— Bueno, tampoco se vaya a cansar — pensó con ironía. — Podría haberse acercado a la estación.

Sacó el móvil del bolso y llamó a Marcos. Pero por algún motivo él no contestaba… Irina suspiró, agarró su maleta y se fue a casa.

Abrió la puerta con su llave — y se quedó paralizada. En el estante del recibidor no había ningún par de zapatos de hombre. Irina avanzó con desconcierto hacia el salón y de pronto vio una nota sobre la mesita. La leyó — y casi se dejó caer de la impresión.

«Me voy de casa. Me llevo mis cosas. Puedes presentar tú el divorcio. Nuestra hija no sabe nada. Marcos».

Leyó el mensaje tres veces. Solo entonces comenzó a asimilar lo que realmente significaba. Así que mientras ella estaba de viaje por trabajo, él había hecho las maletas tranquilamente y se había marchado sin una explicación, sin una conversación. Aunque… aquello encajaba demasiado bien con su manera de ser.

Irina se dejó caer en el respaldo del sillón. Los ojos se le llenaron de lágrimas. En el piso reinaba el silencio temprano de la mañana y, desde la cocina, se escuchaba el goteo del grifo averiado.

— Y sigue sin arreglarlo… — murmuró. — ¿Y en el baño? ¿Tampoco hay luz?

*

Irina se levantó y fue hacia el baño. La lámpara no encendía — solo funcionaba la pequeña luz LED sobre el espejo. La repisa que había comprado un mes atrás y que llevaba pidiéndole a Marcos que instalara, seguía en su caja encima de la lavadora.

Por si acaso volvió al recibidor y comprobó la cerradura inferior. Igual que siempre — no cerraba bien.

Las lágrimas se le secaron solas. De algún modo, no le sorprendía en lo más mínimo que Marcos no hubiera arreglado nada mientras ella estaba fuera, aunque lo había prometido una y otra vez… En fin: la cerradura llevaba medio año rota, el baño dos meses sin luz, el grifo goteando. ¿Para qué arreglar nada si ya tenía decidido marcharse? Habían vivido así — y ella viviría sin él también.

— Seguro que eso mismo pensó al hacer la maleta… — se dijo. — Bueno…

Sacudió la cabeza, como queriendo espantar los malos pensamientos, y tomó el teléfono.

Miguel, ¿estás despierto? — le preguntó con alegría forzada a su viejo conocido, que siempre la ayudaba con pequeñas reparaciones en casa: arreglar la cerradura del buzón, cambiar un interruptor, reparar la cisterna… porque, según Marcos, él «nunca tenía tiempo».

— Buenos días, tengo trabajito…

— Buenos días, Irinita — respondió Miguel con voz cálida. — Un hombre mayor ya no duerme a estas horas. Dime, ¿qué hay que hacer?

*

Irina respiró hondo, secándose una lágrima suelta con el dorso de la mano, y explicó brevemente a Miguel qué era lo que había que reparar. No mencionó la nota — no ahora, no por teléfono. Ni siquiera sabía aún qué sentía exactamente.

— Llego en una hora — prometió él. — Pon café, que hace un frío que pela y llegaré helado.

— Lo pongo — respondió ella con una leve sonrisa, y colgó.

Cuando se quedó sola, el piso le pareció no solo vacío — ajeno. Como si Marcos, al llevarse sus cosas, se hubiera llevado también algo invisible que mantenía unidos los días, la rutina, la vida compartida. Caminó despacio por las habitaciones. Por todas partes había señales de su marcha: la repisa vacía, el perchero libre, la marca casi imperceptible en la alfombra donde solía estar su mochila.

Pero junto a ello — una sensación extraña de alivio. Como si el aire se hubiera vuelto más luminoso.

Una hora después, sonó el timbre. Miguel llegó, como siempre, con su bolsa pesada de herramientas y una sonrisa tranquila.

— Bueno, jefa, enséñame el campo de batalla — bromeó mientras se quitaba los zapatos.

Irina asintió y lo llevó al baño. Miguel revisó la instalación eléctrica y negó con la cabeza.

*

— Me sorprende que no estéis viviendo ya a la luz de las velas.

— Es que… — Irina dudó. — Marcos siempre decía que lo arreglaría.

— Ya veo — murmuró él. Pero en su voz no había sorpresa ni reproche. Solo una preocupación cálida, contenida. Como si desde hacía tiempo supiera cómo era su vida realmente.

Mientras trabajaba, Irina preparó café y escuchó el sonido rítmico de las herramientas. Era un ruido sorprendentemente reconfortante — firme, constante, vivo. Tan distinto a los pasos de Marcos, siempre apresurados, fríos, irritados.

Media hora después, Miguel salió del baño.

— Ya está. Habrá luz, la cerradura funciona y el grifo no volverá a gotear. Era trabajo para dos horas como mucho… — La miró con más atención. — ¿Estás bien?

Irina respiró hondo, como quien se decide a saltar a un agua muy fría.

— Marcos se fue.

Miguel no pareció sorprendido. Simplemente dejó la herramienta en el suelo con suavidad.

— Entiendo. ¿Y tú… cómo te sientes?

Ella encogió los hombros.

— No lo sé. Pensé que dolería más.

Él asintió despacio.
— A veces es así… cuando alguien se marcha mucho antes de irse realmente.

Irina sintió un nudo en el pecho — pero ya no de dolor. Más bien por la sensación de que, por primera vez, alguien de verdad la escuchaba.

Bebieron café en la cocina, en silencio. La luz suave — reparada por sus manos — iluminaba por primera vez en mucho tiempo toda la estancia por igual. El grifo estaba en silencio. La cerradura, firme.

— Gracias, Miguel — dijo ella por fin. — De verdad me has salvado.

*

Él sonrió.

— Yo solo aprieto tornillos. La que se ha salvado eres tú.

Cuando se marchó, Irina pasó la mano por la superficie fría de la mesa, como comprobando si aquella nueva realidad era realmente cierta.

Luego tomó el móvil, abrió la nota de Marcos — y la borró con total calma.

Sin dolor.
Sin pánico.
Sin miedo.

Solo una comprensión profunda: la vida continúa.

Y ahora — por fin — sería suya.