— ¡No voy a cambiar nada! Este piso es mío… y punto — dije con firmeza, mirando a mi marido directamente a los ojos.
Ana abrió la puerta de su piso y, como siempre hacía en los últimos años, se detuvo un instante en el umbral. Un salón amplio con techos altos, grandes ventanales por los que entraba la luz del sol, un parquet cálido que su padre había colocado con sus propias manos. Un piso de tres habitaciones en el centro de la ciudad: la herencia que recibió tras la muerte de sus padres. Cada rincón guardaba recuerdos: sus voces, sus risas, las tranquilas veladas familiares y esa sensación de seguridad que no se puede comprar con dinero.
Cuando Marco le propuso matrimonio, Ana no lo dudó ni un segundo y le ofreció mudarse con ella. Había espacio de sobra. Marco aceptó de inmediato: la abrazó, la besó y dijo que era la solución perfecta. La boda fue modesta, sin ostentación. Tras una breve luna de miel, empezaron a arreglar el piso.
*
Ana trabajaba como diseñadora de interiores. Marco lo hacía en una empresa de IT. Juntos decidieron renovar el espacio: compraron un sofá nuevo para el salón, cambiaron las cortinas antiguas por persianas modernas, reformaron la cocina — muebles claros, electrodomésticos empotrados. Ana disfrutaba cada cambio. El hogar se transformaba, se volvía acogedor, cada vez más “de los dos”.
Marco solía invitar a amigos. Se sentaban en la cocina, bebían cerveza y hablaban de fútbol o de videojuegos. Los amigos siempre comentaban con admiración:
— Tío, te lo has montado genial. Un piso así, una mujer guapa… eres un suertudo.
Marco sonreía y no lo negaba. Ana escuchaba esas conversaciones sin molestarse. El piso era realmente bonito, y compartirlo con su marido le parecía natural.
Los primeros seis meses transcurrieron en calma. Ana trabajaba desde casa, normalmente en el despacho frente al ordenador, dibujando proyectos. Marco regresaba tarde, cansado pero satisfecho. Por las noches cenaban juntos, veían series y hablaban de planes para el fin de semana. La vida avanzaba de forma estable, sin conflictos.
*
Todo cambió cuando la madre de Marco empezó a venir con más frecuencia.
Isabel vivía en un barrio cercano, en un viejo piso de dos habitaciones que llevaba años alquilando. Antes aparecía solo en fiestas o en ocasiones especiales. Después de la boda, las visitas se hicieron habituales.
Al principio llegaba con pasteles.
— Ana, he horneado algo… A Marco le encanta la tarta de manzana.
Ana agradecía el gesto y ponía el hervidor. Isabel tomaba el té y luego se levantaba a recorrer el piso.
— Qué luminoso es todo… La distribución es muy cómoda. Y la reforma es reciente, se nota que está hecha con gusto.
— Gracias — respondía Ana con educación.
Isabel entraba en el dormitorio, observaba los armarios, se asomaba al despacho.
— ¿Aquí trabajas?
— Sí, trabajo desde casa.
— Una habitación entera como despacho… Todo un lujo.
El tono era admirativo, pero Ana percibía algo más. No era envidia, sino una evaluación fría, como si Isabel estuviera calculando mentalmente el espacio y sus posibilidades.
Las visitas continuaron. A veces la suegra llegaba durante el día, cuando Marco no estaba. Ana le abría la puerta, pero la inquietud crecía. Demasiadas preguntas sobre los metros cuadrados, el barrio, los precios de la vivienda.
*
Un día, Isabel se detuvo junto a la ventana del despacho.
— Las vistas son preciosas. Tranquilo, verde… una zona de oro.
— Mis padres eligieron este barrio a propósito.
— ¿Entonces el piso es de ellos?
— Sí.
— Has tenido suerte, Ana. No a todo el mundo le toca una herencia así.
La palabra “suerte” le dolió. Como si la muerte de sus padres hubiera sido una ganancia.
Marco no reaccionaba a las preguntas de su madre. Cuando Ana intentaba hablar del tema, él se limitaba a restarle importancia:
— Te lo estás imaginando. Solo está aburrida.
Ana no insistía.
Meses después, la hermana menor de Marco, Clara, anunció su compromiso. Tenía veinticuatro años, trabajaba como mánager y ganaba poco. Su prometido, Lucas, trabajaba en la construcción. Vivían de alquiler y apenas llegaban a fin de mes.
La boda fue sencilla, en un restaurante. Isabel brillaba, brindaba, abrazaba a su hija. Una semana después apareció de nuevo en casa de Ana y Marco. Esta vez sin pasteles. Con gesto serio y un bolso en la mano. Marco estaba en casa; Ana preparaba la cena.
— Tenemos que hablar — dijo Isabel.
Se sentó a la mesa y sacó unos papeles. Ana se quedó de pie.
— ¿De qué se trata?
— De Clara. Ella y Lucas tienen problemas con la vivienda. El alquiler es muy caro.
— Son adultos — dijo Ana con cautela.
— Precisamente por eso la familia debe ayudarse.
Ana se tensó.
— ¿Y cómo propones ayudar?
*
Isabel sonrió.
— Tenéis un piso grande. Tres habitaciones. Vivís solo dos personas. Se podría decir que sobra espacio.
— ¿Sobra?
— Pensé que se podría cambiar este piso por dos más pequeños. Uno para vosotros y otro para Clara. Ya hemos visto algunas opciones.
A Ana le faltó el aire.
— ¿Hablas en serio?
— Totalmente. Y si sobra dinero, me gustaría ir a un balneario, cuidar un poco la salud.
— Este piso es mío — dijo Ana en voz baja.
— Pero sois familia. Todo es de todos.
— No. Es una herencia mía.
— ¿Y qué más da? — se encogió de hombros Isabel.
Ana miró a su marido.
— ¿Marco?
Él guardó silencio unos segundos y luego dijo:
— En general… la idea no es tan mala.
En ese instante, Ana comprendió que aquello era solo el principio.
*
— Entonces escúchame bien, Marco… porque después de mis palabras no podrás decir que no lo sabías.
En la habitación cayó un silencio espeso. Isabel alzó ligeramente la barbilla. Marco miraba fijamente la mesa.
— No voy a cambiar este piso — dijo Ana con calma, pero con firmeza. — Es mi hogar. Lo único que me queda de mis padres.
— Estás dramatizando — resopló Isabel. — Buscamos una solución razonable.
— ¿Razonable para quién? — Ana la miró de frente. — Desde luego, no para mí.
— Podrías ser más flexible — intervino Marco.
Ana esbozó una sonrisa amarga.
— Tu madre vino a mi casa con un plan ya hecho para disponer de ella. Y tú lo llamas “razonable”.
Isabel se levantó.
— Ya veo… Mientras todo era cómodo, no había problema. Y ahora de repente es “mío”.
— No voy a entregar los recuerdos de mis padres — dijo Ana con firmeza.
— ¡Marco, dile algo! — protestó Isabel.
*
Ana fue al recibidor, volvió con una carpeta y la dejó sobre la mesa.
— Aquí están los documentos. La propietaria soy yo. No es un bien ganancial.
Isabel palideció.
— ¿Lo tenías todo previsto?
— Simplemente pienso con antelación.
— ¿Entonces no hay ningún compromiso? — preguntó Marco.
— No. Porque un compromiso implica que ambas partes pierdan algo. Y aquí la única que pierde soy yo.
Isabel salió dando un portazo. Marco se quedó.
— Lo has arruinado todo — dijo en voz baja.
— No — respondió Ana. — Simplemente dejé de ser cómoda.
Esa misma noche, Marco se fue. Dos semanas después volvió a por sus cosas. El divorcio fue rápido. Sin peleas. Sin reparto de bienes.
Por la noche, Ana abrió las ventanas. Dejó entrar la luz y el aire. Ese hogar volvía a ser solo suyo.
A veces, perder a un marido significa, por fin, dejar de perderte a ti misma.