Elisa estaba junto a la cocina, removiendo una salsa, cuando Martín lo pronunció. No lo gritó, no lo soltó en un arrebato: simplemente lo dijo, mirando hacia el frigorífico.
— Dejé de quererte.
Ella no se giró de inmediato. La cuchara quedó suspendida sobre la olla. Luego la dejó con cuidado en el soporte, se secó las manos con un paño y solo entonces lo miró. Martín estaba en el marco de la puerta, con los brazos rectos a los lados, como un alumno delante del director. Parecía esperar algo: lágrimas, gritos, quizá platos rotos.
— Bien — dijo Elisa.
Martín parpadeó. Su expresión cambió lentamente — de la actitud defensiva a la confusión total. Elisa pasó a su lado y fue al dormitorio. Abrió el armario y sacó su bolsa de viaje.
La azul — la que habían comprado antes de sus primeras vacaciones juntos. Comenzó a guardar su ropa: camisas, pantalones, calcetines. Sus movimientos eran precisos, casi mecánicos. Martín la miraba desde la puerta, observando cómo toda su vida se doblaba dentro de una maleta.
— ¿Qué haces?
— Lo que corresponde. Dejaste de quererme — no tiene sentido que te quedes.
Él iba a decir algo, pero ella ya cerraba la cremallera. Colocó la maleta junto a la puerta y la abrió de par en par. Afuera lloviznaba. Por primera vez en doce años, Elisa no le preguntó si llevaba paraguas.
— Espera, no pensé que reaccionarías así…
— ¿Y cómo pensaste que reaccionaría? — lo miró fijo. — ¿Que iba a rogarte? ¿A aferrarme? Doce años, Martín. Doce años adaptándome a tu horario, a tu carácter, a tus gustos. Dejaste de quererme — es tu derecho. El mío es dejarte ir.
Él tomó la maleta y salió. La puerta se cerró suave, casi sin sonido.
*
Durante los siguientes tres días, Elisa caminó por el piso sin saber qué hacer con el silencio. Abrió la nevera: su yogur favorito, el embutido que ella detestaba, el queso azul cuyo olor siempre le daba náuseas.
Tomó una bolsa y lo tiró todo. Luego sacó del trastero la máquina de coser — regalo de su madre por su vigésimo cumpleaños. Martín siempre llamaba a su costura “afición inútil” y a sus vestidos “trapos para el campo”.
Encendió la máquina. Vibró como un viejo amigo que había esperado mucho.
La vecina Inés le pidió ajustar un vestido: sencillo, azul, sin forma. Elisa aceptó para mantener las manos ocupadas. Cuando Inés se lo probó, se quedó inmóvil frente al espejo:
— Madre mía… ya no parezco un saco. Parezco una mujer.
A la semana siguiente llegaron dos vecinas más. Luego una amiga de Inés. Elisa cosía hasta tarde y, por primera vez en años, no se sentía cansada. Se sentía viva.
Llegaron al registro civil el mismo día. Martín la vio en el pasillo y se quedó helado. Tenía aspecto desgastado — chaqueta arrugada, barba de varios días, ojeras marcadas.
— Elisa, hablemos.
— ¿De qué?
— Me equivoqué. ¿Entiendes? Me cuesta estar solo, el piso es un desastre, como comida precocinada. Volvamos… intentémoslo de nuevo.
Elisa lo miró con calma. Antes en ese rostro encontraba apoyo. Ahora veía a un hombre incapaz de prepararse una sopa.
— Me acostumbré a la libertad. Aprende a cocinar tú solo. Se supone que eres inteligente.
Él intentó tomarla de la mano, pero ella se apartó.
— Elisa, vamos… tantos años juntos, nuestro piso, nuestras…
— No había “nuestro” en nada. Era tu vida, y yo hacía de sirvienta. Ahora tengo la mía.
Lo llamaron desde la oficina. Martín se fue, volviendo la vista tres veces. Elisa no lo miró.
Un mes después encontró un pequeño estudio en un edificio antiguo. Ventanas enormes, luz cayendo a chorros. Instaló allí la máquina, un maniquí y empezó a vivir de verdad.
Inés casi la arrastró a la feria municipal de artesanía.
— ¡La gente tiene que ver lo que haces! ¡Empieza a vivir, Elisa!
*
La feria se celebraba en un centro cultural antiguo. Elisa montó un pequeño puesto — tres vestidos, algunas fotos. Las primeras dos horas nadie se acercó. Luego una señora mayor tocó la tela, levantó el bajo.
— ¿Usted misma lo cortó?
— Sí.
— Muéstreme la costura.
Elisa dio la vuelta al vestido. La mujer lo examinó largo rato y asintió:
— Tiene manos buenas. Eso escasea hoy en día.
Al final del día había cola. Una joven pidió un vestido para su hija. Otra anotó su teléfono.
Y entonces se acercó un hombre de unos cuarenta y cinco años, con barba corta, chaqueta de tweed y ojos atentos.
Tomó un vestido, revisó las costuras, pasó los dedos por las pinzas, lo alzó hacia la luz.
— Usted no hace esto por dinero — dijo. — Lo hace por el alma.
Elisa no supo qué responder.
— Adrián. Tengo una tienda de ropa vintage llamada “Ayer”. Necesito a alguien como usted — no una costurera de producción, sino una artesana que entiende la tela. Tengo un taller vacío desde hace medio año. Las clientas quieren prendas a medida. ¿Probamos juntos?
Le entregó una tarjeta. Cartón grueso, en el reverso escrito a mano: “Cada prenda cuenta una historia”.
— Lo pensaré.
— Piénselo. Pero no demasiado.
Esa noche recibió un mensaje de Martín:
«He pensado mucho. Quiero volver. Podemos intentarlo otra vez. Han sido muchos años juntos…»
*
Elisa miró el mensaje largo rato. Sus dedos escribían una respuesta, luego la borraban. Finalmente el teléfono se apagó, como si le ofreciera silencio en vez de decisión.
Al día siguiente fue a la tienda de Adrián, “Ayer”. La campanilla sonó suave, y Elisa entró en un espacio donde cada prenda parecía tener su propio aliento. Guantes de cuero fino sobre el mostrador, abrigos antiguos colgados en las paredes, con aroma a tiempo.
Adrián levantó la vista de sus bocetos:
— Me alegra que hayas venido.
— Aún no he decidido — dijo ella con cautela.
— Es normal. Las decisiones grandes necesitan aire.
La condujo a la sala trasera. Allí había una gran mesa de madera, sobre la cual reposaban telas — pesadas, nobles, en colores como mojados por la lluvia. Un maniquí antiguo en la esquina, cestas con hilos, tijeras de metal.
— Este taller te estaba esperando — dijo en voz baja.
Elisa pasó la mano por la mesa. La madera estaba tibia.
— No sé si podré con esto — confesó. — No tengo estudios. Solo mis manos.
— Son suficientes. La tela no pide diplomas — respondió él. — Escucha a quien sabe escucharla.
Aquellas palabras le tocaron algo profundo. Martín solía decir: “Un hobby debe dar dinero, si no, es una tontería”. Su mundo entonces se encogía a la cocina, las cuentas y las expectativas ajenas. Ahora se expandía como un suspiro.
*
Elisa se volvió hacia Adrián:
— Si acepto… ¿será una colaboración? ¿O un trabajo?
— Una colaboración — asintió él. — Tú eres la creadora. Yo ofrezco el espacio y las clientas. Ganancias al cincuenta por ciento. Libertad total.
Ella inspiró profundamente:
— Entonces… sí. Probemos.
El primer mes fue duro. Aprendía a organizar encargos, a decir que no, a elegir materiales. Se equivocaba, descosía, empezaba de nuevo. Pero cada mañana entraba al taller con algo que había olvidado: alegría.
A mediados de otoño ya tenía ocho clientas fijas. Una de ellas llevó a una influencer que encargó un vestido “de estilo europeo antiguo”. Elisa lo cosió en tres noches, casi sin dormir: cintura fina, línea suave en los hombros, una caída como de niebla.
El vestido se volvió viral. Los pedidos se multiplicaron. Y el nombre de Elisa — por primera vez en años — sonó como una historia propia.
Una tarde, mientras cerraba el taller, Martín apareció en la puerta. La misma mirada inquieta. La misma incapacidad de aceptar que ya no pertenecía a su mundo.
— Estás… diferente — dijo en voz baja.
— Siempre lo estuve. Solo que no mirabas.
— Quiero entender… — suspiró. — ¿En qué fallé?
Elisa lo miró con serenidad. No con rencor. Sino con la certeza de un capítulo terminado.
— Siempre elegías lo que te convenía. Tus hábitos, tu ritmo, tus necesidades. Yo era el fondo. La decoración.
Negó suavemente con la cabeza.
— Pero yo no soy un mueble. Ni un accesorio.
*
— Puedo cambiar — murmuró él.
— Las personas cambian cuando quieren vivir mejor. No cuando temen quedarse solas.
Él quiso insistir, pero ella lo interrumpió con suavidad:
— Es el final, Martín. Y no es una tragedia. Solo cerramos un capítulo que debimos cerrar hace mucho.
Él comprendió. Y por primera vez no intentó retenerla. Se marchó.
Elisa salió a la calle. El aire olía a otoño. Caminaba despacio, ligera, como alguien que por fin encontró su propio ritmo.
Adrián la esperaba en la entrada:
— ¿Lista para ver la nueva tela? Llegó esta mañana. Un color rarísimo. Creo que te gustará.
Elisa sonrió — tranquila, profunda.
— Vamos. Tenemos mucho trabajo.
Ya no vivía la vida de otro.
Escribía la suya.
Puntada a puntada.
Capítulo tras capítulo.
Y el final — por primera vez — le pertenecía solo a ella.