— Listo, mamá. Ella firmó. El piso y el coche son míos. Las deudas, suyas.
León Stabler hablaba por teléfono justo a las puertas de la sala, sin preocuparse ni un segundo de que su voz resonara por todo el pasillo.
A tres pasos de él estaba Marisa Duval, sosteniendo una carpeta de documentos con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Él se giró, la vio y sonrió con una burla satisfecha:
— ¿Todavía aquí? Anda, vete. Ahora tienes que trabajar más, ¿no? Tienes créditos que pagar.
Ella no respondió. Simplemente se dio la vuelta y caminó por el pasillo sin mirar atrás. León la siguió con los ojos y volvió a hablar por teléfono:
— Te lo dije, mamá. Ni siquiera intentó discutir. Todo salió como yo quería.
Marisa salió del edificio judicial, tomó un taxi y se dirigió a la cafetería “Dulce Mundo”. El notario Jean Roche ya la esperaba junto a la ventana.
— Lo logró usted, — dijo sin saludo previo, entregándole un sobre cerrado. — Es de su padre. Me lo dejó tres años antes de fallecer y me pidió entregarlo solo después del divorcio.
Marisa tomó el sobre, aunque no lo abrió.
— ¿Él sabía que esto iba a pasar?
— Lo sabía — respondió Jean con un tono grave. — Y le dejó todo a usted. La cadena de panaderías “Alegría del Pan”, diecisiete locales. Legalmente es usted la dueña desde hace medio año, pero él insistió en que esperara hasta hoy.
*
Sacó también una carpeta gruesa, sujeta con una goma resistente.
— Y esto es un dossier. Sobre su exmarido y su madre. Su padre reunió la información durante dos años. Ahí está todo. Léalo en casa y decida qué hacer.
Marisa guardó el sobre y la carpeta en su bolso, asintió y se fue sin terminar el café.
En casa abrió la carta de su padre. Su letra era firme, segura, reconocible al primer trazo.
«Marisa, si lees esto es que por fin eres libre. Perdóname por callar. León y su madre me chantajearon con un asunto fiscal antiguo. Me amenazaban con denunciarme si intentaba advertirte. Pero no me quedé de brazos cruzados. En la carpeta tienes todo lo que necesitas. No perdones. Vive».
Marisa abrió el dossier.
Extractos bancarios.
Fotos de León con Verónica Palmer.
Capturas de conversaciones.
Transferencias: de sus tarjetas de crédito a la empresa de León y de ahí a la cuenta de Verónica.
Alquiler de un piso.
Regalos.
Viajes.
Miró las cifras y las fotos durante mucho tiempo. Luego tomó el teléfono.
*
Marisa sostuvo el teléfono entre las manos como si fuera parte de las pruebas: frío, pesado, inevitable. Finalmente respiró hondo y marcó un número.
— ¿Marisa? — la voz de Clara, su amiga y contadora principal de la cadena, sonó preocupada. — ¿Estás bien?
— Convoca a los auditores mañana a las nueve. Tenemos que revisar todas las operaciones de los últimos dieciocho meses. Y… revisa cada contrato en el que aparezcan movimientos entre nuestra empresa y la de León.
Hubo un breve silencio antes de que Clara respondiera con firmeza:
— Lo haré. Y, Marisa… no estás sola.
Marisa colgó y volvió a mirar las fotos. En una, León tomaba de la mano a Verónica. En otra, elegían joyas en una boutique de lujo. Las mismas que él decía haber recibido “de un cliente”.
Ya no sentía rabia.
Sentía decisión.
Clara. Directa. Como acero.
Al día siguiente, León entró en el piso con una sonrisa triunfante — ya había contado a medio mundo su “brillante victoria”.
Pero sobre la mesa le esperaba un documento.
Notificación de inicio de auditoría financiera.
Suspensión de todas las operaciones de la cadena.
Y una citación.
— ¿Qué es esto…? — empezó a decir, pero se quedó mudo al ver la firma de Jean Roche y los sellos oficiales.
*
En ese momento sonó el timbre.
Tres hombres con trajes oscuros entraron sin rodeos.
— ¿Señor Stabler? Queda detenido como sospechoso de apropiación indebida de fondos pertenecientes a la cadena de panaderías Alegría del Pan. Le pedimos que nos acompañe.
— ¡¿Qué apropiación?! ¡Esto es culpa de Marisa! ¡Ella… ella…!
Pero sus palabras se perdieron bajo el chasquido de las esposas cerrándose.
Marisa llegó a la oficina con un traje elegante y sobrio. Por primera vez en años sintió que entraba en su propia vida.
Clara la recibió en la entrada:
— Encontramos más. Transferencias que desconocías. Ha estado desviando dinero durante al menos diez meses.
Marisa asintió sin alterar el gesto.
— Entrega todo a la fiscalía. Y empecemos a reconstruir la contabilidad.
Subió al despacho de su padre. Permanecía intacto desde su muerte, pero hoy, por primera vez, ella ocupó su sillón.
Sobre el escritorio estaba su cuaderno.
Abierto.
En la primera página, su letra clara decía:
«Cuando llegue el momento, lo lograrás.»
Marisa cerró los ojos.
— Lo lograré, papá. Te lo prometo.
*
Dos semanas después llegó la resolución final del tribunal:
divorcio aprobado, los bienes vuelven a ella y León enfrentará cargos penales.
Verónica Palmer abandonó la ciudad apresuradamente.
La madre de León intentó llamar.
Marisa no respondió.
Estaba de pie frente al escaparate de la recién renovada panadería.
Olía a canela y masa fresca.
La gente entraba sin parar.
Era suyo.
No robado.
No manipulado.
No firmado bajo presión.
Construido con honestidad y recuperado con fuerza.
Marisa sacó el móvil y envió un mensaje a Clara:
«Empezamos la ampliación. Papá quería abrir locales en tres nuevas ciudades. Es el momento.»
Pulsó “Enviar” y sonrió por primera vez en mucho tiempo.
El final no era venganza.
El final era libertad.
Y Marisa entró en ella con paso firme.