Las llaves ardían en la mano de Martina: nuevas, con olor a metal y a libertad. Las apretó en el puño hasta sentir un leve dolor. Tres años ahorrando en todo, nervios con la hipoteca, incontables visitas a pisos viejos y destrozados — y por fin. Su propio apartamento de dos habitaciones en un edificio nuevo, con paredes limpias, olor a obra recién terminada y un gran ventanal en el salón con vistas a un parque.
Estaba allí, en medio del salón vacío, escuchando cómo su respiración rebotaba suavemente en las paredes desnudas. Ese sonido era felicidad. Su felicidad. Ganada con esfuerzo.
La puerta chirrió y Daniel asomó la cabeza. Su marido. En su rostro había cansancio… y una pizca de culpa.
— ¿Qué tal? ¿Ya estás instalada del todo? — preguntó mientras entraba y miraba a su alrededor.
— Sí — exhaló Martina, y una sonrisa amplia iluminó su cara. — Dani, aún no me lo creo. Este piso es nuestro. Escucha… qué silencio hay.
Lo tomó de la mano y lo llevó a recorrer el espacio otra vez.
— Aquí irá el sofá. Enfrente, la tele. Y en la cocina, por fin podré poner esa placa de esquina de la que tanto hablaba…
— Genial — Daniel la abrazó, aunque su abrazo tenía algo de distraído. Echó una mirada hacia la puerta otra vez. — Martina, acabo de hablar con mi madre. Sabe que hoy recogíamos las llaves.
La alegría dentro de Martina se apagó ligeramente, como si alguien hubiera bajado la intensidad de la luz.
— ¿Y? ¿Le llamaste tú?
— Bueno… estaba preocupada — Daniel caminó fingiendo revisar los enchufes. — Dice que quiere pasar a felicitarnos.
*
Martina suspiró. Su relación con la suegra, Elena, siempre había sido como un campo minado silencioso. Para Elena, Daniel era casi un santo, mientras que Martina era “una chica normalita”, insuficiente para su hijo. La idea de que aquella mujer pisara su nuevo refugio — aún frágil, aún desprotegido — le helaba el estómago.
No alcanzó a responder. En la escalera se oyeron pasos fuertes, seguros. Se acercaban a la puerta entreabierta. Martina se quedó inmóvil. Daniel se alisó el cuello de la camisa, nervioso.
La puerta se abrió de par en par.
En el umbral estaba Elena. Con un abrigo a pesar del buen tiempo y una enorme bolsa que parecía una maleta. No saludó. Su mirada afilada se deslizó por Martina, por Daniel y luego por todo el salón.
Avanzó un paso, y las primeras palabras que se pronunciaron en aquel piso nuevo fueron:
— Qué bien que tú te hayas comprado el piso.
Lo dijo alto, con una entonación solemne, casi como si hiciera un anuncio oficial. La palabra tú resonó especialmente, separando el mérito de Martina de su hijo.
Martina sintió frío en los dedos. Tragó saliva.
— Buenas tardes, señora Elena — murmuró.
La suegra no contestó. Siguió caminando, inspeccionando el espacio como una supervisora estricta.
— Es amplio — dictaminó. Luego se volvió hacia Daniel, y su rostro adoptó algo parecido a una sonrisa. — Al fin podrás vivir como una persona, Dani. Y no en ese cuchitril que alquilabais.
— Mamá… — intentó Daniel, pero la voz se le quebró.
Elena hizo un gesto amplio señalando la habitación.
— Aquí cabe perfectamente nuestro sofá familiar. ¿Te acuerdas? El de las patas talladas. Este sitio es ideal para él.
La voz de Martina salió áspera, casi desconocida para ella:
— ¿Qué sofá?
*
Elena giró la cabeza despacio.
— El nuestro. Está en el trastero. Aquí va perfecto. Para cuando vengan invitados.
El silencio cayó pesado. Daniel miró al suelo como queriendo desaparecer en el nuevo parquet. Martina apretaba las llaves — calientes, vivas — en el bolsillo. Su piso, pensado como su refugio, dejaba de pertenecerle.
Daniel carraspeó.
— Mamá, no empecemos con los muebles… Todavía no hemos decidido nada.
Elena bufó.
— ¿Qué hay que decidir? Hay paredes, hay techo. Se colocan los muebles y ya está. Y nuestro sofá es sólido, de calidad. No como esa basura barata que compráis ahora.
Dirigió entonces a Martina una sonrisa dulzona, pero hiriente.
— Martínita, ¿de verdad vas a poner esa placa de esquina en la cocina? No hay tanto espacio como parece. Mejor una normal, recta. Y en el hueco, una nevera grande. Ahora tendrás que cocinar para la familia.
Martina sintió cómo se le erizaba la piel.
— Daniel y yo ya lo hemos decidido, señora Elena. Será una placa de esquina.
La suegra negó con la cabeza, como si Martina propusiera instalar un tiovivo en el salón. Después se dirigió a la cocina, taconeando con fuerza. Daniel miró a su mujer con súplica en los ojos y la siguió.
Martina se quedó sola. La alegría se había desvanecido, dejando un poso amargo. Se acercó a la ventana, apoyó la frente en el cristal frío.
«Todo irá bien — se dijo. — Mirará un poco y se irá. Este es mi hogar.»
Pero Elena no pensaba rendirse…
*
Elena parecía sentir que Martina intentaba recomponerse — y por eso siguió aún más insistente.
— ¡Daniel! — resonó desde la cocina — ¡Ven un momento! No entiendo cómo pensáis trabajar aquí. ¡No hay espacio para nada!
Martina cerró los ojos un instante. La voz de su suegra cortaba el aire como un cuchillo. Daniel, casi por costumbre, se dirigió hacia la cocina.
Martina lo siguió.
En la cocina, Elena estaba de pie con los brazos cruzados, como una inspectora que busca fallos.
— Hijo — comenzó — si crees que aquí se puede cocinar bien… lo siento por ti. Poco espacio. Poca luz. Placa de esquina — un disparate total.
— Mamá, basta — Daniel intentó sonar firme, sin éxito. — Nosotros con Martina…
— Vosotros con Martina, vosotros con Martina… — lo interrumpió con burla. — Como si Martina entendiera algo.
Martina sintió cómo dentro de ella crecía algo tibio y pesado — cansancio, rabia, dignidad.
Y supo: en su propia casa aquello no iba a repetirse.
Dio un paso al frente.
— Señora Elena — dijo con calma, pero con firmeza. — Le ruego que pare.
Elena parpadeó, sorprendida.
— ¿Qué… qué has dicho?
*
— Que pare. Este es nuestro hogar. Nuestras decisiones. Usted es invitada aquí. Y le pido que lo respete.
Un silencio denso llenó la cocina.
Daniel abrió los ojos de par en par. Elena palideció.
— O sea… — susurró ella — ¿así? ¿Después de tantos años? ¿Después de todo lo que he hecho por mi hijo? ¿Ahora alguna… — se contuvo — alguna tú va a decirme cómo comportarme?
— No decirle — corrigió Martina. — Marcar un límite.
Y sostuvo su mirada — sin apartarla esta vez.
— Quiero a Daniel — continuó Martina — y quiero que esté bien. Pero yo también tengo derecho a sentirme bien en mi casa. Y aquí será como decidamos juntos. Sin presión. Sin reproches. Sin su sofá. Sin sus instrucciones.
Elena pestañeó rápido, nerviosa.
— Daniel… — se volvió hacia él, desesperada. — ¿Lo oyes? ¿Le vas a permitir hablarme así?
Daniel guardó silencio mucho rato. Mucho.
Y cuando por fin habló, su voz era suave, pero firme:
— Mamá… Martina tiene razón.
Elena soltó un jadeo de sorpresa.
— Este es nuestro hogar — prosiguió él — y nosotros decidiremos cómo lo vamos a organizar. Puedes venir cuando quieras… pero no puedes mandarnos.
Martina sintió cómo la tensión se aflojaba en su pecho. Ese era el Daniel que ella eligió — honesto, aunque a veces tarde.
Elena apretó la correa de su bolso hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
— Entonces… ¿soy un estorbo? — preguntó en voz baja.
— No lo eres — dijo Daniel con suavidad. — Pero tenemos que vivir con nuestras propias reglas.
Hubo una pausa larga, dolorosa.
Finalmente, Elena se volvió hacia la puerta, caminó con dignidad herida, se detuvo un segundo y dijo:
— Si eso es lo que queréis… arregláos solos.
*
Sus tacones sonaron enérgicos contra el suelo. Justo antes de cerrar, lanzó una última mirada — fría, pero en el fondo… confusa.
La puerta se cerró de golpe.
La calma volvió. Pero esta vez era una calma cálida. Propia.
Daniel se acercó a Martina y la tomó de la mano.
— Perdona que no lo dijera antes — murmuró.
Ella lo miró cansada, pero con ternura.
— Lo importante es que lo hayas dicho ahora.
Estaban los dos allí, en la cocina todavía vacía. Las paredes desnudas, las cajas sin abrir.
Y Martina, por primera vez, sintió que aquel piso de verdad se había convertido en un hogar.
— Bueno — sonrió — ¿empezamos a organizar?
Daniel asintió, sonriendo también.
— Claro. Y sin ese sofá.
Martina soltó una risa suave, liberadora.
Y el apartamento, aún nuevo y vacío, pareció respirar con ella.