Las palabras salieron solas, como si hubieran roto una presa que llevaba demasiado tiempo conteniendo dentro de mí.

Sofía miró la pantalla del móvil: era la una y media de la madrugada. Daniel ya dormía, tirado sobre la cama como siempre. Mañana otra vez habría que madrugar, otra vez trabajo, otra vez una tarde más en aquel piso alquilado y estrecho. Un año antes se habían mudado allí con la esperanza de que sería algo temporal. Medio año, nueve meses como mucho. Pero el tiempo pasaba y el piso parecía haberse pegado a ellos, sin intención de soltarlos.

Cada día veinticinco Daniel hacía una transferencia de novecientos euros a la casera: casi la mitad de su sueldo. Sofía ganaba algo menos, trabajando como gestora en una pequeña empresa de construcción. El dinero se les escapaba como agua entre los dedos: alquiler, facturas, comida, transporte. Con suerte conseguían ahorrar cien, ciento veinte euros al mes. En un año habían juntado unos cuatrocientos: una cantidad ridícula, que no bastaba ni para una parte del pago inicial de una hipoteca.

Sofía daba vueltas en la cama, incapaz de dormirse, mientras las ideas la devoraban. Soñaba con tener su propio sitio, donde poder colocar los muebles como quisiera, poner papel pintado nuevo, colgar un cuadro grande en la pared. Allí ni siquiera se atrevían a clavar un clavo, no fuera a ser que la dueña decidiera que habían “estropeado” la vivienda.

Por la mañana, el teléfono sonó mientras Sofía fregaba los platos del desayuno. En la pantalla apareció el nombre de su padre: Andrés Serafín.

— Hola, papá —contestó Sofía, sujetando el móvil con el hombro mientras aclaraba un plato.
— Sofi, tenemos que vernos —su voz sonaba tensa—. ¿Puedes esta tarde?
Sofía frunció el ceño. Andrés nunca llamaba sin motivo y, cuando lo hacía, solía hablar de forma breve, seca, sin adornos.
— Puedo. ¿Ha pasado algo?
— Te lo cuento luego. Ven después del trabajo, ¿vale?

Sofía pasó todo el día dándole vueltas a lo que podía haber ocurrido. Su padre no era una persona dada al drama, pero había algo distinto en su voz. ¿Problemas de salud? ¿Líos en el trabajo? ¿Algo personal?

*

Por la noche subió al cuarto piso de un edificio viejo donde su padre llevaba viviendo veinte años. Andrés abrió la puerta enseguida, como si hubiera estado esperando justo detrás de ella.

— Pasa —dijo con suavidad.

Sofía se descalzó y se sentó en la cocina, en su lugar de siempre junto a la ventana. Andrés puso agua a calentar y se volvió hacia ella.

— He conocido a una mujer —empezó, mirando a un lado, como si buscara las palabras—. Se llama Lucía. Nos conocimos por internet. Vive cerca de Zaragoza. Y… he decidido irme a vivir con ella.

Sofía parpadeó, intentando asimilar lo que acababa de oír.

— ¿Irte a vivir con ella? ¿Así, definitivamente?
— Sí —asintió él, mientras echaba agua hirviendo en las tazas—. Aquí ya no me ata nada. Estoy harto del trabajo, los amigos se han ido marchando… Y Lucía… ella es buena. Nos entendemos.

¿Su padre enamorado? ¿Como un adolescente? Resultaba extraño. Después del divorcio de su madre habían pasado ocho años, y Sofía se había acostumbrado a pensar que Andrés se quedaría solo.

— Pues… me alegro —dijo con cautela—. Enhorabuena, papá.
— Gracias —sonrió él—. Y en cuanto al piso… Quiero dejártelo a ti. Haré una donación a tu nombre. Tú y Daniel necesitáis una vivienda propia, y yo empezaré una vida nueva con Lucía.

Sofía se quedó inmóvil con la taza en la mano.

— ¿Lo dices en serio?
— Completamente. El piso es grande, tres habitaciones, está en buen estado. La reforma es antigua, pero se puede vivir. Tendrás espacio y podrás organizarlo todo a tu gusto.

Sofía dejó la taza en la mesa y lo abrazó con fuerza.

— Gracias… De verdad, no sé ni qué decir.
— No hace falta que digas nada —él le dio unas palmadas en la espalda—. Solo vivid tranquilos.

Esa misma noche Sofía le contó a Daniel lo que había pasado. Él estaba sentado en el sofá, absorto en la pantalla del móvil, pero al oír la palabra “piso” bajó el volumen de inmediato.

— ¿Tres habitaciones? —repitió, con los ojos muy abiertos.
— Sí —sonrió ella—. ¿Te imaginas? ¡Se acabó pagar alquiler!
Daniel se levantó de un salto y la abrazó.
— Es increíble. ¿Cuándo podremos mudarnos?
— Papá empezará con el papeleo la semana que viene. Supongo que en un par de meses estará todo listo.

*

A los pocos días, Andrés les enseñó el piso. Sofía caminaba por el pasillo, mirando el papel pintado descolorido, y sentía cómo se le calentaba el pecho. Olía a su infancia: su padre casi no había cambiado nada después del divorcio.

— Este es el salón —dijo, abriendo la puerta de una habitación grande con dos ventanas—. Veintidós metros. Podéis poner un sofá, la tele, un aparador.
Daniel llamó con los nudillos a la pared.
— El papel habrá que cambiarlo, pero en general está bien —murmuró.

Sofía asomó la cabeza a la habitación principal. Quince metros, ventana a un patio interior con plátanos viejos. Al lado, otra habitación un poco más grande.

— Aquí podríamos hacer la habitación del niño —dijo con un suspiro soñador.
Daniel la rodeó con el brazo.
— Primero vamos a instalarnos —susurró.

La cocina era amplia, con una ventana grande y muebles viejos pero sólidos. Andrés abrió el grifo.

— La presión está bien. La cocina funciona, la nevera también. En casa de Lucía todo es nuevo, así que no quiero llevarme nada de aquí.

Sofía y Daniel se miraron: el piso era mejor de lo que nunca se habían atrevido a imaginar.

— Empezaremos por el papel pintado —decidió Daniel cuando volvieron al piso de alquiler—. Pintamos techos, repasamos paredes… En un mes lo tenemos.
Sofía sacó una libreta.
— Hay que hacer una lista: papel, pintura, masilla…

Se quedaron hasta casi medianoche planeando el arreglo. Daniel propuso cogerse vacaciones para avanzar más rápido y Sofía estuvo de acuerdo.

Al mismo tiempo ella comenzó a reunir los documentos. Andrés al principio pensó en hacerlo como herencia, pero al final optó por una escritura de donación. Sofía iba de oficina en oficina, hacía colas eternas, recogía certificados.

— ¿Por qué tarda tanto esto? —se quejaba a su amiga por teléfono, mientras esperaba en la fila delante de la notaría—. Llevo tres semanas cargando con estas carpetas…

*

Cuando Sofía sacó de la carpeta el último documento necesario, la cola avanzó un puesto, pero a ella ya casi ni le importaba. Estaba con la cabeza en el piso, en el futuro, en todos los cambios que se acercaban. En ese momento, el teléfono vibró. Era Daniel.

— Sofi, ¿te falta mucho? —su voz sonaba tensa.
— Casi he terminado. Quedan cinco personas. ¿Qué pasa?
— Tenemos que hablar. Es importante.

Una especie de frío le recorrió el pecho.

Por la noche volvió a casa agotada, con un buen taco de papeles en las manos. Daniel la esperaba en la cocina. No sonreía. Sobre la mesa había varios documentos impresos: una relación de los datos del piso, los datos de Andrés, un borrador del contrato de donación.

— Sofía —empezó, sin sentarse—. Creo que deberíamos dejar una cosa clara desde ya.
— ¿Qué cosa?
Él dio unos golpecitos con los dedos en los papeles.
— Cuando el piso pase a tu nombre… deberíamos repartirnos la propiedad. Para que sea justo. Poner la mitad a mi nombre.

Ella se quedó helada.

— ¿Cómo que repartirnos? Es una donación para mí. Solo para mí.
— Pero somos una familia —contestó con un tono que pretendía ser lógico—. Vamos a invertir los dos, vamos a hacer la reforma juntos, a vivir allí los dos. Lo normal sería que yo tuviera mi parte.

*

Sofía sintió subir en ella una pesadez conocida, la misma que veía en su madre cada vez que intentaba explicarle a su padre algo que parecía obvio.

— Daniel —dijo despacio—, mi padre me da el piso a mí porque ve cómo vivimos. Porque quiere que yo tenga estabilidad. Es su decisión. Él se lo está pasando a su hija. No a ti. No “a los dos”. A mí.

Él apretó los labios.

— No es agradable que tú seas la propietaria y yo… nadie.
— Tú eres mi marido, no “nadie”. Pero si para ti la propiedad es tan importante, eso ya dice algo.
— ¿El qué?
— Que no estás pensando en nosotros, sino en tu propio colchón de seguridad. En “tu mitad”. Y yo pensaba que estábamos construyendo una vida, no regateando porcentajes.

Cayó un silencio pesado.

Sofía se acercó a él.

— Mírame.

Él se giró. Tenía una mezcla de terquedad y miedo en los ojos.

— Mientras el piso no esté firmado —dijo ella con calma—, quiero que quede claro: es mi propiedad. Yo me encargo de la reforma. Tú puedes ayudar, claro, pero eso no te da derecho a una parte. Si no estás de acuerdo, dímelo ahora.

Daniel cerró los ojos, inspiró hondo, exhaló.

— Vale. De acuerdo. Como tú quieras.

Pero Sofía oyó perfectamente lo que él no dijo: «No me gusta nada».

Aun así, la decisión ya estaba tomada. La frontera a marcada.

Pasaron dos meses.
La escritura de donación estaba firmada. El piso era oficialmente suyo. La obra seguía: pintura fresca, papel nuevo, cocina renovada. Sofía elegía los colores, los materiales, hasta los enchufes.

Una noche, de pie en el nuevo salón, que todavía olía a pintura, dijo:

— Daniel, vamos a colgar la cortina.
Él alzó las cejas.
— ¿Ya lo has decidido todo tú sola?
Ella sonrió.
— Sí. ¿Y sabes qué? Por primera vez en mucho tiempo siento que estoy haciendo algo de verdad para nosotros. De verdad.

Daniel la miró de una forma distinta a como la miraba en los últimos meses: con menos resentimiento y más comprensión.

— Entonces… vamos a ello —dijo, cogiendo el taladro.

*

Sofía asintió.

Fue un paso pequeño. Pero el correcto.

Por primera vez sintió con absoluta claridad que una casa no se construye solo con paredes y suelo. Se construye también con límites, sinceridad y respeto.

Y ahora tenía justamente esa clase de hogar.
Y justamente esa clase de vida, en la que nadie volvería a arrancarle los documentos de las manos ni a decirle que su propiedad pertenece a “la familia” de su marido.

Porque los límites ya estaban trazados.
Y, a partir de ahí… todo sería más fácil.