María aceptó con gratitud la taza humeante de manos de su esposo. El calor de la porcelana le reconfortó los dedos, y el delicado aroma de la canela, mezclado con el intenso olor del café recién hecho, llenó al instante la cocina de su casa a las afueras con una sensación de calma y hogar, tan escasa últimamente.

—Gracias, cariño —susurró, rozando con los labios el borde de la taza de porcelana decorada con pequeñas rosas.

Daniel sonrió y le acarició el hombro con ternura:

—Solo para ti, amor. Sé cuánto te gusta la canela por las mañanas.

En ese momento entró en la cocina Lidia, la madre de Daniel. Alta, elegante, con el cabello plateado perfectamente recogido en un moño impecable, lanzó una mirada fría y evaluadora a la escena matutina.

—Buenos días —dijo con su habitual tono distante—. Daniel, ¿podrías servirme café también a mí?

—Claro, mamá —respondió de inmediato, sirviendo el café en una taza idéntica, también con rosas.

María dejó su taza sobre la mesa y fue al refrigerador a buscar leche. En esos pocos segundos, Lidia se acercó y colocó su taza junto a la de su nuera. Eran exactamente iguales, parte de un antiguo juego de porcelana heredado de la abuela de Daniel.

*

—María, querida —dijo la suegra con una sonrisa forzada—, ¿podrías pasarme el azucarero?

Al volver a la mesa, María tomó de forma automática la taza más cercana —la que creyó que era la suya— y dio unos sorbos antes de pasarle el azucarero. Lidia tomó la otra taza.

—Por cierto —añadió, removiendo el café con una cucharilla de plata—, esta noche vendrá el notario. Por el testamento de tu padre, Daniel.

—Mamá, ya hemos hablado de eso —respondió él con cansancio—. Quiero poner la casa a nombre de María. Es mi esposa y tiene derecho a vivir aquí.

Los ojos de Lidia se entrecerraron.

—Tu padre te dejó la casa a ti. Solo a ti. Y no permitiré que una extraña disponga de los bienes de la familia…

—¡Mamá! —la interrumpió Daniel con brusquedad—. María es mi esposa desde hace tres años. ¡Basta!

El ambiente en la cocina se volvió denso. María sintió cómo una náusea conocida le subía por la garganta. Los conflictos interminables con su suegra la dejaban exhausta. Terminó el café y salió de la cocina, sin ganas de participar en otra discusión familiar.

Pasaron quince minutos.

María estaba sentada en la sala, hojeando una revista sin prestar atención, cuando escuchó un sonido extraño proveniente de la cocina: un gemido ahogado, casi un jadeo. Un segundo después, se oyó el estruendo de platos cayendo al suelo.

—¿Daniel? —llamó, levantándose del sofá.

Silencio.

*

María corrió a la cocina y se quedó paralizada en el umbral. Lidia yacía en el suelo, su cuerpo sacudido por convulsiones. Espuma salía de las comisuras de sus labios y sus ojos estaban en blanco.

—¡Daniel! —gritó María—. ¡Daniel, ven rápido!

Él entró corriendo y, al ver a su madre, cayó de rodillas junto a ella:

—¡Mamá! ¡Mamá, qué te pasa?!

—¡Llama a una ambulancia! —María agarró el teléfono, pero le temblaban tanto las manos que apenas podía marcar.

Veinte minutos después llegó la ambulancia, pero ya era demasiado tarde. Lidia murió camino al hospital.

—Intoxicación —dijo el médico mientras completaba los informes—. Por los síntomas, se trata de una sustancia muy tóxica. ¿Notaron qué comió o bebió antes del ataque?

Daniel miró a su esposa, desconcertado:

—Solo café… Todos tomamos café.

—¿Con qué estaba el café? —preguntó el médico.

—Con canela —respondió María en voz baja, y en ese instante una idea aterradora la atravesó.

Recordó cómo habían cambiado las tazas. Cómo había bebido de la que no era suya. Cómo Lidia había tomado el café preparado para ella.

El corazón de María empezó a latir desbocado. ¿Era posible…? ¿Había intentado Daniel envenenarla?

*

—María, ¿te has vuelto loca? —la voz de Daniel tembló, cargada no solo de indignación, sino también de miedo—. ¿Cómo puedes siquiera pensar algo así?

Ella lo miraba en silencio. Demasiadas coincidencias. Todo había encajado con una precisión aterradora.

—No quiero creerlo —susurró—. Pero necesito saber la verdad. Si no, voy a perder la razón.

Daniel se pasó la mano por el rostro y se dejó caer pesadamente en el sillón.

—Está bien —dijo por fin—. Si piensas que soy capaz de matar, lleguemos hasta el fondo. Te lo juro: no te envenené ni a ti ni a mi madre.

Al día siguiente, la policía llegó a la casa. Interrogatorios, informes, miradas frías. María sentía cómo cada paso en el pasillo resonaba dentro de ella. Una y otra vez volvía a aquella mañana: las tazas, la canela, la mirada de Lidia, su sonrisa demasiado tranquila.

Los resultados de la autopsia llegaron dos días después.

—El veneno estaba efectivamente en el café —dijo el investigador, hojeando el expediente—. Pero no en la canela.

María se estremeció.

—¿Entonces dónde?

—En el azúcar.

La habitación pareció dar vueltas.

—¿En el azúcar…? —repitió apenas audible.

—En el azucarero encontramos rastros de una sustancia potente. La dosis estaba calculada con precisión: letal para alguien con problemas cardíacos.

María se sentó lentamente.

—Pero… el azúcar lo usaba Lidia.

*

—Exactamente —asintió el investigador—. Y todo indica que fue ella misma quien añadió el veneno.

La respuesta definitiva llegó más tarde, cuando el notario —el mismo que debía haber ido aquella noche— entregó a la policía copias de unos documentos. Semanas antes de su muerte, Lidia había modificado el testamento en secreto. La casa seguía siendo de Daniel, pero con una condición: en caso de divorcio de María, pasaría íntegramente a ella, a Lidia.

No había previsto que su hijo se opusiera. Que eligiera a su esposa.

El veneno estaba destinado a María. Pero en el último momento, ¿Lidia dudó? ¿Se equivocó con la dosis? ¿O fue la primera en servirse azúcar?

La verdad quedó sepultada entre las líneas de los informes policiales.

Cuando todo terminó, la casa quedó vacía. María y Daniel estaban sentados esa noche en la misma cocina donde todo había comenzado. Sobre la mesa había dos tazas nuevas. Sin rosas.

—Perdóname —dijo María en voz baja—. Por mis pensamientos. Por mis sospechas.

Daniel tomó su mano.

—En tu lugar, habría pensado lo mismo —respondió tras una breve pausa—. Lo importante es que ahora sabemos la verdad.

María miró por la ventana. El jardín estaba en silencio, como si nada hubiera ocurrido jamás.

—No quiero seguir viviendo en esta casa —dijo—. Hay demasiados fantasmas.

Daniel asintió.

—Empezaremos de nuevo. En otro lugar. Sin secretos. Sin veneno. Sin miedo.

Se levantó, vertió el café que quedaba en el fregadero y la abrazó.

Y el aroma de la canela —antes cálido y reconfortante— tardó mucho tiempo en dejar que María olvidara la mañana que cambió sus vidas para siempre.