Lidia estaba frente al espejo, peinando a una clienta. Eduardo debía llegar a las seis. Con los anillos.
Por fin.
Despidió a la señora Carreras y el salón quedó vacío. Los espejos reflejaban su figura desde todos los ángulos.
Seis y media. Siete. Siete menos cuarto.

La puerta chirrió. Eduardo entró despacio, con la expresión de alguien obligado a tragar algo amargo.

— Lidia… — empezó, sin atreverse a acercarse.

Ella ordenaba su puesto de trabajo. Tijeras en el estuche, peines en el desinfectante. Movimientos automáticos.

— Lidia, escúchame… estuve pensando.
— ¿Pensando? ¿Y a qué conclusión llegaste?
Él tragó saliva, miró al suelo y luego directamente a sus ojos:

— Perdón. Pero mi madre dijo que no habrá boda con una fracasada.

La palabra quedó suspendida en el aire como una sentencia. Eduardo esperaba lágrimas, súplicas, justificaciones.

Pero Lidia solo asintió.

— Lo entiendo — dijo en voz baja. — Tu madre no quiere.
— Lidia, no lo digas así…
— Todo está bien, Eduardo. Tu madre sabe más. Ella es médica, y yo ¿qué soy? Una peluquera. Corto el pelo por cuatro duros.

Él quiso replicar, pero ella levantó la mano:

— Vete. No la hagas enfadar.

*

Eduardo se quedó un momento en la puerta y salió.

Lidia se sentó en el sillón — el mismo donde Eduardo había estado un mes antes, cuando lo cortó por primera vez. Cerró los ojos.

Fracasada.

Quizá sí. Formación profesional en vez de universidad. Un salón modesto.
Y los hombres… uno peor que otro. Hasta Eduardo.
Eduardo había sido especial: elegante, culto, con gafas. Su madre — influyente, respetada.

Especial.

A la mañana siguiente Lidia se despertó a las seis y media. Ducha, café, rutina.
Solo que en su cabeza había un hueco extraño, como si hubieran sacado algo importante.

— Lidia — preguntó su compañera Irene — ¿estás bien después de lo de ayer?
— Bien — contestó sinceramente. — ¿Por qué no iba a estarlo?

Irene le dedicó una mirada compasiva y no insistió.

El día se arrastraba. Las mismas clientas de siempre — mujeres de cuarenta que querían parecer de veinte.
Lidia trabajaba mecánicamente. Las manos sabían qué hacer, la mente vagaba.

— Lidia, ¿no has pensado en hacer un curso de perfeccionamiento? — preguntó una clienta. — Hay formaciones de técnicas nuevas de coloración. Son caras, pero valen la pena.
— ¿Cuánto cuestan?
— No sé… unos 350 a 500 euros.

*

¿Trescientos cincuenta a quinientos? ¿De dónde sacar eso?

Por la noche Lidia calculó gastos y ahorros. No llegaba.
Pero las fotos de los trabajos de quienes habían hecho el curso la dejaron sin aliento.

¿Y si lo intentaba?

Una semana después fue por primera vez al banco a pedir un préstamo. Sentada ante una joven asesora elegante, se sentía ridícula.

— ¿Finalidad del préstamo?
— Formación.
— ¿Nivel de estudios actual?
— Formación profesional. Peluquería.

La asesora tomó notas, seguramente pensando: “otra soñadora”.

Pero le aprobaron el préstamo. Con intereses altos, sí, pero aprobado.

Lidia se inscribió. Tres meses, todos los fines de semana viajando a Valencia. Aprendió colorimetría, técnicas avanzadas, cortes modernos.
El profesor — un hombre estiloso de unos cuarenta — observaba su trabajo:

— Tienes buenas manos. Y mucho ojo para el color. Solo necesitas práctica.

En el salón, en cambio, las clientas eran conservadoras.

— ¿Qué son esas transiciones tan raras? — refunfuñaba la señora Segarra. — ¡Solo quiero tapar las raíces!

Lidia suspiraba y hacía raíces. Como siempre.
Pero en redes sociales empezó a subir fotos de sus trabajos más atrevidos.

Hasta que un día…

*

En la pausa del almuerzo entró una chica joven, moderna.

— ¿Eres Lidia? He visto tus trabajos online. Mañana tengo una reunión importante y mi peluquera está enferma. ¿Puedes hacerme algo… especial?

— Claro — respondió Lidia. — ¿Qué te gustaría?
— No lo sé. Algo que me favorezca. Algo con estilo.

Durante dos horas Lidia trabajó inspirada — una coloración compleja, volumen, textura, un corte arquitectónico.
El resultado fue espectacular.

— ¿Esa soy yo? — casi gritó la chica. — ¿Cuánto te debo?

Lidia dijo el precio habitual del salón.

La chica soltó una carcajada:

— En Madrid por esto me cobrarían al menos 150 euros.
Toma, 70 euros — y es poco.
¿Puedo recomendarte en nuestro grupo de especialistas de confianza?

Una semana después, Lidia tenía nuevas clientas. Jóvenes de la ciudad que viajaban solo por ella.
Pagaban bien. Querían exactamente aquello que ella había aprendido.

*

Al volver del trabajo, el móvil vibró.
En la pantalla: Eduardo.
Y debajo: “Tenemos que hablar. Es urgente.”

Meses atrás habría corrido hacia él. Ahora… solo sintió una tensión leve, como el crujido de una puerta conocida pero peligrosa.

No respondió. Pero esa noche él apareció en su puerta.

Traía un ramo de rosas blancas. Nervioso, inseguro — otra persona.

— Lidia… he recapacitado. Mi madre… se equivocó. Y yo también. Fui un cobarde. Pensé que ella sabía mejor. Pero vi tus trabajos, vi que la gente te admira, que creces… Y entendí que quiero recuperarnos.

Lidia puso agua a hervir. Eduardo la seguía como una sombra.

— Lidia, te quiero. Empecemos de nuevo. Voy a arreglarlo todo.

Ella se giró despacio. Sus ojos tranquilos, sin rastro de dolor.

— Eduardo… que hayas entendido está bien. De verdad. Pero quieres recuperar no a mí. Quieres recuperar una versión cómoda de mí — la que ya no existe.

Él parpadeó, desconcertado.

— Pero… tú me querías.
— Te quería. Pero entonces yo no me quería a mí misma. Ahora sí. Y no permitiré que nadie decida si soy una “fracasada”.

Le puso una taza de té delante: un gesto amable, pero definitivo.

*

— Entonces… ¿no volveremos?
— No, Eduardo. Yo sigo adelante. Tú eres un capítulo de mi vida pasada. Pero ya terminó.

Él se levantó despacio, como envejecido.

— Te deseo… suerte, Lidia.
— Ya la tengo — sonrió ella.

Cuando la puerta se cerró, la casa quedó llena de una calma hermosa.

Lidia miró su reflejo en el espejo. Sus ojos brillaban con nueva seguridad.
El móvil volvió a vibrar.

“Lidia, ¿podemos ir mañana tres chicas? ¡Están encantadas con tu trabajo!”

Ella sonrió ampliamente.

Abrió la ventana. El aire fresco de la noche llenó la habitación. Se puso la chaqueta y salió — ligera, firme, libre.

No hacia la vida de otro.
Sino hacia la suya propia.