Elena desinfectaba el termómetro con alcohol cuando sonó el teléfono. Su madre yacía de espaldas a la pared, como siempre después de las curas.
— Elena, soy Marta. ¿Cómo está mamá?
— Vamos tirando. ¿Y tú? Hace tiempo que no llamas.
— Todo bien, pero… necesito hablar con vosotras. Iré el sábado.
— ¿Pasa algo grave?
— Te lo explicaré luego. Joan vendrá conmigo.
Elena colgó y se frotó instintivamente el cuello — ese punto donde los músculos ardían desde hacía años por inclinarse una y otra vez sobre la cama. Tres años y cuatro meses. Los contaba como una condena.
Por la mañana — despertar a las seis, desayuno, medicación, cuidados. Trabajo como enfermera en el ambulatorio del barrio — se había trasladado desde el hospital provincial para estar cerca.
A mediodía — vuelta a casa, comprobar, dar de comer.
Por la tarde — medicinas, ruegos para que coma, cambiar la ropa de cama.
Y Marta llamaba solo en fiestas desde su chalet cerca de Valencia y venía dos veces al año — con regalos caros y aún más caras críticas:
— ¿Por qué está adelgazando? ¿La alimentas mal?
— Esos medicamentos son carísimos, hay equivalentes más baratos.
— Quizá deberíamos contratar a una cuidadora. Estás agotada, se te nota.
Agotada. Como si Marta supiera lo que era despertarse con cada sonido, vivir con miedo de alejarse más allá del supermercado.
El sábado Marta apareció con su marido — y con un aire casi solemne. Joan se quedó fuera, junto al portal: visitar a una anciana enferma no entraba en sus prioridades. Marta, en cambio, pasó directamente a la habitación de la madre, saludando a Elena apenas por compromiso.
Desde la cocina, mientras cortaba verduras para sopa, Elena escuchaba sus voces apagadas. El cuchillo se deslizaba sobre la cebolla con un ritmo pausado — la única actividad que aún le aportaba una mínima calma.
*
Media hora después Marta salió con expresión de vencedora. Mejillas encendidas, ojos brillantes.
— Elena, mamá quiere decirte algo.
Elena se secó las manos y entró en la habitación. Su madre estaba incorporada sobre las almohadas, mirándola con una firmeza inesperada.
— Siéntate, hija. He pensado mucho en tu futuro. También en el piso.
— ¿En qué sentido?
— He decidido ponerlo a nombre de Marta.
Las palabras cayeron como un bofetón. Elena sintió cómo una ola caliente subía desde el estómago hasta la garganta.
— ¿A… Marta?
— Ella tiene familia, niños. Tú eres joven, ya te arreglarás. Además, Marta dice que me llevará con ella. Aire limpio, tranquilidad…
Tres años. Tres años cambiando pañales, preparando purés, contando pastillas. Tres años renunciando a ascensos, a la vida personal, a todo.
Y Marta venía dos veces al año — y con eso le bastaba para heredar.
— Los documentos están listos. Mañana vendrá el notario, — añadió la madre, sin percibir el derrumbe en el rostro de su hija. — Marta lo ha organizado todo.
Elena salió del cuarto sin una palabra. En el pasillo Marta la alcanzó:
— Elena, no te lo tomes a mal. Sé que es inesperado, pero es lo más justo. Tú misma le dijiste a Cristina que estabas al límite…
— ¿Yo dije eso?
— Pues claro, ella me lo contó. Que ya no podías más.
Elena miró a su hermana, y por dentro algo se rompió — suave, pero irreversible.
*
Elena no supo cómo había terminado otra vez en la cocina. Solo quería mojarse la cara con agua fría, pero ya estaba allí, agarrada al borde de la mesa con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. En los oídos — un zumbido. En el pecho — un nudo duro y espeso.
Marta salió de la habitación — serena, satisfecha, como si acabara de cerrar un trato importante.
— Elena, por favor, nada de dramas, ¿sí? La voluntad de mamá es clara. Queremos lo mejor para ella.
Elena alzó la mirada — no con rabia, sino con un vacío tan profundo que Marta retrocedió un paso.
— ¿La vas a llevar contigo? — preguntó Elena, en voz baja.
— Claro que sí. Joan y yo lo tenemos todo preparado. Habitación lista, cama nueva. Saldrá al jardín, respirará aire fresco…
— ¿Y quién la cuidará?
— Bueno… una cuidadora. O yo. Ya veremos. Lo importante es que estará bien.
Elena esbozó una sonrisa breve, amarga.
— ¿Te has despertado alguna vez cinco veces por noche porque había que girarla?
— No empieces, Elena. Tú misma dijiste que estabas agotada. Esto te quitará un peso de encima.
En ese momento la puerta se entreabrió y la madre habló con voz débil:
— Niñas, no discutáis. Yo ya lo he decidido. Así será mejor.
Elena inhaló despacio, profundamente, como antes de una intervención difícil.
— Bien.
Marta parpadeó, desconcertada.
— ¿Bien? ¿Entonces estás de acuerdo?
— Sí. Mañana, el notario. Pero hoy… dale de comer. Si vas a cuidarla, empieza ahora.
*
Marta se quedó helada.
— Yo… puedo intentarlo.
— Coge la cuchara, Marta. A no ser que prefieras que lo haga Joan…
Las orejas de Marta se tiñeron de rojo.
— Puedo hacerlo yo.
Entró en la habitación. Pronto se oyeron sus torpes intentos:
— Mamá, por favor, abre la boca… así no… ¡ay, se cae todo!
Elena escuchaba desde el pasillo — y sintió, por primera vez en mucho tiempo, cómo algo dentro de ella empezaba a aflojarse.
A los diez minutos Marta salió — despeinada, con la blusa manchada y expresión de completa impotencia.
— ¡No quiere comer! No sé cómo hacerlo.
Elena asintió con calma:
— Eso es cada día. Desde hace años. Pero tranquila, aprenderás.
En ese momento apareció Joan en la puerta.
— Bueno, ¿nos vamos ya?
— ¡No! — gritó Marta. — No come. No sé cómo manejarla.
Joan se encogió de hombros, indiferente.
— Pues que la alimente Elena.
*
Esas palabras cambiaron el aire. Elena lo miró largo rato, con frío en los ojos.
— No. Desde hoy es vuestra responsabilidad. Si queréis llevaros a mamá, debéis aprender.
De la habitación llegó la voz temblorosa de la madre:
— Elena… hija…
Elena entró y se sentó junto a la cama.
— Mamá, no me niego a ayudarte. Pero esta es tu decisión. Y debes ver lo que significa.
La madre se volvió — no con enfado, sino con una fragilidad desnuda.
La tarde se alargó como plomo. Marta intentó otras dos veces alimentarla, luego ayudarla a incorporarse, luego cambiarle la ropa. Joan, mientras tanto, solo esperaba, incómodo.
A las diez de la noche Marta parecía volver de un turno entero en un geriátrico.
— Creo que… mañana hablaremos con el notario, pero…
Elena levantó las cejas.
— ¿Pero?
— Pero la mudanza… no es tan simple. No sé cuidarla. Y los niños… son pequeños…
Elena asintió con serenidad:
— Lo sé.
Marta guardó silencio — por primera vez sin una frase preparada.
*
Al salir, preguntó bajito:
— Elena… ¿de verdad no estás enfadada?
— No.
— ¿De verdad?..
— De verdad, Marta. Hablaremos mañana.
La puerta se cerró. La casa quedó envuelta en una calma desconocida.
Elena entró en la habitación, acomodó la manta y acercó un vaso de agua.
— ¿Te has cansado, mamá?
La madre asintió con pudor.
— Ella… no puede…
— Lo sé.
Hubo un silencio espeso, pero ya no hiriente.
— Elena… quizá… mañana no llamemos al notario…
Elena tomó su mano — sin rencor, por primera vez en meses.
— Decídelo tú. Pero esta vez — entendiendo todo.
La madre la miró largo rato, como si por fin viera a una persona, no una solución conveniente.
— Perdóname, hija…
Elena suspiró suavemente:
— Intentemos simplemente vivir. Mañana — sin notario.
Y por primera vez en tres años y cuatro meses sintió que podía respirar un poco más libremente.