«Este piso me lo dejó MI PADRE, no tu familia» — grité, arrancándole los documentos de las manos a mi marido
Clara miró la hora en el móvil: la una y media de la madrugada.
Marc ya dormía, con los brazos abiertos sobre la colcha, agotado tras un día largo. Al día siguiente, otra vez madrugar, otra vez trabajo, otra vez volver por la noche a ese pequeño apartamento de una sola habitación. Un año atrás se mudaron con la esperanza de que fuera algo temporal. Seis meses, nueve como mucho. Solo un paréntesis.
Pero el tiempo pasaba, y el piso parecía haberse quedado pegado a ellos: frío, ajeno, nunca suyo.
*
Cada día veinticinco Marc transfería a la propietaria ochocientos euros. Casi la mitad de su sueldo. Clara ganaba un poco menos, trabajando como responsable en una pequeña empresa de construcción. El dinero se evaporaba: alquiler, gastos, comida, transporte. Con suerte lograban ahorrar doscientos o trescientos euros al mes. En un año habían reunido poco más de tres mil. Ni de lejos suficiente para una entrada hipotecaria.
Clara daba vueltas en la cama, incapaz de dormir. Soñaba con un hogar propio. De verdad. Un lugar donde colocar los muebles a su gusto, elegir el color de las paredes, colgar un cuadro grande sin miedo. Allí ni siquiera se atrevían a clavar un clavo: la dueña podía exigir una indemnización por “daños”.
El teléfono sonó por la mañana, mientras Clara lavaba los platos después del desayuno.
En la pantalla apareció el nombre de su padre: Enrique Martín.
— Hola, papá — dijo, sujetando el móvil con el hombro.
— Clara, necesito verte — su voz sonaba inquieta. — ¿Puedes venir esta tarde?
— Sí. ¿Ha pasado algo?
— Luego te explico. Ven después del trabajo.
*
Clara pasó todo el día inquieta. Su padre no era de llamar sin motivo.
Por la tarde subió las escaleras del viejo edificio donde Enrique llevaba casi veinte años viviendo. Abrió la puerta de inmediato.
— Pasa.
En la cocina todo seguía igual. Enrique puso la tetera al fuego y solo entonces habló:
— He conocido a una mujer. Se llama Magdalena. Vive en otra ciudad. He decidido mudarme con ella.
Clara se quedó inmóvil.
— ¿Para siempre?
— Sí. Aquí ya no me ata nada. Y con Magdalena… estoy tranquilo.
Tras una breve pausa añadió:
— Quiero dejarte el piso. Haré una donación, todo legal. A vosotros os hace falta un hogar.
Clara no encontró palabras. Solo lo abrazó.
Esa misma noche se lo contó todo a su marido. Marc apagó el televisor.
*
— ¿Tres habitaciones?
— Sí. Se acabó el alquiler.
Días después visitaron el piso. Clara sentía calor por dentro, alivio. Aquello era una oportunidad real.
Comenzaron los planes de reforma, listas, trámites, notaría. Todo avanzaba despacio.
Hasta el día en que Clara dejó la carpeta con los documentos sobre la mesa. Marc la tomó primero.
Los revisó.
Entrecerró los ojos.
Y dijo:
— Habría que arreglarlo para que el piso sea de los dos. Mi familia también cuenta con ello…
Clara le arrancó los papeles de las manos.
— Este piso me lo da mi padre. Y no eres tú quien va a decidir quién tiene derecho a él.
Marc se quedó en silencio.
Solo un instante, pero Clara vio cómo se le tensaba la mandíbula.
— ¿Por qué te pones así enseguida? — dijo con frialdad. — Hablo de la familia.
— ¿De qué familia? — preguntó ella con calma. — ¿De la nuestra? ¿O de tu madre y tu hermana?
Marc suspiró con fuerza.
— Mi madre cree que sería lo justo. El piso es grande. Una habitación se puede alquilar, otra para nosotros y la tercera…
— …¿para tu hermana? — lo interrumpió Clara.
*
— Laura está pasando por un momento difícil. Divorcio, un niño…
Clara tomó la carpeta.
— Escúchame bien. Esto es un regalo de mi padre. Para mí. Para que esté protegida.
— ¿Y yo qué soy? — espetó Marc.
— Ahora mismo, tú solo te estás poniendo en ese lugar.
Esa noche Marc salió de casa.
Al día siguiente llamó su madre, Juana.
— Clara, tenemos que hablar.
— ¿Nosotras?
— La familia no eres solo tú.
— Precisamente por eso hablo de propiedades con mi padre, no con personas ajenas.
Marc sacó sus propias conclusiones.
Una semana después llegó con unos papeles impresos.
— Me he informado. Si estamos casados, el piso sigue siendo bien común.
Clara sonrió con calma.
— Yo también me he informado.
Sacó una carpeta mucho más fina.
— He presentado la demanda de divorcio. Y el acuerdo de separación de bienes. El piso no tiene nada que ver contigo.
Marc gritó. Suplicó. Acusó.
Clara guardó silencio.
*
Un mes después estaba sola en el piso vacío de tres habitaciones, con las llaves en la mano. Marc se había ido antes, a casa de su madre. El juez no tuvo dudas.
Enrique la ayudaba a empapelar el salón.
— ¿Te arrepientes? — le preguntó.
— No — respondió Clara. — Por primera vez siento que vivo mi propia vida.
Esa noche colgó en la pared el gran cuadro con el que siempre había soñado.
El teléfono permanecía en silencio.
Y en ese silencio había más libertad que en todo su matrimonio.