Clara se quedó paralizada frente al armario abierto. Sus dedos apretaron el funda de tela vacía con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Dentro no había nada. Absolutamente nada. Y sin embargo, la noche anterior allí colgaba su abrigo nuevo: caro, perfecto, ese con el que había soñado durante casi medio año. Había ido ahorrando de cada sueldo, negándose incluso el café de la mañana de camino al trabajo.
—Marcos —llamó a su marido, esforzándose por mantener la voz firme—. ¿Has visto mi abrigo?
Desde el salón llegó una respuesta perezosa, indiferente:
—¿Qué abrigo? Ah… ¿el nuevo? Ayer pasó mi madre mientras estabas en el supermercado. Se lo probó. Le encantó.
Clara salió despacio del dormitorio. El corazón le latía en la garganta, como si alguien la apretara por dentro. Marcos estaba sentado en el sofá, absorto en el móvil, tranquilo y relajado, como si acabara de decirle que se había acabado el pan.
—¿Y qué más? —preguntó, acercándose.
—Pues… se lo di —se encogió de hombros—. Dice mi madre que su abrigo ya está muy gastado, que pasa frío. Y tú eres joven, estás sana, ya ganarás para otro.
Dentro de Clara algo se rompió. No poco a poco, no de manera gradual, sino de golpe, como una cuerda tensada al límite.
Seis meses. Medio año apartando una cantidad de cada nómina. No salía a tomar café con sus compañeras, no compraba cosméticos, llevaba los mismos zapatos de siempre. Todo por ese abrigo. Por la sensación de poder permitirse por fin una prenda bonita, valiosa. Por sentir que su trabajo valía la pena.
*
Y él simplemente lo había cogido y se lo había dado a su madre. Sin preguntar siquiera.
—Has regalado mi abrigo —repitió Clara despacio, como comprobando si había oído bien—. El mío. El que compré yo. Con mi dinero.
Marcos por fin levantó la vista de la pantalla y la miró con una ligera molestia.
—¿Y a qué viene tanto drama? ¡Es mi madre! A ella le hace más falta. Tiene una pensión pequeña, no puede permitirse cosas así. Tú trabajas, ya ganarás más. No seas tacaña.
No seas tacaña.
La palabra le cayó como una bofetada.
¿Así que era tacaña por querer llevar lo que había comprado con su dinero ganado honestamente? ¿Así que era mala por no querer regalar sus cosas a la primera?
Clara se dio la vuelta y volvió al dormitorio. Marcos suspiró aliviado: estaba convencido de que la discusión había terminado. Su mujer se había molestado, como siempre. Ya se le pasaría. Siempre se le pasaba. Siempre perdonaba. Siempre cedía, ante él y ante su madre.
Pero esta vez era distinto.
Un minuto después, Clara regresó. En las manos llevaba su traje nuevo, el que había comprado para la cena de empresa y del que tanto presumía, hablando de “tela italiana” y “corte perfecto”. Junto a él, su camisa favorita de algodón caro, cuidadosamente doblada, como en un escaparate.
—¿Qué estás haciendo? —se alarmó Marcos al ver las tijeras en sus manos.
Clara lo miró con calma. Demasiada calma.
—Ayudando a tu madre —respondió con frialdad y acercó las hojas al borde de la manga del traje…
*
Las tijeras se cerraron con un sonido seco y cortante.
—¡¿Te has vuelto loca?! —Marcos se levantó de un salto—. ¡¿Qué estás haciendo?!
La tela cedió sin resistencia. Clara no se inmutó. No sonrió. No levantó la voz. Cortó con cuidado una manga y luego la otra, con la misma precisión y frialdad, como si estuviera realizando algo planeado desde hacía tiempo.
—¡Para! —se lanzó hacia ella, pero se detuvo al encontrarse con su mirada—. Clara, deja las tijeras. Hablemos.
—¿Hablar? —por primera vez lo miró directamente a los ojos—. Tú no hablaste conmigo. Decidiste por mí. Cogiste algo mío y se lo diste a otra persona. Sin preguntar. Sin vergüenza.
Colocó el traje sobre la mesa e hizo otro corte, esta vez en la camisa. La tela fina se abrió como una paciencia agotada.
—¿Sabes cuánto cuesta eso? —gritó Marcos—. ¡Es mi traje! ¡Mío!
—Exacto —dijo Clara en voz baja—. Tuyo.
Dejó las tijeras y se irguió. En su voz ya no había temblor ni lágrimas, solo cansancio y una claridad helada.
—¿Sientes rabia ahora? ¿Dolor? ¿Indignación? —dio un paso hacia él—. Recuerda esta sensación. Es exactamente lo que yo sentí cuando supe que mi abrigo había desaparecido.
—No es lo mismo… —murmuró—. Tú lo sabes…
—No, Marcos. Es exactamente lo mismo —lo interrumpió—. La única diferencia es que tú decidiste que lo tuyo es tuyo, y lo mío es compartido. O, más cómodo aún, de tu madre.
*
Él guardó silencio. Palideció. Por primera vez en mucho tiempo no parecía seguro de sí mismo, sino perdido.
—No quería destrozar tus cosas —continuó Clara—. Solo quería que entendieras. Pero está claro que con palabras no basta.
Fue al armario, lo abrió y empezó a sacar cajas. Sin prisas. Con calma.
—¿Qué haces ahora? —preguntó él con voz ronca.
—Recojo lo mío —respondió—. Lo que compré yo. Con mi dinero. Y lo que nadie volverá a quitarme sin preguntar.
—¿Te… vas? —por primera vez apareció el miedo en su voz.
Clara se detuvo y se volvió.
—No, Marcos. No soy yo la que se va. Simplemente dejo de vivir como antes.
Sacó el teléfono, abrió la app del banco y lo dejó delante de él.
*
—Te he transferido la mitad de los gastos de este mes. El resto es cosa tuya. Igual que tu madre. Y, por cierto —lo miró con serenidad—, dile que puede quedarse con el abrigo. Es mi último “regalo”.
—Clara… —dio un paso hacia ella—. Lo arreglaremos. Recuperaré el abrigo. Hablaré con mi madre.
Ella negó con la cabeza.
—No has entendido lo más importante. No va del abrigo. Va de que elegiste… no a mí. Y lo hiciste cada vez.
Cerró el bolso y se dirigió hacia la puerta.
Marcos se quedó solo en medio de la habitación, entre la ropa destrozada, las cosas esparcidas y un silencio repentino en el que, por primera vez, comprendió que había perdido mucho más que un traje.
Y Clara salió del piso con la espalda recta y una sensación extraña, casi olvidada, en el pecho: la sensación de libertad.