— Qué patética eres — dijo con desprecio Tomás, sin apartar la vista del teléfono.

Laura estaba junto a la cocina, removiendo un risotto — justo el plato que él había pedido para cenar, porque “en ese restaurante italiano cocinan fatal, y tú al menos te esfuerzas”. La cuchara de madera se quedó inmóvil en su mano.

— Cuatro años perdiendo el tiempo con tu microempresa — continuó Tomás con un tono cansado, casi aburrido—. Tarjetas, folletos… un juego de niños. Yo hoy cerré un contrato importante y tú sigues jugando a hacer negocios.

Laura no se giró. Sabía que si él veía cómo le temblaban las manos, lo tomaría como una victoria definitiva. Y ella estaba cansada de perder.

— Esto no es un juego — dijo en voz baja.

— Claro que no — sonrió con ironía—. Es un pasatiempo para quienes no se atreven a admitir su propia mediocridad.

Estaba sentado a la mesa con un traje impecable — ni siquiera se había cambiado al volver del trabajo. Lo habían ascendido hacía medio año y, con el nuevo puesto, algo frío y arrogante había aparecido en él. O quizá siempre estuvo ahí, simplemente antes no creía necesario mostrarlo.

Laura apagó el fuego y fue al baño. Cerró la puerta, abrió el grifo y apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas.

“Patética”.

*

Su imprenta era pequeña: ella, la diseñadora María, algunos operarios y un local alquilado en las afueras de la ciudad. Tarjetas, catálogos, materiales corporativos. Nada de millones — pero era suyo. Allí tomaba decisiones. Allí era alguien.

En casa, en cambio, solo era la esposa de un hombre exitoso.

Por la noche, Tomás anunció la noticia:

— Me han ofrecido pasar a Atlas Group. Mejor sueldo, bonos, proyección. Creo que pronto tu imprenta dejará de ser necesaria. Yo ganaré lo suficiente para los dos y tú, por fin, podrás ocuparte de la casa como es debido.

— No voy a cerrarla — respondió Laura con calma.

— ¿No quieres o te da miedo admitir que no tiene futuro? — se recostó en la silla—. Trabajas día y noche por cuatro duros. Eso no es un negocio, Laura.

— Es mi elección.

— Entonces no te quejes — dijo con frialdad.

A la mañana siguiente, Laura llegó a la imprenta a las siete. A las nueve apareció una mujer en vaqueros y blusa sencilla.

Ana Kovacs, directora de compras de Atlas Group — se presentó—. ¿Laura?

El nombre de la empresa sonó como un golpe seco.

Pasaron dos horas hablando — de forma concreta, profesional, sin presión. Ana examinó las muestras con atención, hizo preguntas precisas y escuchó las respuestas.

— Estamos cansados de los grandes proveedores — dijo al final—. No buscamos fábricas en cadena, sino personas responsables del resultado. Empecemos con un pedido de prueba. Si todo va bien, firmaremos un contrato anual.

El corazón de Laura latía en la garganta, pero su voz se mantuvo firme.

— De acuerdo.

*

Las dos semanas siguientes fueron un auténtico maratón. Plazos implacables, exigencias altas, cansancio mezclado con adrenalina. María se quejaba, los operarios trabajaban hasta tarde y Laura, por primera vez en mucho tiempo, se sentía verdaderamente viva.

Ana aceptó el pedido terminado sin una sola objeción.

— Excelente trabajo — dijo—. Quiero hablar de una colaboración a largo plazo. ¿Está preparada para convertirse en nuestro proveedor principal?

— Lo estoy — respondió Laura sin dudar.

Una semana después sonó el teléfono. La cifra era tan alta que Laura preguntó dos veces si había oído bien.

— Ha oído perfectamente — confirmaron al otro lado.

— Esto lo cambia todo — susurró María cuando Laura colgó.

A Tomás no le dijo nada. Todavía no.

El viernes, Laura se puso su mejor traje, se maquilló con cuidado y fue al edificio de cristal de Atlas Group para la firma del contrato.

*

— En unos minutos se unirá a nosotros un representante del departamento de ventas — dijo Ana cuando todos tomaron asiento.

La puerta se abrió.

Entró Tomás.

Se quedó inmóvil al ver a Laura. Su sonrisa profesional desapareció en un instante, sustituida por el desconcierto y el shock.

— ¿Se conocen? — preguntó Ana con neutralidad.

— Sí — respondieron ambos al mismo tiempo.

Laura, tranquila.
Tomás, con retraso.

— Somos… matrimonio — añadió él finalmente—. No sabía que la empresa proveedora era… su imprenta.

— Yo sabía que trabajabas aquí — respondió Laura con suavidad—. Solo no esperaba encontrarnos así.

— Esto no cambia nada — dijo Ana con tono profesional—. Estamos aquí por trabajo.

Laura habló con seguridad, punto por punto: volúmenes, plazos, responsabilidades. Tomás escuchaba y, con cada minuto que pasaba, se sentía más incómodo. Aquella no era “la chica de las tarjetas”. Era una socia. Una igual. Y, en la práctica, una pieza clave.

— ¿Alguna pregunta por parte del departamento de ventas? — preguntó Ana.

— No — murmuró Tomás—. Las condiciones son… razonables.

Firmaron rápidamente. Laura firmó primero. Tomás, el último.

En el pasillo, él la alcanzó.

— ¿Lo hiciste a propósito? — preguntó en voz baja.

— No — respondió con honestidad—. Simplemente dejé de justificarme.

Él asintió, con la mandíbula tensa.

— Me equivoqué.

*

Laura lo miró largo rato. Sin rencor. Sin dolor.

— Sí — dijo—. Te equivocaste.

Esa noche no volvió a casa. Fue a la imprenta — vacía, silenciosa, con olor a papel y tinta. Se sentó al escritorio y escribió un correo breve.

Tomás lo leyó de madrugada.

Sin escándalos.
Sin reproches.
Sin gritos.

Permaneció mucho tiempo en la oscuridad, con el teléfono en la mano, y por primera vez entendió que una carrera no siempre es algo que construyes. A veces es algo que deja de depender de ti.

Y a la mañana siguiente, Laura firmaba contratos para nuevo equipamiento y pensaba en lo extraño que puede ser el rumbo de la vida.

Porque cuando alguien te llama patética, no siempre es el final.
A veces es simplemente el comienzo.