— ¡No soy la criada de tu hijo ni un saco de boxeo! Si no eres capaz de explicarle a tu cabezota de dieciséis años que no tiene derecho a faltarme al respeto, a partir de hoy no voy a cocinar para él ni a limpiar lo que ensucie. ¡Que viva en una pocilga y se las apañe solo, ya que se cree tan adulto!
Las palabras cayeron en el silencio del salón como piedras pesadas. Clara estaba de pie, con los dedos clavados en el respaldo del sillón, mirando fijamente a su marido. Martín permanecía sentado en el sofá, completamente absorto en las figuras de los futbolistas que se movían en la pantalla. Ni siquiera se giró; solo hizo un gesto con la mano, como si espantara a una mosca molesta.
— Clara, no empieces, ¿sí? Estamos saliendo al contraataque.
El comentarista de la televisión gritaba de emoción, las gradas rugían. Ese rugido, esa excitación artificial y ajena, le pareció a Clara la última humillación. Cruzó la habitación con pasos firmes y resonantes. No gritó. No arrancó el cable del enchufe. Simplemente tomó el mando de la mesa y pulsó el botón rojo. La enorme pantalla se apagó. El clamor del estadio se cortó en seco, dejando solo el sonido denso y pegajoso del frigorífico funcionando en la cocina.
Solo entonces Martín giró la cabeza lentamente. En su rostro no había sorpresa ni preocupación. Solo la irritación torpe y perezosa de alguien al que han arrancado de algo importante.
— ¿Qué estás haciendo? Era el mejor momento.
— ¿El momento? —Clara dejó el mando sobre su rodilla—. El momento es ahora, Martín. Aquí. Tu hijo, Lucas, hace quince minutos, cuando le pedí que retirara los platos sucios de la mesa donde iba a preparar la cena para todos, me llamó «oveja estúpida». Y después se fue a su habitación y puso la música a todo volumen. Quiero saber cuál va a ser tu reacción.
Lo miraba fijamente, esperando cualquier cosa: indignación, una promesa de hablar con él, al menos un atisbo de apoyo. Pero Martín solo suspiró con cansancio, se frotó el puente de la nariz y se recostó en el sofá.
— Dios mío, Clara… ya te lo dije. El chico habló sin pensar. Es la edad, las hormonas. ¿Para qué te metes con él por unos platos? Los viste, podías haberlos llevado tú al fregadero. ¿Qué pasa, se te cae la corona?
*
En ese preciso instante, algo dentro de Clara —algo que durante dos años se había encogido, cedido y callado— se endureció por completo, convirtiéndose en un fragmento frío y afilado. Comprendió que el problema no era Lucas. El problema era ese hombre tranquilo y cansado en el sofá, que una y otra vez elegía su comodidad por encima de su dignidad. Para él, la grosería de su hijo era una molestia menor que era más fácil ignorar; su reacción, una interrupción incómoda de su descanso.
— No, Martín. La corona no se cae. Lo que se ha caído es mi deseo de ser cómoda para los dos —su voz se volvió plana, metálica—. He vivido dos años en esta casa intentando ser parte de vuestra familia. He limpiado la suciedad de tu «niño», he sacado calcetines petrificados de debajo del sofá, he callado cuando traía amigos y lo dejaban todo hecho un basurero. He soportado sus miradas torcidas y sus comentarios venenosos. Y todo este tiempo he esperado que tú, como su padre, al menos una vez te pusieras de mi lado. Pero siempre decías lo mismo: «Es un niño, aguanta».
Se apartó del sofá y se colocó en el centro de la habitación, como si trazara una línea invisible.
— Pues se acabó. Mi paciencia se terminó. A partir de este momento declaro un boicot total a tu hijo. No cocino para él. No lavo su ropa. No limpio su habitación. Si deja un plato sobre la mesa, se quedará allí hasta que le salga moho. Para mí deja de existir en lo doméstico. ¿Se cree adulto y piensa que puede insultarme? Perfecto. Que se comporte como adulto y se las arregle solo.
Martín se incorporó bruscamente. Su rostro empezó a enrojecer. El desconcierto dio paso a la rabia. Por fin comprendió que no se trataba de otra «rabieta femenina».
— ¿Estás loca? ¿Qué son esos ultimátums?
— No es un ultimátum. Son nuevas reglas —respondió Clara con calma, mirándolo a los ojos—. Tú eres su padre. Tú lo educas. ¿Quieres cocinarle? Hazlo. ¿Quieres contratar a alguien? Hazlo. Yo ya no participo. Y si estas reglas no te gustan, puedes ocuparte de tu hijo en otro sitio. La puerta está abierta.
La mañana siguiente no empezó con el aroma del café, sino con un silencio ensordecedor y tenso. Clara se levantó con el despertador, como siempre. En silencio fue al baño y luego a la cocina. No miró hacia la habitación de Lucas, de donde ya salían los sonidos de un videojuego, ni esperó a que Martín se despertara. Sacó del frigorífico dos huevos, un trozo de queso y un tomate. Encendió el fuego, puso su pequeña sartén personal y se preparó una tortilla. Para ella. Preparó una sola taza de café en la cafetera italiana. Para ella. Se sentó a la mesa, comió tranquilamente mirando por la ventana. Lavó su plato, su taza y la sartén, los secó y los guardó.
En ese momento entró Martín en la cocina, bostezando y rascándose la nuca. Le lanzó una mirada rápida, como esperando ver señales de arrepentimiento nocturno. Pero el rostro de Clara estaba sereno, casi distante. Se acercó a la cafetera vacía, pulsó un botón y la miró con gesto interrogante.
*
— ¿No hay café?
— Me hice en la cafetera italiana —respondió ella con tono neutro, guardando el paño limpio—. La cafetera es toda tuya.
Martín frunció el ceño. Lo interpretó como la continuación de la discusión absurda del día anterior, que según él debía haberse disipado durante la noche. En silencio tomó un frasco de café soluble, lo llenó con agua hirviendo y se sentó frente a ella.
— ¿Y cuánto va a durar este teatro?
— No es teatro. Es mi nueva vida —contestó Clara sin levantar la vista—. Ayer lo oíste todo.
La puerta de la cocina se abrió de golpe y apareció Lucas. Los auriculares colgaban de su cuello, la música retumbaba. Llevaba una camiseta arrugada y pantalones cortos. Fue directo al frigorífico, lo abrió y se quedó unos segundos mirando las baldas con estupidez.
— Papá, ¿qué pasa, no hay nada para comer? —preguntó en voz alta, ignorando deliberadamente a Clara—. Voy a llegar tarde al instituto.
Martín miró a su mujer con impotencia. Ella solo levantó ligeramente una ceja y siguió examinándose las uñas. El silencio se alargó.
— Hazte unos bocadillos —dijo por fin Martín—. Jamón, queso. Ya no eres un niño.
Lucas cerró el frigorífico de un portazo.
— No como bocadillos. Quiero gachas o huevos. Como siempre.
La miró con desafío. Era una provocación directa, una prueba a su decisión del día anterior. Clara sostuvo su mirada sin pestañear y luego se levantó despacio.
— Tengo que irme al trabajo —dijo, dirigiéndose únicamente a Martín—. Que tengáis un buen día.
Se fue, dejándolos solos en la cocina, entre los platos sucios y el problema sin resolver.
*
Por la tarde, al volver a casa, Clara descubrió que la situación había empeorado. En el fregadero se amontonaba una montaña de platos sucios. La taza de la mañana de Martín, el plato de Lucas después de los bocadillos que finalmente se había hecho, con mantequilla extendida por la encimera y migas de pan por todas partes. Al lado, un envoltorio de empanadillas congeladas: evidentemente había sido su comida o su cena.
Clara rodeó en silencio esa isla de caos. Se preparó una ensalada ligera, comió, limpió lo suyo y se fue al dormitorio con un libro. Escuchaba cómo Lucas volvía del entrenamiento, cómo volvía a rebuscar en el frigorífico, cómo le preguntaba a su padre qué había para cenar. Escuchó a Martín responder irritado que pediría una pizza.
Una hora después, el olor a pepperoni se extendió por el piso. Comían en el salón, frente al televisor, como dos compañeros de piso solteros. Las cajas vacías de pizza quedaron sobre la mesa baja. Nadie pensaba recogerlas. La guerra entró en una fase larga y estática. Clara creó a su alrededor un enclave de limpieza y orden, mientras el resto de la casa se transformaba lentamente en una extensión de la habitación de Lucas. Y con cada hora que pasaba, se hacía más evidente que Martín no pensaba resolver nada. Simplemente esperaba a que ella se quebrara primero.
La paciencia de Martín duró exactamente tres días. El límite fue el sábado.
Se despertó con hambre y con un deseo intenso de tomar un café de verdad, recién hecho. La cocina lo recibió con el olor a pizza del día anterior y una pila de platos en el fregadero que ya desprendía un aroma agrio. La última taza limpia había sido usada la noche anterior. En la encimera había charcos secos de refresco. En el cubo de la basura, que nadie había sacado, asomaban restos y envoltorios vacíos.
Ya no era solo desorden. Era un territorio que el caos doméstico estaba conquistando poco a poco.
Martín permanecía en medio de la cocina, sintiendo el suelo pegajoso bajo sus pies descalzos, y por primera vez en años no sentía ni rabia ni cansancio, solo una confusión densa y pesada. La cocina era un reproche silencioso. Clara ya no estaba allí —no como mujer, no como esposa— sino como esa fuerza invisible que hasta entonces había mantenido todo en su sitio.
*
Desde la habitación llegaba la voz de Lucas gritando al micrófono durante una partida. Ese sonido, por primera vez, no era fondo. Molestaba. Cortaba los oídos. Era innecesario.
— ¡Lucas! —gritó Martín, sorprendido por la dureza de su propia voz.
— ¿Qué? —gruñó su hijo.
— Ven aquí. Ahora.
Al poco rato, Lucas apareció en la puerta de la cocina. Auriculares, móvil en la mano, la misma expresión perezosa y provocadora. Miró el desorden y bufó.
— ¿Qué pasa, la limpiadora libra hoy?
Martín se giró bruscamente. Esa frase golpeó más fuerte que cualquier insulto. En su hijo no vio a un adolescente, sino su propio reflejo: indiferente, convencido de que alguien siempre se encargaría de todo.
— ¿Hablas de Clara? —preguntó despacio.
— ¿Y de quién si no? —encogió los hombros Lucas—. Ella siempre limpiaba. ¿Se ha ofendido o qué?
Martín golpeó la encimera con la palma de la mano.
— Basta.
Lucas se quedó inmóvil.
— ¿Sabes lo que hiciste? —dijo Martín con voz grave—. Llamaste «oveja estúpida» a mi mujer. Te comportaste como un maleducado. Y yo dejo de justificarte.
— Venga ya… —murmuró Lucas—. Ni siquiera es mi madre.
— Precisamente por eso no te debe nada. Y yo tampoco.
Lucas lo miraba incrédulo.
— A partir de hoy te apañas solo —continuó Martín—. Comida, ropa, limpieza. Se acabaron las excusas de la edad y las hormonas.
*
Lucas dio un portazo y subió el volumen de la música.
Martín tomó una esponja, abrió el grifo y empezó a lavar los platos. Torpemente, salpicándose, enfadado con los platos resbaladizos… y consigo mismo.
En el dormitorio, Clara estaba sentada en el borde de la cama, con una maleta preparada a sus pies. No lloraba. Esperaba. Cuando oyó el agua en la cocina, salió al pasillo.
Martín estaba junto al fregadero, con las mangas remangadas. Parecía torpe y cansado, pero había algo nuevo en él: determinación.
— ¿Estás listo para hablar como un adulto… o empiezo a hacer la maleta? —preguntó ella con calma.
— Llegué tarde —respondió él—. Pero quiero intentarlo. Si aún estás aquí.
— No voy a volver a la vida de antes —dijo ella en voz baja—. O estoy aquí con respeto, o no estoy.
— Lo entiendo.
Aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, los tres se sentaron a la mesa. Sin televisor. Sin pizza. Lucas comió en silencio y, por primera vez, llevó él mismo su plato al fregadero.
No era una reconciliación.
Era una tregua frágil.
Pero la cocina, por primera vez en una semana, olía a comida… y no a guerra.