía no ganas de aclarar las cosas, sino la necesidad instintiva de ocultarlo todo bajo la alfombra.
— Se sentó aquí, bebió mi té, me sonrió… y mientras tanto buscaba qué podía llevarse. Sabía que no iba a revisar cada paso suyo en mi casa…
*
Lara se dejó caer en el borde de la cama, como si las piernas ya no la sostuvieran. El teléfono estaba caliente, como si absorbiera su rabia. La voz de Javier aún resonaba en sus oídos.
— Lara… espera. Hablaré con Lucía. Puede ser un malentendido. Puede que sin querer…
— ¿Sin querer robar oro, perfume y dinero? —su voz no subió ni un tono, pero la pausa que siguió fue devastadora—. ¿Te escuchas?
Al otro lado se oyó un suspiro largo, agotado. Era su forma habitual de suavizar las cosas. Esa vez no sirvió.
— Ahora no puedo hablar —murmuró—. Tengo una reunión. Esta noche…
— No. Esta noche será demasiado tarde. —Lara apartó bruscamente la cortina. El sol le golpeó los ojos, pero ella no parpadeó—. Hoy. Antes de la noche. Mis cosas tienen que volver. No me importa cómo. Pero hoy, Javier.
Por primera vez, él no supo qué responder. El silencio era un muro entre ellos. Al final:
— Haré lo que pueda.
*
La llamada se cortó.
Lara dejó el teléfono en la repisa y cerró los ojos. Inspiró profundamente, como quien se prepara para sumergirse en agua helada. Después volvió a la cajita y la cerró con un suave clic. El dolor era casi físico —no por las cosas perdidas, sino por la traición. Por la desfachatez. Por haber sido tratada como alguien de quien se puede sacar ventaja sin consecuencias.
Entonces oyó el clic de la puerta. Javier siempre entraba en silencio, pero no a esas horas.
Lara salió al pasillo. Él estaba en el umbral —pálido, con los dedos temblorosos alrededor de las llaves. En su rostro había vergüenza, ira y miedo.
— ¿Te lo confesó? —preguntó ella sin alterar el tono. La frialdad era peor que un grito.
Javier cerró los ojos.
— Dijo que lo “tomó prestado un momento”. Las joyas, para una fiesta. El dinero, que pensaba devolverlo. El perfume… que quería probarlo. Ya sabes cómo es… que no lo hizo con mala intención…
— ¿Dónde están mis cosas? —preguntó Lara despacio, cada palabra con el peso de un golpe.
Él no respondió.
*
Y eso era la respuesta.
Lara se irguió, endureciéndose desde la columna como si dentro de ella se estirara una barra de acero.
— Bien. Escúchame con atención. —Su voz era clara, firme, sin temblor—. Coges el coche, vas a su casa y hay dos opciones: o hoy me devuelve todo —en dinero o en objetos— o puedes quedarte a vivir con ella hasta que decidáis qué hacer. No voy a compartir techo con una familia que me trata como una hucha abierta.
— Lara… basta. Es mi hermana…
— ¿Y yo qué soy, Javier? —dio un paso hacia él, y él retrocedió instintivamente—. ¿La mujer con la que vives? ¿La que prometiste proteger? ¿O la que puede soportar que roben sus cosas para evitar “un escándalo”?
Javier abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. Bajó la cabeza.
— Hoy eliges —dijo ella en voz baja, pero contundente—. No entre ella y yo. Entre la dignidad y la cobardía.
Él la miró como si la viera por primera vez.
Unos minutos después estaba poniéndose los zapatos.
*
Antes de salir, dijo apenas audible:
— Lo arreglaré.
Lara asintió. Sin esperanza. Pero con dignidad.
La puerta se cerró detrás de él.
Se quedó sola. Cerró la cajita, como quien cierra un capítulo. Luego dijo en voz alta, como firmando una decisión:
— Si hoy no vuelve nada… mañana recojo mis cosas.
No era una amenaza.
Era un final.
Y el comienzo de su propio camino.