Ana estaba pasando el trapo por el alféizar cuando captó una frase que le encogió el estómago. El intérprete, con una chaqueta cara y botones relucientes, murmuraba con seguridad algo al anciano jeque —y Ana lo entendió de inmediato: estaba mintiendo. Con calma, sin la menor duda, le mentía directamente a la cara.

El director, Martín Hoffmann, estaba recostado en su sillón, mirando el reloj como si esperara el final de un espectáculo aburrido. Sobre la mesa había una carpeta: las especificaciones técnicas de unos tractores que la empresa no conseguía vender desde hacía dos años. Los papeles estaban gastados, igual que las esperanzas.

El jeque preguntó en árabe, en voz baja pero clara:
—¿Cuánto combustible consumen con altas temperaturas?

El intérprete ni siquiera parpadeó:
—Pregunta si la maquinaria puede pintarse de color rojo.

Martín soltó una risita, echándose aún más hacia atrás:
—Hasta de rosa, si quiere. Ningún problema.

Ana se quedó inmóvil con el trapo en la mano. El jeque asintió con cortesía, con respeto, pero era evidente: no había entendido. Lo estaban engañando y él sonreía, creyendo que la conversación era honesta.

No debía intervenir. No debía. Llevaba diez meses limpiando allí por un sueldo miserable. El préstamo pesaba como una losa: la casa de sus padres ya no existía. Si la despedían, no tendría adónde ir.

Pero tampoco podía callar.

*

—El consumo es demasiado alto —dijo Ana en árabe, sin levantar la vista del carrito de limpieza. Su voz era firme, aunque por dentro todo temblaba—. Es el doble de lo indicado en los documentos. Con el calor, los motores se sobrecalientan. La garantía es de un año, pero estos tractores no están diseñados para su clima.

El silencio cayó como una bofetada.

Martín se puso de pie de un salto, el rostro enrojecido:
—¡¿Te has vuelto loca?!

El jeque levantó lentamente la mano. El director se quedó en silencio a mitad de frase, como si alguien hubiera pulsado un botón de apagado.

—¿Hablas mi idioma? —preguntó el anciano, observando a Ana con atención.

—Sí —respondió ella en voz baja—. Trabajé cinco años como traductora en Argelia. Luego perdimos la casa de mis padres. Se acabó el dinero. Volví y conseguí trabajo aquí.

El jeque guardó silencio largo rato, sin apartar la mirada. Después se volvió hacia el intérprete; en su voz ya no quedaba amabilidad:
—Me mentiste.

Hizo una pausa, y en ese instante Ana comprendió que todo apenas comenzaba.

—Y ahora —añadió el jeque con una sonrisa lenta—, hablemos con honestidad.

*

El jeque se recostó en el sillón y entrelazó los dedos, como dándose tiempo. En la sala volvió a oírse el tic-tac del reloj, ahora demasiado fuerte, casi molesto. El intérprete palideció. Su seguridad se evaporó como agua sobre metal al rojo vivo.

—Esto… es un malentendido —murmuró, alternando la mirada entre el director y el jeque—. Solo simplifiqué la formulación.

—Cambiaste el sentido —respondió el jeque con calma—. Y el sentido es el precio del acuerdo.

Luego se dirigió a Ana:
—¿Eres consciente de lo que arriesgabas?

Ana asintió. Tenía las manos húmedas y la espalda tensa, pero de un modo extraño se sintió más ligera, como si lo peor ya hubiera pasado.

—Sí. Pero no podía actuar de otra manera.

Martín abrió la boca para decir algo, pero el jeque se adelantó:
—¿Es cierto que estas máquinas no son adecuadas para mi región?

—No —respondió Ana con sinceridad—. No sin una adaptación seria. De lo contrario, perderá dinero y su reputación se verá afectada. No me gustaría ser la causa de eso.

El jeque sonrió, por primera vez durante la reunión de verdad.
—Interesante. Normalmente, la gente en esta sala solo piensa en su propio beneficio.

*

Se levantó. No era alto, pero sus movimientos transmitían una seguridad sorprendente. Caminó junto a la mesa y pasó un dedo por la carpeta de especificaciones.

—No habrá acuerdo —dijo sin elevar la voz.

Martín palideció:
—Espere… podemos revisar las condiciones, ofrecer un descuento…

—No compro mentiras, ni siquiera con descuento —cortó el jeque. Luego volvió a mirar a Ana—. Pero a usted sí me gustaría hacerle una propuesta.

Martín soltó el aire con fuerza, pero guardó silencio.

—Necesito a alguien que diga la verdad, incluso cuando es peligroso —continuó el jeque—. Y que hable mi idioma. Un contrato, trabajo oficial. Consultoría y traducción. ¿Está dispuesta a hablarlo?

Ana sintió que las piernas le flaqueaban. Se apoyó en el carrito para no delatar el temblor.

—Sí —dijo tras una breve pausa—. Estoy de acuerdo.

El jeque asintió, como si no esperara otra respuesta.
—Entonces consideremos que esta reunión no fue un fracaso, sino una suerte.

Se dirigió a la salida. Ya en la puerta, se volvió y lanzó por encima del hombro:
—Y con este —miró brevemente al intérprete— no volveré a trabajar.

La puerta se cerró.

*

En el despacho quedó un silencio pesado. Martín se dejó caer lentamente en el sillón, mirando al vacío. Luego alzó la vista hacia Ana; en sus ojos no había ira, solo cansancio.

—Sabes que aquí ya no hay trabajo para ti.

Ana se irguió. El miedo seguía allí, pero ya no la dominaba.
—Lo sé.

Se quitó los guantes, colocó con cuidado el trapo en la cesta y se dirigió a la salida. Afuera brillaba el sol, intenso, casi inusual.

Por primera vez en mucho tiempo, no se marchaba con la sensación de haber perdido algo, sino con la certeza de haber dicho, por fin, todo como debía decirse.