María estaba frente al espejo, probándose ya el tercer vestido seguido. El azul le parecía demasiado llamativo; el negro, demasiado severo. Al final eligió uno beige, con un cuello discreto. Aquella noche su prometido la llevaría a conocer a sus padres, y María estaba nerviosa como antes de un examen.

El pequeño apartamento de una sola habitación donde María y Daniel vivían desde hacía seis meses era modesto, pero acogedor. Ella misma lo había decorado: cada detalle estaba elegido con cariño. Un sofá beige junto a la ventana, estanterías con libros a lo largo de la pared, plantas vivas en el alféizar. María trabajaba como diseñadora de interiores, y ese apartamento era su carta de presentación.

— ¿Lista? — Daniel salió del baño, abrochándose la camisa. — Ya vamos tarde.

*

— Casi — María tomó el bolso y revisó el maquillaje por última vez. — Dani… ¿y tus padres? ¿Son estrictos?

— Normales — se encogió de hombros. — Gente común. Mamá cocina muy bien, a papá le gusta hablar. No te preocupes, todo irá bien.

María asintió, aunque la inquietud no desaparecía. Para ella era importante que sus futuros suegros la aceptaran. La familia significaba mucho. Quería relaciones cálidas, cercanas, sentirse bienvenida.

Hacía poco habían ascendido a María: ya no era asistente, sino diseñadora de pleno derecho en el estudio. Su primer proyecto serio, clientes propios, responsabilidad. Cada día se esforzaba por demostrar que merecía ese puesto. Daniel la apoyaba con palabras, decía que estaba orgulloso. Aunque a veces bromeaba con que no debía enterrarse tanto en el trabajo: la familia era más importante.

La casa de los padres de Daniel estaba a las afueras. Grande, de dos plantas, con un jardín bien cuidado. Cuando el coche se detuvo frente a la reja, María respiró hondo y alisó el vestido.

— Te ves muy bien — Daniel sonrió, apretándole la mano. — Relájate.

*

La puerta la abrió Elena Martín, una mujer alta, con el cabello perfectamente arreglado y una mirada severa. Su sonrisa era educada, pero fría.

— ¡Daniel! — abrazó a su hijo y luego miró a María. — ¿Así que tú eres la prometida?

— Buenas tardes, señora Martín — María extendió la mano. — Encantada de conocerla.

— Pasen — dijo ella, haciéndose a un lado. — Javier ya los espera.

El interior respiraba prosperidad. Muebles caros, cortinas pesadas, parquet brillante. En la sala, la mesa estaba servida: ensaladas, platos calientes, postres. Era evidente que la anfitriona se había esmerado.

Javier Martín se levantó cuando entraron. Era un hombre corpulento, de cabello entrecano y mirada pesada, evaluadora. Como si María no hubiera venido a cenar, sino a una entrevista.

— Buenas tardes — dijo ella, ofreciendo la mano.

— Buenas tardes — respondió él, estrechándola brevemente. — Siéntense.

La cena comenzó con temas neutros: el camino, el clima, el trabajo de Daniel. Elena preguntaba a su hijo por su salud, su alimentación, su rutina diaria, como si María no se ocupara bien de él.

— Daniel, estás más delgado — dijo con reproche. — Espero que tu prometida te alimente bien.

— Mamá, todo está bien — respondió él. — María cocina bien.

*

— ¿Bien cómo? — Elena se volvió hacia María. — ¿Qué sueles preparar?

— Bueno… de todo un poco — María se desconcertó. — Sopas, platos principales. Intento que sea rico y saludable.

— Saludable — sonrió con ironía la futura suegra. — Un hombre necesita comida contundente, no “saludable”. Guisos, carne, masas. Eso es comida.

María asintió, sintiendo cómo le ardían las mejillas. Daniel comía en silencio. Javier observaba sin decir nada.

— ¿Y tú dónde trabajas? — preguntó finalmente él.

— En un estudio de diseño — respondió María, agradecida por el cambio de tema. — Me dedico a interiores. Hace poco me ascendieron y ahora llevo mis propios proyectos.

— Proyectos… — Javier dio un sorbo al vino. — ¿Y pagan bien?

— Bastante bien — sonrió María. — El trabajo me gusta mucho. Ahora estoy preparando un encargo grande: un departamento en el centro, clientes serios. Puede abrir nuevas oportunidades.

Elena cruzó una mirada con su marido. En ese gesto había algo desagradable.

— ¿O sea que piensas seguir trabajando? — preguntó ella con una sonrisa suave, incómoda.

— Claro — respondió María sin notar la trampa. — Amo mi trabajo. Quiero crecer profesionalmente.

*

Se hizo un silencio espeso. Daniel bajó la mirada. Javier dejó el tenedor.

— En nuestra familia — dijo despacio — las mujeres nunca han trabajado.

María se quedó inmóvil.

— ¿Cómo dice?

— Lo digo en serio — la miró con gravedad. — Mi madre no trabajó. Elena no trabajó. Y la esposa de Daniel tampoco trabajará.

María miró a su prometido buscando apoyo. Él guardó silencio. Elena tenía el rostro impasible.

— ¿Es… una tradición? — preguntó María con la voz temblorosa.

— Puede llamarlo así — asintió Javier. — La mujer se ocupa de la casa. El hombre provee. Tema cerrado.

La conversación cambió bruscamente. Empezaron a hablar de la boda, del vestido, del banquete. Como si no se acabara de decidir la vida de María.