Elena sonrió con frialdad, apretando el teléfono contra la oreja. Afuera, el cielo de diciembre se había vuelto de un gris pesado, y en el patio, muy abajo, los niños gritaban de emoción mientras se deslizaban en trineos de plástico.
— No sueñes con eso, Marcos. Te llamo por otro motivo.
Al otro lado se hizo un silencio denso. Elena casi podía imaginarlo frunciendo el ceño, intentando entender por qué ella había marcado su número. Desde que se fue hacía tres meses, llevándose a Emma, solo hablaban cuando era estrictamente necesario. El divorcio. El reparto. La pensión. Seco. Práctico. Sin palabras de más.
— Se acerca la Navidad —dijo Elena con una calma medida—. Emma quiere un árbol.
— Pues cómpralo.
— Quiere el mismo. El del año pasado. Con las luces incorporadas. ¿Te acuerdas? Lo guardaste en el garaje.
Marcos guardó silencio. Elena oía su respiración lenta, pesada. Era un silencio incómodo, calculado. Conocía demasiado bien ese recurso: dejar pasar el tiempo para incomodar, para obligar al otro a justificarse.
Ella no dijo nada.
— Te lo daré —dijo él por fin—. Con una condición.
— ¿Qué condición?
— Pasamos Nochebuena juntos. Tú, yo y Emma. Como una familia.
Elena apartó el teléfono de la oreja y miró la pantalla, como si necesitara comprobar que realmente era él.
*
— Eso no va a pasar.
— Entonces no hay árbol.
Colgó. Lanzó el teléfono al sofá y se acercó a la ventana. Apoyó la frente contra el cristal frío y cerró los ojos.
Tres meses. Tres meses saliendo de ese pantano. Y ahora, por un simple árbol de plástico, él volvía a intentar meterse en su vida.
No. Nunca más.
La cafetería estaba llena. Elena se sentaba frente a Ana, amiga desde los tiempos del colegio, calentándose las manos con una taza grande de capuchino. Afuera caía una nieve fina, la gente se envolvía en bufandas y, al fondo, sonaba un jazz suave, claramente navideño.
— Olvídate de ese árbol —dijo Ana, rompiendo un trozo de strudel—. Compra otro. Hay miles en las tiendas.
Elena suspiró.
— La niña quiere exactamente ese. Todas las noches Emma me pregunta: “Mamá, ¿cuándo pondremos nuestro arbolito? El que se enciende solo”. Y me mira así…
Ana negó con la cabeza, comprensiva.
— ¿Y por eso lo llamaste?
— Tuve que tragarme el orgullo —Elena hizo una mueca—. ¿Sabes lo humillante que es pedirle algo a alguien a quien no quieres volver a ver nunca?
— Me lo imagino. Siempre fue complicado. ¿Te acuerdas de tu cumpleaños?
— Cuando armó un escándalo porque Tomás, el de contabilidad, me dio un abrazo.
— Exacto. Te gritó todo el camino a casa.
*
Elena dio un sorbo al café. El amargor la tranquilizó de una forma extraña.
— Ocho años, Ana. Ocho años de control. Dónde estaba, con quién hablaba, por qué no respondía enseguida. Cada gasto cuestionado. “¿Para qué necesitas ese vestido? ¿A dónde vas?”
— Y luego, además, la infidelidad —dijo Ana en voz baja.
Elena asintió. La garganta se le cerró por un instante, pero se recompuso.
— Y aun así se sigue viendo como la víctima —sonrió con amargura—. “No me valorabas, por eso busqué calor en otra parte”.
Ana bufó.
— Un clásico.
La nieve caía con más fuerza. Y en algún garaje, al otro lado de la ciudad, había un árbol de Navidad con luces incorporadas: la única cosa que pedía una niña de cinco años.
Elena pensó que el amor de una madre es la disposición a hacer lo imposible. Incluso hablar con alguien a quien solo deseas borrar de tu vida.
Emma estaba sentada en la alfombra, dibujando un árbol: un triángulo verde, una estrella arriba y puntos amarillos alrededor.
— Mamá, ¿cuándo va a venir nuestro árbol?
Elena le acarició el pelo.
— Pronto, cariño.
— ¿Papá lo va a traer?
Elena se quedó quieta un segundo.
— Papá está ocupado. Pero el árbol va a estar.
*
El teléfono vibró veinte minutos después.
«Hola. He visto tu anuncio. Tengo un árbol así, con luces incorporadas. Si sigue siendo urgente, se puede recoger hoy».
Elena leyó el mensaje varias veces y respondió de inmediato. La dirección estaba en un barrio tranquilo.
Abrió la puerta un hombre de unos cuarenta años. Alto, con un jersey sencillo y una sonrisa serena, un poco cansada.
— ¿Elena?
— Sí.
— Soy Daniel. Pasa, por favor.
El piso era luminoso y acogedor. El árbol estaba en un rincón del salón, exactamente como en las fotos.
— Lo compré para mi sobrina —dijo él—, pero se fueron al extranjero.
Elena pasó la mano por las ramas.
— Es perfecto.
Daniel la ayudó a embalarlo y se ofreció a bajarlo.
— Gracias —dijo ella en la puerta.
— Feliz Navidad —respondió él.
*
Sus miradas se cruzaron un instante. Sin coqueteo. Solo calidez.
En casa, cuando se encendieron las luces, Emma gritó de alegría.
— ¡Es ese! ¡El nuestro!
A la mañana siguiente llamó Marcos.
— ¿Entonces? ¿Lo has pensado?
— Sí. Ya tenemos árbol.
— ¿Cómo?
— Y la Nochebuena la pasamos sin ti.
Colgó y bloqueó el número.
Esa noche, cuando Emma se quedó dormida bajo el árbol, el teléfono volvió a vibrar.
«Soy Daniel. Solo quería saber si el árbol llegó bien».
Elena sonrió.
«Sí. Y ha hecho muy feliz a alguien muy importante».
La respuesta llegó enseguida.
«Me alegro. Si te apetece un café después de las fiestas, me encantaría».
Elena dejó el teléfono y miró las luces del árbol.
Aquella Navidad fue diferente.
Sin miedo.
Y con la promesa silenciosa de un nuevo comienzo.