*
El millonario regresó a casa de forma inesperada a la hora del almuerzo… y se quedó paralizado por lo que vio en la cocina.
El millonario volvió a casa sin avisar — solo pasó a la hora del almuerzo.
Por unos minutos.
Recoger unos documentos y marcharse de inmediato.
Y quedó literalmente petrificado ante lo que vio.
El sonido de las llaves que se le escaparon de los dedos y cayeron sobre el frío suelo de mármol resonó por toda la enorme casa.
Sordo. Seco. Fuera de lugar.
Pero nadie lo oyó.
Nadie — salvo Víctor Hale.
Estaba de pie en la entrada del comedor y no podía dar ni un solo paso.
El pecho se le oprimió, como si alguien le hubiera arrancado el aire de golpe.
La cabeza le dio vueltas.
Lo que veía simplemente no encajaba en la realidad.
Por el cansancio.
Por el estrés.
O quizá solo una ilusión óptica.
Porque algo así no podía ser real.
Víctor pasó por casa más temprano aquel martes — sin avisos, sin llamadas. No esperaba que hubiera alguien en la casa.
No esperaba calor.
No esperaba el olor de la comida.
Y desde luego no esperaba esto.
Sentada a la larga mesa de madera — la misma en la que nadie se había sentado desde que, cinco años atrás, murió su esposa — estaba Maya Laurent, la joven empleada doméstica.
No estaba limpiando.
No estaba pasando el paño.
No estaba lavando el suelo.
Estaba sentada.
Y no estaba sola.
*
A su alrededor estaban sentados cuatro niños pequeños.
Cuatro niños.
Absolutamente idénticos.
Víctor parpadeó con fuerza, como si esperara que la imagen desapareciera.
No desapareció.
A simple vista parecían tener unos cuatro años.
Llevaban camisas azules — dolorosamente familiares.
Encima, delantales finos, atados con cuidado, como si alguien se hubiera esforzado mucho en que no se mancharan.
El mismo cabello castaño despeinado.
La misma forma de los ojos.
La misma expresión en el rostro.
Los cuatro no apartaban la mirada de Maya.
— Abrimos la boquita, pajaritos — dijo ella con suavidad.
Su voz golpeó a Víctor como un puñetazo en el pecho.
Levantó una cucharada de arroz de un amarillo intenso — una comida simple, barata. Una comida que no tenía lugar en caros platos de porcelana en una casa rica.
Pero los niños lo miraban como si fuera oro.
Maya los alimentaba con cuidado, vigilando atentamente que a cada uno le tocara la misma cantidad.
Ni más. Ni menos.
— Coman despacio — susurró.
— Hoy alcanza para todos.
Aún llevaba puestos los guantes de goma amarillos. Con un gesto mecánico, casi maternal, apartó un mechón de cabello del rostro de uno de los niños.
Víctor debería haber gritado.
Irrumpido.
Echado a todos.
Exigido explicaciones.
Pero no podía moverse.
Las piernas parecían clavadas al suelo.
La garganta se le secó.
El corazón latía tan fuerte que parecía escucharse en toda la casa.
Y entonces uno de los niños se echó a reír y giró la cabeza.
La luz de la gran ventana cayó directamente sobre su rostro…
Y en ese instante Víctor comprendió:
ese rostro ya lo había visto antes.
*
La luz se deslizó sobre el rostro del niño… y algo se quebró dentro de Víctor.
No era solo un parecido.
No era un recuerdo vago.
Era un espejo.
El mismo hoyuelo en la mejilla izquierda.
La misma línea del mentón.
La misma manera de fruncir levemente las cejas antes de sonreír.
Víctor sintió que las rodillas le flaqueaban. Tuvo que apoyarse en el marco de la puerta para no caer.
— Maya… — su voz salió ronca, casi extraña. — ¿Qué es esto?
Ella dio un respingo. La cuchara tintineó suavemente contra el plato.
Los cuatro niños se quedaron inmóviles al instante, como si hubieran aprendido a reconocer el peligro en un simple cambio de tono.
Maya se giró lentamente.
Sus miradas se cruzaron.
En sus ojos no había pánico.
Ni vergüenza.
Solo un cansancio profundo… y una decisión tomada desde hacía tiempo.
— Ha regresado más temprano — murmuró.
— Respóndeme, Maya.
Ella inhaló, dejó la cuchara, luego se quitó los guantes amarillos uno por uno. Con cuidado. Como si ese gesto le diera tiempo para mantenerse en pie.
— Ya han terminado — dijo con suavidad a los niños. — Vayan a jugar al salón. Ahora voy.
Los niños bajaron de las sillas sin decir palabra. Al pasar junto a Víctor, uno de ellos alzó la vista hacia él, curioso, sin miedo.
Víctor apartó la mirada.
Cuando desaparecieron, el silencio volvió a caer, pesado, asfixiante.
— ¿Desde cuándo? — preguntó Víctor por fin.
— Desde hace cuatro años y medio.
La cifra lo golpeó con más fuerza que todo lo demás.
— Cuatro… — se detuvo. — ¿Cuatro niños?
*
Maya asintió.
— Cuatrillizos.
Se pasó una mano por el rostro.
Recuerdos fragmentados irrumpieron con violencia: el hospital, las complicaciones, el médico evitando su mirada y luego… el vacío. El duelo. La muerte de su esposa. Y aquella frase, pronunciada demasiado rápido, demasiado correctamente:
« El niño no sobrevivió. »
— Me dijeron… — su voz tembló. — Me dijeron que habían muerto.
— Le mintieron.
Ella sacó un sobre del bolsillo de su delantal y lo colocó sobre la mesa.
Documentos. Análisis. Firmas.
Y una fotografía.
Cuatro bebés, apretados unos contra otros, diminutos, frágiles… vivos.
Víctor se dejó caer pesadamente en la silla.
— ¿Por qué…? — murmuró. — ¿Por qué ahora?
Maya lo miró directamente a los ojos.
— Porque lo vieron. En la televisión. Porque empezaron a hacer preguntas. Y porque ya no podía mentirles más.
Un largo silencio se extendió entre ellos.
— ¿Saben quién soy? — preguntó él.
— Saben que tienen un padre. Un hombre importante. Que algún día iba a regresar.
Víctor cerró los ojos.
Cuando los abrió, su voz era baja, firme.
— Se quedarán aquí.
Maya parpadeó.
— ¿Está seguro?
— Sí. Esta es su casa.
Se levantó, respiró hondo y se dirigió hacia el salón. Los niños levantaron la cabeza al mismo tiempo.
Víctor se arrodilló frente a ellos.
— Hola — dijo simplemente.
Cuatro sonrisas tímidas aparecieron.
Y en ese instante preciso, por primera vez en cinco años, la casa dejó de ser un mausoleo.