Marcos, se acabó el aceite y el detergente solo alcanza para una lavadora más — Ana se quedó en el umbral de la habitación, secándose las manos mojadas en el delantal—. Habría que pasar por el supermercado, la lista ya es bastante larga.

Marcos, sin apartar la vista del televisor donde retransmitían un partido de fútbol tenso y ruidoso, se encogió de hombros con fastidio.

— Ana, ya sabes cómo están las cosas —dijo arrastrando las palabras, sin mirarla—. En la fábrica otra vez hay retrasos. El jefe dijo que este mes no veremos primas. Anteayer te di los últimos 50 euros. Estíralos como puedas.

Ana suspiró hondo. Ese “estíralos” lo oía desde hacía seis meses. Como si el presupuesto familiar fuera de goma y pudiera alargarse hasta el infinito. Sin decir nada, volvió a la cocina, abrió la nevera y miró con tristeza un solitario tarro de pepinillos y una olla con restos de la sopa de ayer. Era una sopa pobre, hecha con carcasas de pollo: carne de verdad no compraban desde hacía semanas.

Ana trabajaba como enfermera supervisora en un centro de salud público. Su sueldo era estable, pero bajo. Antes, cuando Marcos traía buen dinero a casa, vivían decentemente: una vez al año iban al mar, renovaban la ropa, y la nevera siempre estaba llena. Pero luego, según él, la empresa entró en crisis. Recortaron salarios, eliminaron primas y ahora traía a casa migajas, apenas suficientes para pagar los recibos y su gasolina.

*

Todo el peso de la comida y los gastos diarios cayó sobre Ana. Cogía turnos extra, trabajaba los fines de semana para llegar a fin de mes. Y Marcos… Marcos llegaba cansado, se tiraba en el sofá y sufría por la “injusticia del mundo”, exigiendo al mismo tiempo una cena completa de tres platos.

— Estíralos… —susurró Ana mirando la mantequera vacía—. Ya no da más. En cualquier momento se rompe.

Al día siguiente, después del trabajo, Ana entró en el supermercado como siempre. Se quedó un buen rato frente al mostrador de carne, observando piezas jugosas de cerdo, pero al final cogió una bandeja de mollejas de pollo. Baratas y rendidoras. Si se guisan despacio con nata, se pueden comer. En la caja sacó del monedero hasta la última moneda. Faltaban tres días para cobrar y el monedero estaba vacío.

Por la noche, mientras las mollejas burbujeaban en el fuego, Ana decidió quitar el polvo del recibidor. Marcos ya dormía, rendido tras una cena abundante y un par de cervezas que, según él, había comprado “con el cambio que le sobró”.

Ana cogió su chaqueta para colgarla mejor y notó algo en el bolsillo interior. Sabía que no estaba bien rebuscar en cosas ajenas, pero la costumbre de revisar la ropa antes de lavarla actuó sola. Sus dedos tocaron una hoja doblada.

*

Era una nómina. Papel grueso con el logo de la empresa, la firma de contabilidad y la fecha: el viernes pasado. El mismo día en que Marcos, sin mirarla a los ojos, dejó sobre la cómoda “los últimos cincuenta euros”.

Ana se sentó despacio en el puf del recibidor. Las cifras no se movían ni se emborronaban: eran aterradoramente claras.

Bruto: 2.400 €
Neto: 1.980 €

Las leyó una vez más. Y otra. No sintió un nudo en el pecho ni ganas de llorar; era como si alguien hubiera apagado el sonido. Todos sus turnos extra, los fines de semana trabajados, las mollejas de pollo y las sopas aguadas se alinearon de pronto en una lógica fría y precisa.

Ana dobló la hoja con cuidado y la devolvió al bolsillo interior de la chaqueta. La colgó en el perchero, alisó el cuello —por pura costumbre—. En la cocina, la cena seguía hirviendo suavemente, y aquel sonido le pareció una burla.

— Así que era esto… —dijo al piso vacío. Su voz sonó tranquila, casi ajena.

Esa noche Ana no durmió. No dio vueltas ni lloró; simplemente miró el techo. Por la mañana se levantó antes de lo habitual, se preparó avena con agua y té. Cuando Marcos entró en la cocina bostezando, frunció el ceño al instante.

— ¿Y el desayuno?
— Avena —respondió Ana con calma.
— Sabes que no como eso. ¿Dónde están los huevos? ¿El embutido?

Ella alzó la vista lentamente.

— Donde está tu sueldo —dijo—. Contigo.

*

Marcos se quedó inmóvil.
— ¿De qué estás hablando?
— De dinero, Marcos. Del que ganas y decidiste ocultarme.

Apartó la mirada, abrió la nevera y la cerró.

— ¿Rebuscaste en mis cosas?
— Cogí la chaqueta para lavarla. Y encontré lo que olvidaste sacar.

El silencio cayó pesado. Marcos se pasó las manos por la cara y se sentó.

— Quería ahorrar… por si acaso. Todo está muy inestable…
— Inestable estaba yo —lo interrumpió Ana—, cuando cargaba con todo y escuchaba “estíralo”.

Él quiso decir algo, pero ella continuó, serena, sin alzar la voz:

— Desde hoy no compro comida con mi dinero para los dos. Los gastos, a medias. La comida, cada uno la suya. Estoy cansada de ser la cómoda.

*

— ¡Estás destrozando la familia! —explotó él.
— No —Ana se levantó de la mesa—. Dejo de mantenerla sola.

Esa tarde, por primera vez en meses, no entró al supermercado después del trabajo. En casa, Marcos se preparaba unos raviolis congelados, golpeando las ollas con exageración. Ana cenó un yogur y una manzana, se encerró en la habitación y, por primera vez, no sintió cansancio, sino alivio.

Una semana después, Marcos llegó con una bolsa llena de la compra. La dejó sobre la mesa sin mirarla. Ana asintió: sin agradecimiento, pero también sin rabia.

Un mes más tarde, él mismo habló de separar las cuentas. Con dudas, con pausas. Ana escuchaba y sabía una cosa: no había vuelta atrás.

Ya no “estiraba”.
Simplemente vivía —con su dinero y según sus propias reglas.