— ¿El piso? — Marco apartó el plato con la cena a medio comer. El sonido de la porcelana deslizándose sobre el cristal cortó el aire como un filo. — ¿Estás escuchándote, Elena? ¿Hipotecar nuestra vivienda? ¿Para abrir un… salón?

La miraba con incomprensión, casi con miedo, como si ella hubiera propuesto quemar la casa donde vivían. Elena exhaló despacio, sintiendo cómo subía esa vieja pesadez — la necesidad de justificarse una vez más. Miró la cocina: las cortinas de florecitas que odiaba pero soportaba porque eran de su suegra, la nevera antigua que por las noches zumbaba como un abejorro moribundo. Ese “hogar acogedor”, hecho de concesiones, de pronto le pareció una celda.

— No he dicho que vaya a hacerlo — su voz sonó firme, aunque los dedos se aferraban al borde de la mesa hasta ponerse blancos. — He dicho que es una opción. Estoy evaluando todas. Un préstamo bancario, por ejemplo. Pero necesitan un aval. O garantes.
— ¡Ochenta mil euros, Elena! ¿Te oyes? ¡Es una locura! — Pasó la mano por su pelo corto; los hombros se le tensaron. — Tienes un trabajo estable, un buen sueldo. ¿Para qué necesitas todo esto?

“Trabajo estable.” Ocho años en el salón de otra persona. Ocho años escuchando caprichos de clientas, apagando conflictos entre empleados, negociando descuentos con proveedores. Y cada noche volver a casa para oír: “¿Y qué tal tu peluquería hoy?”. Nunca entendió la diferencia entre un salón de gama alta y una “peluquería”. Para él era lo mismo: un lugar donde ella “arreglaba a señoras ricas”.

*

— Quiero algo mío, Marco. No solo cortar y teñir. Quiero crear. Dirigir. Lo tengo todo calculado. Tengo un plan. Y tengo cuarenta mil euros ahorrados.
Él se echó hacia atrás, con la cara alargada por el asombro.

— ¿Cuarenta? ¿De dónde? — en su voz había menos sorpresa que sospecha, como si ella hubiera guardado ese dinero a escondidas, para un día en que él no existiera.
— De primas, de trabajos extra — respondió Elena con un leve encogimiento de hombros. — Te dije que Lena y yo asesoramos a nuevos salones. No todo lo metía en el presupuesto común. Guardaba parte.

Cayó un silencio espeso entre ellos, casi viscoso. Marco miraba por la ventana, donde anochecía lentamente un noviembre húmedo y triste, y las ventanas de los edificios de enfrente encendían su luz amarilla. Noviembre en su barrio era especialmente gris: árboles desnudos, charcos con una capa fina de hielo, gente apresurada con los hombros hundidos.

— No puedo hablar de esto ahora — se levantó de golpe; la silla chirrió desagradablemente. — Me va a estallar la cabeza. Es demasiado serio. Demasiado arriesgado.
— Toda la vida es un riesgo — murmuró Elena, pero él ya caminaba hacia el pasillo, agarrándose al marco de la puerta como buscando apoyo.

Se quedó sola, mirando su plato de pasta enfriándose. Por dentro, algo hervía. No esperaba aplausos. Esperaba, al menos, un intento de comprenderla. En lugar de eso — un muro. El mismo muro que llevaba ocho años de matrimonio intentando rodear o derribar. Sin éxito.

*

Elena permaneció sentada en silencio un largo rato, como si el eco de sus pasos siguiera vibrando en el aire. Conocía ese patrón: retirarse, evitar el conflicto, esperar a que todo “se arreglara solo”. Pero esta vez nada iba a desaparecer por sí mismo.

Se levantó, cruzó la cocina lentamente y deslizó los dedos por la encimera fría. Entendió con claridad: su sueño no era solo un cambio. Era una frontera. Una línea que Marco temía cruzar.

Cuando entró en el salón, él estaba junto a la ventana, apoyado en el alféizar con ambas manos. Su cuerpo entero estaba tenso, como una cuerda a punto de romperse.

— Marco — dijo ella en voz baja.

Él no se giró.

— Solo quiero entender — exhaló al fin — por qué romper lo que ya funciona. Tenemos una vida normal. Estable. ¿Por qué no te basta?

Elena se acercó y se detuvo a medio paso, lo suficiente para no invadirlo, pero lo bastante cerca para que la escuchara.

— Una vida normal no significa una vida feliz — dijo tranquila. — Y la estabilidad no es un objetivo, sino una herramienta. Quiero vivir mi vida, Marco. No la de los demás.

Él apretó los dedos contra el alféizar hasta ponerse rígido.

*

— ¿Y si fracasas? — su voz tembló apenas. — ¿Sabes lo que es empezar de cero otra vez? Más deudas, más sacrificios. No quiero volver allí. No quiero cargar con todo yo solo.

Por primera vez, Elena escuchó algo nuevo en sus palabras: miedo. No enfado — miedo real. Miedo a errores del pasado que él todavía recordaba con dolor.

— No pienso dejarte solo — negó ella suavemente. — Este camino también es tuyo. Pero abrir un salón es mi oportunidad. La única. No puedo pasarme la vida siendo una buena empleada en el negocio de otro.

Marco se incorporó bruscamente.

— Entonces, ¿ya has decidido? — preguntó, mirándola por fin. Sus ojos estaban enrojecidos, pero firmes.
— Sí. Lo he decidido — respondió Elena sin vacilar. — Pero quiero que lo vivamos juntos.

Él la observó durante varios segundos, como buscando la verdad entre sus palabras. Luego se dejó caer en el sofá y cubrió el rostro con las manos.

— No quiero perderte, Elena — dijo con la voz apagada. — Pero no sé cómo vivir en un mundo donde tú aspiras a más y yo… me quedé donde era seguro.

Ella se sentó a su lado y posó una mano sobre su hombro. Él no se apartó.

— Nadie te pide que saltes al vacío — susurró. — Puedes tener miedo. Es humano. Pero yo no puedo renunciar a mí misma solo para que tú no tengas miedo.

*

Marco bajó lentamente las manos. Sus ojos mostraban confusión, pero ya no había muro.

— ¿Qué quieres de mí ahora? — preguntó en voz baja.
— Solo una cosa: no te encierres. No huyas cuando la conversación se vuelve seria. Solo… quédate cerca. Mientras doy el primer paso.

Él exhaló profundamente. Sus hombros se aflojaron, como si por fin soltara un peso antiguo.

— De acuerdo — dijo tras una larga pausa. — No puedo prometer que apoyaré cada decisión. Todo esto me asusta demasiado. Pero… intentaré no poner obstáculos. Y… intentaré entender.

Elena no sonrió; el momento era demasiado delicado. Pero algo dentro de ella se alivió.

— Con eso basta — murmuró.

Marco asintió y puso su mano sobre la de ella — no por miedo a perderla, sino por el simple deseo de estar a su lado.

Y en ese instante Elena comprendió: su camino apenas empezaba. Y aunque Marco avanzara más despacio de lo que ella deseaba, avanzaba. Y eso ya era un paso hacia adelante.