— Me da igual que no quieras ir a casa de mis padres, Ana. Te vistes ahora mismo y nos vamos, o te meto en el maletero.

— ¿Por qué sigues en bata? — la voz de Marcos le cortó los oídos como metal oxidado sobre cristal. — Mi madre llamó hace cinco minutos. Los tarros ya están esterilizados, los tomates se están estropeando. Tendríamos que haber salido hace media hora.

*

Ana no se giró. Estaba sentada a la mesa de la cocina, clavando la mirada en la superficie negra del café ya frío. En la luz de la mañana, filtrada por las persianas, las motas de polvo bailaban un vals caótico, y aquel espectáculo le parecía mucho más coherente que el nerviosismo de su marido. Marcos estaba apoyado en el marco de la puerta, completamente preparado para el “desembarco laboral”: vaqueros viejos con las rodillas vencidas, una camiseta gastada y esa expresión que Ana llamaba “modo capataz”. Hacía tintinear las llaves del coche en la mano sudorosa, y aquel sonido le perforaba los nervios peor que una fresa de dentista.

— No voy a ir a ningún sitio, Marcos — dijo Ana en voz baja, pero firme. Alzó por fin la cabeza y lo miró directamente al entrecejo. — Me quedo en casa.

Marcos se quedó inmóvil. Las llaves dejaron de sonar. Durante un segundo, en su cara apareció una confusión genuina, como si una tostadora acabara de hablarle en chino. En su sistema perfectamente ajustado —él, el capitán; ella, la grumete silenciosa— ese tipo de fallos no existían.

— ¿Cómo? — preguntó, avanzando hacia la cocina. — ¿Te has dado un golpe en la cabeza o qué? ¿Qué significa “en casa”? Hay tres cajas de tomates. Mi madre no puede sola. Levántate y vístete. Ya.

— Tu madre no está sola — Ana dio un sorbo al café frío y frunció el gesto. — Tiene marido. Tiene una hija. Elena, ¿no? Que vaya Elena a darle vueltas a esos malditos tomates. Los tarros son para ella. Y para su marido, que en cinco años no ha comprado ni uno solo, pero devora vuestros pepinillos como si no hubiera un mañana.

*

El rostro de Marcos empezó a teñirse de un rojo malsano. Odiaba que Ana mencionara a su hermana de ese modo. Elena era la vaca sagrada de la familia: siempre cansada, siempre necesitada, siempre con dos hijos que usaba como escudo contra cualquier responsabilidad.

— Cierra la boca — siseó Marcos, acercándose a la mesa. Olía a desodorante barato y a alcohol rancio. — Elena cuida de los niños. No tiene tiempo para doblar el lomo en el huerto. Tú, en cambio, estás sana como una yegua, no tenemos hijos, trabajas sentada en una oficina. ¿Te cuesta tanto ayudar a mi madre? ¡Una vez al año, Ana! ¡Una vez al año!

— ¿Una vez al año? — Ana sonrió con amargura. — En mayo plantamos patatas. En junio estuve desyerbando las fresas mientras tu Elena tomaba el sol porque tenía “la tensión”. En julio recogimos grosellas. Ahora es agosto: hola, tomates. Yo no me ofrecí como jornalera para la plantación de tus padres, Marcos. En mi día libre quiero tumbarme. Mirar el techo. Quiero que me dejen en paz.

*

Marcos golpeó la mesa con el puño. La taza saltó, derramando un charco oscuro sobre el mantel de plástico.

— ¿Te has vuelto loca? — gritó, escupiendo saliva. — ¡Vives en esta casa! ¡Mis padres pusieron dinero para la entrada! ¿Ahora me vas a pasar factura? ¡He dicho que te levantes!

— ¿Pusieron dinero? — Ana se puso de pie, arrastrando la silla con un chirrido desagradable. El miedo que normalmente la paralizaba ante sus ataques había desaparecido, sustituido por un cansancio frío y pesado. — Dieron cien mil hace cinco años. Yo ya he trabajado ese dinero en su casa de campo diez veces. A Elena, en cambio, le compraron un coche. Así, sin más. Porque “a Elenita le cuesta llevar a los niños al colegio”. Basta, Marcos. No voy a ir. Ve tú. Haz los tarros tú.

Intentó salir de la cocina, pero Marcos le bloqueó el paso.

— Marcos, suéltala. Ahora mismo.

La voz sonó baja, pero helada. Marcos se estremeció. Se giró bruscamente, tirando del pelo de Ana con tanta fuerza que todo se le volvió negro por un instante. En la puerta estaba Lucas. La chaqueta abierta, la respiración agitada: había venido corriendo. En una mano llevaba las llaves, en la otra el móvil con la pantalla apagada. Le bastó un segundo para entenderlo todo: la puerta del baño destrozada, astillas en el suelo, Ana bajo un montón de ropa, el brazo de Marcos alzado para golpear.

— ¿Y tú quién eres? — rugió Marcos, intentando recuperar el control. — Lárgate. Esto es cosa de familia.

— Esto es un delito — respondió Lucas con calma, avanzando un paso. — Y la sueltas ahora mismo.

— ¡Fuera de aquí! — Marcos se lanzó hacia él.

*

No llegó.

Lucas se abalanzó y chocó contra él con el hombro. Marcos perdió el equilibrio y soltó el pelo de Ana. Fue suficiente. Ana, sin aliento, se arrastró hasta la pared y se abrazó a sí misma. El mundo temblaba, pero estaba viva. Y ya no estaba sola.

— ¡Estás completamente loco! — chilló Marcos, arremetiendo de nuevo.

Esta vez Lucas estaba preparado. Le agarró el brazo y le torció la muñeca. Marcos siseó de dolor. Era más grande y más fuerte, pero la rabia lo hacía torpe. Se estrellaron contra la pared, golpearon un mueble: algo cayó al suelo con estrépito.

— Ana, sal del piso — dijo Lucas sin girarse. — Ahora.

Ella se levantó apoyándose en la pared. Las piernas le flaqueaban, pero dentro de ella se activó algo duro, obstinado. Pasó junto a ellos sin mirar a su marido, con los pies descalzos sobre las astillas, sobre los abrigos, sobre los restos de su antigua vida. En el recibidor se detuvo un segundo para ponerse las zapatillas; las manos le temblaban, los cordones no obedecían.

— ¿Adónde vas? — gritaba Marcos, forcejeando. — ¡Ana!

— Lejos de ti — respondió ella en voz baja y abrió la puerta.

*

En la escalera hacía fresco y olía a vida ajena: detergente y sopa. Ana salió y se apoyó en la barandilla. Por primera vez aquella mañana respiró hondo. Dentro todo seguía retumbando, pero el miedo empezaba a aflojar.

Un minuto después salió Lucas. Tenía el rostro tenso, un hematoma empezaba a formarse en el pómulo.

— Se ha encerrado — dijo. — He llamado a la policía y a una ambulancia. Necesitas que documenten las lesiones.

Ana asintió. Miró sus manos: ya aparecían marcas violáceas, huellas de dedos. Extrañamente, no tenía ganas de llorar. En su lugar, llegó la claridad.

— Gracias — dijo. — Si no hubieras llegado…

— Llegué — la interrumpió Lucas. — Ahora paso a paso. Te vienes conmigo. Luego, denuncia. Sin “me he arrepentido”. ¿De acuerdo?

Asintió.

La policía llegó rápido. Marcos gritaba que era una conspiración, que lo habían provocado, que “ella se lo buscó”. Ana estaba sentada en un banco, envuelta en la chaqueta de su hermano, respondiendo con calma, con frases cortas, sin histeria. Vio cómo le ponían las esposas a Marcos y no sintió ni satisfacción ni alivio. Solo un punto final.

En el hospital documentaron los golpes, las rozaduras, el pelo arrancado. El médico la miró con atención y preguntó:

— ¿Había pasado antes?

Ana dudó un instante y respondió con sinceridad:

— No así.

— Así será, si vuelve con él — dijo sin juzgar. — No vuelva.

*

No volvió.

Una semana después, Ana presentó la demanda de divorcio y solicitó una orden de alejamiento. Marcos escribía mensajes: primero furiosos, luego suplicantes, luego furiosos otra vez. Ella no contestaba. Alquiló un piso pequeño cerca del trabajo, compró una cerradura nueva y tazas nuevas — sin desconchones ni violencia ajena.

La primera mañana en su nuevo hogar preparó café y se sentó junto a la ventana. El sol caía sobre la mesa, el polvo volvía a bailar; esta vez era hermoso, no aterrador. El móvil vibró. Un mensaje de Marcos:
«Mi madre dice que lo has destruido todo».

Ana miró la pantalla y sonrió por primera vez en mucho tiempo.

— No — dijo en voz alta, en la habitación vacía. — Me salvé.

Apagó el teléfono, dio un sorbo al café y comprendió una cosa:
lo peor había quedado atrás, y no había vuelta atrás.