¿Mil euros netos?! — Oliver golpeó la mesa con tanta fuerza que el vaso de té helado saltó sin derramarse. — ¿Hablas en serio? ¿Eso es un salario? ¡Con ese dinero no se puede vivir dignamente!

Clara sostenía la taza con ambas manos, mirando hacia abajo. Sabía que si lo miraba, estallaría otro conflicto. Y aquellos conflictos se repetían desde hacía semanas. Respiró hondo y respondió con calma:

— Es un periodo de prueba, Oliver. Dos meses. Después el sueldo sube al menos a sesenta mil. Ya te lo dije.

— ¿Que me lo dijiste? — Oliver se rió con burla, paseándose nervioso por la habitación. — ¿Y de qué sirve? Con esos treinta y cinco mil no compramos ni una compra decente, mucho menos vivir como personas. Yo me mato trabajando y tú… ¿tú qué haces? Ningún beneficio.

— Lo intento — susurró Clara—. Y tú lo ves.

— ¿Que lo intentas? — él se giró bruscamente desde la ventana, los ojos brillando de irritación. — Es ridículo, Clara. De verdad. Te pones a trabajar y crees que en dos meses todo se arreglará por arte de magia.

*

— No. Sé que hace falta tiempo — respondió ella, dejando la taza en la encimera con un leve tintineo. — Pero este trabajo tiene futuro. Puedo crecer ahí.

— ¿Futuro? — él frunció los labios. — ¿Para quién? ¿Para ti o para nosotros? Comemos la pasta más barata, recortamos de todo y tú… soñando con hacer carrera.

Sus palabras la golpearon como una sentencia. Cada vez que intentaba responder, Oliver la interrumpía: facturas, créditos, transporte… Su voz se volvía cada vez más cortante, y Clara se sentía agotada antes siquiera de contestar.

— Quizá simplemente deberíamos separarnos — susurró ella.

Oliver se quedó inmóvil. Algo brilló en su mirada, pero su rostro enseguida se endureció. Apareció una sonrisa fría, casi indiferente.

— Estupenda idea. Yo también lo pensaba.

Clara se levantó y empezó a meter ropa en una vieja bolsa deportiva: camisetas, vaqueros, su neceser. Movimientos mecánicos. Oliver solo la observaba, sin dar un paso hacia ella; como si todo estuviera decidido desde hacía tiempo.

*

Cuando cerró la cremallera de la bolsa, un silencio denso cayó sobre la habitación. Oliver seguía apoyado en la mesa, como si intentara ordenar sus pensamientos. Pero no dijo nada.

Clara llegó hasta la puerta cuando él por fin habló:

— Sabes que no habrá vuelta atrás, ¿verdad?

— Y tampoco la he querido — respondió tranquila, aunque por dentro temblaba.

Salió al rellano frío de la escalera. La puerta se cerró detrás de ella con un clic seco — como un punto final.

Bajó despacio. A cada escalón sentía cómo el miedo se desprendía de ella, pero no la decisión. Esa estaba firme.

A la mañana siguiente todo era extrañamente silencioso. Se quedó a dormir en casa de una compañera — en un sofá estrecho, en un ambiente que olía a café y a cálido cuidado.

— Solo necesito tiempo — dijo Clara. — Y un lugar donde respirar.

La compañera asintió sin hacer preguntas.

*

En su teléfono había decenas de mensajes de Oliver. Ninguno con disculpas. Solo irritación:

“¿Cuándo vas a devolver las llaves?”
“¿Te llevaste mis documentos?”
“¿Eres consciente de todos los problemas que estás creando?”

Clara apagó la pantalla. En su pecho sintió frío. Pero también ligereza.

En el trabajo se comportaba con calma, hasta que su jefa la llamó:

— Clara, ven un minuto.

Clara entró con los hombros tensos. La jefa le tendió una carpeta.

— He visto cómo te esfuerzas, Clara. Y tus resultados son muy buenos. Planeábamos ofrecerte algo después del periodo de prueba… pero — sonrió— hemos decidido no esperar.

— ¿Un ascenso? ¿Ahora?

— Sí. Desde este mes tendrás un salario más alto y un puesto fijo en el equipo. Te lo has ganado.

*

Aquellas palabras abrieron algo dentro de ella. Clara exhaló — solo entonces notó cuán tensa había estado.

— Gracias… De verdad lo valoro.

— Y es completamente merecido — aseguró la jefa.

Por la tarde, cuando regresaba al portal del edificio, escuchó una voz conocida — tensa, dura:

— ¡Clara!

Oliver estaba bajo la farola, manos en los bolsillos, expresión crispada.

— Tenemos que hablar — dijo con firmeza.

— Ya hablamos — respondió ella, manteniendo distancia.

— ¡Me dejaste en un momento así! — su voz resonó entre los edificios. — ¿Cómo te lo imaginas? ¡Vas a volver! ¡Todo puede arreglarse!

Clara lo miró — de una manera nueva. Sin dolor. Sin ilusiones.

— Oliver… Hace tiempo perdimos lo que merecía ser salvado. Y los dos lo sabemos.

— ¿Por tu carrera? — escupió él. — ¿Por esos miserables treinta y cinco mil?

Ella sonrió — suave, segura, casi luminosa.

*

— No. Por haber dejado de tener miedo de vivir como yo creo correcto.

Él abrió la boca, pero no encontró palabras. Su mano se movió levemente, como si quisiera detenerla — pero no se atrevió.

Clara se dirigió al portal.

— Mañana te escribo por las llaves. No tenemos nada más que repartir.

Entró. Sus pasos sonaban firmes, seguros — como si por fin caminara por su propio camino.

Subiendo las escaleras, sintió de pronto que respiraba libremente. Sí, el futuro la asustaba — pero ya no la oprimía. Era amplio, luminoso. Suyo.

Y Clara comprendió: a veces la única manera de salvarte es salir por una puerta que debiste cerrar hace mucho tiempo.