Los últimos rayos del sol otoñal entraban tímidamente por la ventana alta, dibujando reflejos sobre la superficie pulida de la mesa del comedor. En el aire flotaba ese silencio denso y viscoso que siempre anuncia una tormenta. Clara colocaba los platos con cuidado, repasando mentalmente la lista: su cubierto, el de su hija, el de su marido. Todo debía ser impecable. Como siempre.

Desde el salón llegaban los sonidos amortiguados de la televisión: partidos de fútbol, como le gustaba llamarlos a Víctor. Clara se quedó quieta un instante, escuchando. Antes los veían juntos, gritaban al unísono, se abrazaban cuando había gol. Ahora era solo ruido de fondo, una frontera invisible entre su mundo y el de él.

La puerta del recibidor chirrió y Marina entró en la cocina. Quince años, cuerpo frágil, una sombra de tristeza en la mirada. Echó a su madre un vistazo rápido, como comprobando si la atmósfera era segura.

— ¿Papá viene pronto? — preguntó en voz baja.

— Dijo que estaría a las siete — respondió Clara, procurando sonar tranquila. — ¿Me ayudas con la ensalada?

Marina asintió. Volvió el silencio, roto solo por el golpeteo del cuchillo contra la tabla. Clara se sobresaltaba con cada ruido del edificio: pasos en la escalera, una puerta que se cerraba en algún piso.

A las siete en punto, la llave giró en la cerradura. El corazón de Clara se detuvo por un segundo y luego empezó a latir con fuerza. Víctor entró. Él nunca simplemente entraba: ocupaba el espacio. Su presencia siempre era como un cambio brusco de presión.

— Ya estoy — dijo, sin mirar a ninguna de las dos.

*

Clara lo vio reflejado en el cristal del armario: traje caro, peinado perfecto, la expresión cansada y levemente irritada de un hombre que, según él, sostiene el mundo sobre los hombros. Se quitó la americana y la dejó caer sobre el respaldo de una silla.

La cena empezó con el ritual habitual. Víctor deslizaba el dedo por la pantalla del móvil, respondiendo a mensajes. Marina jugaba con el tenedor. Clara sentía cómo se tensaba todo su cuerpo.

— ¿Qué tal en la oficina? — preguntó ella con cautela.

— ¿Qué? — levantó la mirada como si lo hubiera interrumpido en algo trascendental. — Bah, lo de siempre. Cerramos el trimestre. Los números son buenos.

Lo dijo con ese tono que usaba cuando quería dejar claro que solo él era capaz de producir «buenos números». Clara solo asintió.

— Y mañana en el cole… — empezó Marina.

— Después, cariño — la interrumpió Víctor. — Papá está cansado.

La mirada de la niña se apagó. Un pinchazo familiar atravesó el pecho de Clara.

— Pensé que en noviembre podrías pedir vacaciones… — intentó retomar la conversación familiar. — Planeamos un viaje.

— Clara, ya te dije que no. Noviembre es un mes crítico. No hay tiempo para descansar.

El cuchillo golpeó el plato con un sonido tan seco que Clara dio un respingo. El apetito desapareció.

— Entiendo — murmuró. — Solo que nos hacía ilusión…

— ¿Sois conscientes de cómo está el mundo? — la cortó con frialdad. — Crisis, competencia feroz… Y vosotras con vuestras ilusiones de vacaciones.

Dijo “vosotras”, separándose de ellas.

Un recuerdo la golpeó: una cena diez años atrás, en un pequeño piso alquilado. Pizza barata, risas, su mano en la de ella: «Lo lograremos todo, Clara. Juntos.»
Ahora ya lo habían logrado. Pero juntos ya no existía.

Víctor se levantó.

— Tengo que prepararme. Mañana salgo temprano. Viaje de negocios.

*

Clara alzó la vista.

— ¿Viaje de negocios? No dijiste nada.

— Surgió a última hora — dijo caminando hacia el dormitorio. — Vuelvo pasado mañana.

Desapareció tras la puerta. Marina recogió su plato en silencio y se marchó a su habitación.
Clara se quedó sola en la cocina perfecta, que de pronto parecía una celda decorada con buen gusto.

Su mirada volvió a la americana. Algo dentro de ella se movió. Se acercó. Pasó la mano por la tela. En el bolsillo había algo.

No monedas. No llaves.

Un pintalabios.

Un pequeño estuche dorado. Lo abrió. El color — un rojo vivo, agresivo. Nada que ver con su suave rosa habitual.

Clara lo cerró y lo apretó en la mano. No sintió dolor ni rabia. Solo una claridad helada.

Abrió el grifo del agua caliente. El vapor le empañó la vista.

— Bien — susurró. — Juguemos a tu juego.

Cogió el móvil y buscó el número de la secretaria de Víctor, Annelise.

— Buenas tardes, Annelise, soy Clara, la esposa de Víctor. Perdona que moleste… se ha olvidado el pasaporte y mañana tiene un viaje. ¿Sabes a qué hora es el vuelo? Envío un mensajero al aeropuerto.

Hubo una pausa pesada.

— Clara… no tengo noticia de ningún viaje. En su agenda no figura ningún desplazamiento mañana.

Clara cerró los ojos.

— Entiendo. Gracias.

Dejó el móvil sobre la mesa. El sonido fue como un martillazo.

Entonces… ¿qué era aquello?

*

Clara permaneció junto a la mesa largo rato. El silencio ya no era vacío: era alerta, atento, como si las paredes esperaran su primer movimiento. Sabía que si se dejaba llevar por el pánico, la noche la devoraría. Pero si hacía algo — lo que fuera — resistiría.

Abrió la ventana. El aire frío de la tarde le quemó la piel, devolviéndola a la realidad.
No eres una víctima. Eres dueña de tu vida.

Tomó el móvil y abrió la app del banco. Unos toques — y allí estaban. Transferencias a cuentas desconocidas. Repetidas. Ocultas.
Antes no habría mirado. Antes confiaba.

Ahora ya no.

Hizo capturas y se las envió a su correo oculto.

Luego fue a la habitación de Marina.

La niña estaba en el suelo, abrazando un cojín.

— Mamá… ¿otra vez se va? — preguntó sin levantar la cabeza.

Clara se sentó a su lado y le acarició el pelo.

— No. Esta vez, no.

Marina levantó la mirada.

— ¿Estás enfadada?

— Yo… — Clara dudó un momento. — Solo que ahora veo las cosas como son.

Marina se apoyó en ella. Y por primera vez en muchos años, Clara sintió fuerza. No la que venía de la aprobación de su marido, ni de la perfección de la casa… sino la verdadera: la de proteger a su hija.

Víctor volvió media hora después. Llevaba la misma cazadora, pero su expresión había cambiado: irritación mezclada con nervios.

*

Se detuvo en el umbral al verla tomando té con total calma.

— ¿Qué te pasa? — intentó sonar casual, pero la voz le tembló. — Me voy. Ya tengo todo.

— ¿De viaje? — preguntó ella suavemente.

Él parpadeó.

— Sí… claro.

— Qué curioso. Annelise dice que no tienes ningún viaje programado.

Se quedó paralizado. Como alguien al que le cortan la luz de repente.

— ¿La llamaste?

— Por supuesto. Quería ayudar.

Él cogió una silla y la empujó bruscamente, como hacía siempre para intimidarla. Pero ella no se movió.

Y eso lo desconcertó.

— ¿Me estás vigilando? — escupió.

— No. — lo miró fijamente. — Simplemente he dejado de cerrar los ojos.

Él llevó la mano al bolsillo donde solía estar el pintalabios. Clara lo vio. Y él lo supo.

— Clara, escúchame… — dijo con un tono conciliador. — En la vida hay situaciones…

— Sí. Pero no de esas en las que un hombre miente a su familia para irse con otra mujer.

Él palideció.

— No es lo que piensas.

— Entonces explícalo.

*

Abrió la boca… y no dijo nada.

Clara se levantó.

— Trasladaré tus cosas a la habitación de invitados. Mañana hablaremos con un abogado.
Y respecto a tu “desde hoy eres un sintecho”… — se detuvo en la puerta. — Gracias por la idea. Me ayudó a entender que ya era hora.

Él la miró como quien descubre un abismo bajo sus pies.

— Clara… ¡espera! Somos una familia…

Ella se giró. Su mirada era tranquila, nítida y sorprendentemente viva.

— La familia somos Marina y yo. Tú… elegiste otra cosa antes de que yo lo supiera.

Y se marchó.

La noche era inesperadamente cálida. Clara salió al balcón, respiró hondo y por primera vez en mucho tiempo sintió ligereza.
Sabía que mañana sería duro: papeles, conversaciones, confrontaciones.

Pero sabía algo más.

Había dejado de vivir en el mundo construido por Víctor.

Ahora construiría el suyo.
Para ella y para su hija.

Y ese era el mejor final que podía elegir por sí misma.