Sofía aparcó el BMW negro frente al portón de la casa de campo y soltó un largo suspiro. El día había sido agotador hasta el límite: una reunión interminable con auditores, informes urgentes para su padre, una conversación tensa con el banco sobre el crédito para ampliar el centro logístico. En ese momento solo deseaba una copa de vino tinto seco, una bañera caliente y silencio, sin decisiones ni llamadas.
— Marco, ya estoy en casa —dijo en voz alta, quitándose el blazer y dejando el bolso sobre el banco del recibidor.
No hubo respuesta. Solo un murmullo apagado provenía del despacho; la puerta estaba entornada. Sofía avanzó de puntillas, imaginando una broma o un beso inesperado en el cuello. Pero se detuvo en seco al escuchar su propio nombre.
— …sí, mamá, se lo creyó —la voz de Marco sonaba distinta a cualquier otra vez: fría, seca, calculadora—. Dijo que quería hacerte un regalo. ¿Te lo imaginas? Una casa de campo. La de junto al lago, ¿te acuerdas?
Del teléfono salió una risa tranquila, satisfecha.
— Perfecto. Que la compre. Pero acuérdate: pon la casa a tu nombre desde el primer momento. Y acelera el divorcio, Marco. ¿Cuánto más vas a esperar?
*
Sofía se quedó inmóvil. Dentro de ella algo se apagó, como si alguien hubiera cortado de golpe el sonido del mundo. El corazón le golpeaba en los oídos.
— Espera, mamá, ahora… —Marco tocó la pantalla con nerviosismo. No acertó. O no colgó del todo. Sofía no supo el detalle exacto. Supo una cosa: lo había oído todo.
Regresó en silencio al recibidor, sacó el móvil y, en una calma absoluta, grabó un mensaje de voz para su abogada:
— Elena, necesitamos vernos de urgencia. Mañana. Voy a pedir el divorcio. Y otra cosa: asegura todos los bienes. Ahora mismo.
A la mañana siguiente, Marco encontró a Sofía tomando café en la cocina. Estaba erguida, con el maquillaje impecable y una mirada fría, casi de cristal.
— Buenos dí… —empezó él, pero ella levantó la mano.
— No hace falta. Lo escuché todo. No cerraste la llamada.
— ¿Qué? Tú… lo entendiste mal —su voz tembló—. Sofía, escúchame…
— Basta. Soy una mujer adulta. Y tú, un cobarde. Pido el divorcio. Hoy. Y hoy mismo te vas de esta casa.
Cuando Marco llevó sus cosas al piso de su madre en las afueras, Isabel lo recibió con un gesto de triunfo mal disimulado.
— ¿Está hecho? —preguntó, apretando los labios.
— No —respondió él con aspereza—. Todo salió mal. Ella presentó la demanda antes. Los abogados dicen que no voy a recibir nada.
— ¿Nada? —la voz de Isabel se volvió un chillido—. ¡Pero si lo habíamos planeado todo! Tenías que convencerla de transferirlo todo: el piso, las participaciones, el coche, las joyas.
Marco se dejó caer en una silla y se cubrió el rostro con las manos.
— No es quien creíamos. Es demasiado inteligente. Lo documentó todo. Lo dejó todo protegido. Lo sabía… incluso antes de que yo saliera del despacho.
*
Isabel soltó una maldición, luego guardó silencio y se enderezó de golpe.
— Todo es culpa de su padre. Tendríamos que haber ido a por él desde el principio. Presionar, manipular. Es mayor, depende de ella. Sin Sofía el negocio no funciona. Él la habría obligado. Pero tú, como siempre…
Marco golpeó la mesa con el puño.
— ¡Ya basta! Se acabó. Ella es implacable. Todo está en manos del notario. No tengo nada. Ni siquiera el coche: se fue con él hoy.
Isabel calló. En su mirada no había arrepentimiento. Solo cálculo. La mirada de una depredadora buscando otra vía.
Sofía estaba sentada en el despacho de su padre, observando sus manos entrelazadas.
— ¿Estás segura de que quieres llevarlo hasta el final? ¿Por vía judicial? —preguntó él—. Él no va a recibir nada.
— Quiero que sea un ejemplo, papá. Para todos. Ni Marco ni su madre volverán a intentar vivir a mi costa. Y en el futuro, nadie volverá a tocar mi dinero.
— ¿Y la casa de campo? —preguntó con cautela—. Casi estaba todo preparado.
Sofía esbozó una sonrisa irónica.
— La pondré a mi nombre. Y la convertiré en mi casa. Sin invitados. Y desde luego, sin el apellido Ricard.
Su padre asintió.
— Estoy orgulloso de ti. Y recuerda: no estás sola.
Sofía salió de la oficina sintiendo una fuerza firme a su espalda. No era solo un divorcio. Era una guerra. Y había ganado la primera batalla.
Pero Isabel no pensaba rendirse.
*
La abogada de Isabel se marchó tan bruscamente como había llegado. Las puertas del ascensor se cerraron y en el aire quedó un silencio pesado.
Sofía volvió a su despacho y solo allí se permitió caer en el sillón. Isabel había apostado todo. Eso significaba que el siguiente movimiento sería desesperado… o sucio.
La respuesta llegó antes de lo esperado.
Tres días después, Elena llamó sin rodeos.
— Sofía, tenemos novedades. Tu exsuegra ha presentado una denuncia anónima ante Hacienda. Afirma que parte de los ingresos de la empresa se desviaron a tus cuentas personales.
Sofía cerró los ojos.
— Ha perdido la cabeza.
— No —respondió Elena con calma—. Está desesperada. Y eso nos favorece. Tenemos todos los informes, auditorías y justificantes. La inspección no encontrará nada. Pero nos da base para una demanda por difamación.
La inspección duró dos semanas y concluyó con un acta clara: no se detectaron irregularidades.
Ese mismo día, Isabel recibió la notificación de la demanda.
Esa noche llamó Marco. Por primera vez desde el divorcio.
— Sofía… por favor. Hablemos.
— Habla.
— Mi madre ha ido demasiado lejos. Yo… no quería esto.
*
— ¿Y qué querías? —preguntó ella.
Hubo silencio.
— Quiero que todo termine.
— Entonces dile que pare. Hoy.
— Ella no va a parar.
— Es su elección —respondió Sofía con calma, y colgó.
Una semana después, Isabel fue citada a declarar. Luego otra vez. Y finalmente, al juzgado.
El juicio fue breve y contundente. Multa, costas judiciales, prohibición de cualquier contacto con Sofía y su familia, y constancia oficial del intento de apropiación indebida.
Mientras el juez leía la sentencia, Isabel permaneció inmóvil. Sin lágrimas. Sin escándalos. Con la mirada vacía de quien no solo ha perdido dinero, sino poder.
Un mes más tarde, Sofía estaba junto al ventanal panorámico de su casa de campo, con una copa de vino tinto en la mano. El lago se oscurecía lentamente y en la casa reinaba el silencio.
*
— ¿Ya terminó todo? —preguntó su padre por teléfono.
— Sí. Ahora sí.
Sofía sonrió a su reflejo en el cristal. Sereno. Seguro. Libre.
Marco se marchó de la ciudad semanas después. Isabel desapareció de las vidas ajenas.
Y Sofía entendió una cosa:
los verdaderos millones no son el dinero.
Son el valor de escuchar la verdad
y la fuerza para cerrar la puerta detrás de ella.