— ¿Hablas en serio ahora? — Elisabeth estaba de pie junto a la ventana, sosteniendo el móvil y mirando el patio gris de diciembre, donde un barrendero movía la nieve sucia sin ninguna ilusión. — Siete personas, Marcos. Siete. En nuestro piso de dos habitaciones. A una semana de Navidad.

— ¿Y qué pasa? — Marcos no levantó la vista del portátil; seguía tecleando. — Es la familia. Mi madre, Carolina y los demás. Se sientan, felicitan, comen y se van.

— “Comen” suena a amenaza, sinceramente — murmuró Elisabeth con ironía. — ¿Recuerdas cuánto gastamos la última vez? Luego estuvimos una semana comiendo pasta sin salsa como si fuéramos estudiantes.

Marcos por fin la miró:

— ¿Otra vez empiezas?

— No, continúo. Porque nunca lo he dejado — Elisabeth se giró bruscamente. — ¿No te das cuenta de cómo tu madre convierte “quedamos un ratito” en un banquete completo digno de un catering de Madrid?

Él se encogió de hombros:

— Bueno… ella es un poco peculiar.

— ¿Peculiar? — Elisabeth soltó una carcajada amarga. — Marcos, el otro día criticó mis ensaladas, mi mesa, ¡hasta mi hervidor! ¿Escuchaste cuando dijo: “Tendrías que haber elegido mejor a tu esposa, no conformarte con lo que cayó”?

Él apartó la mirada.

— Lo dice sin mala intención.

— Claro. Su estilo: aplastar la autoestima de los demás.

*

En la cocina sonaba un reloj chino con caracteres que Marcos había comprado “por hacer gracia”. Las agujas se acercaban a las nueve de la noche. En las ventanas de los vecinos empezaban a encenderse las luces — la gente se preparaba para Navidad. Solo Elisabeth no tenía ánimo festivo.

Sentía que algo pesado se acercaba, algo pegajoso, como un trozo de nieve sucia bajo el zapato.

— Escúchame, por favor — dijo más despacio y con voz más baja. — No voy a montar otro festín para medio barrio solo porque a tu madre le apetece “algo familiar”. Trabajo, estoy cansada. Y no acepté ser la cocinera gratuita de tu familia.

— Liza… es solo una vez antes de las fiestas.

— Eso dices cada vez — se sentó agotada. — “Una vez”. Luego otra. Luego “¿cómo vamos a echar a la familia?”. Y al final yo con la bayeta, y ellos con las exigencias.

Él cerró el portátil de golpe.

— Creo que exageras.

— Vamos con hechos — Elisabeth le sostuvo la mirada. — En todo el año, ¿cuántas veces ha comido tu familia en este piso?

Marcos pensó un momento.

— Eh… ¿seis? ¿Siete?

— Once, Marcos. Once. Las conté. Porque cada una de esas veces luego nos tocó vivir de arroz y de tus promesas de que “el mes que viene será más fácil”.

Él frunció el ceño.

— ¿De verdad las contaste?

— Claro que sí. Porque luego soy yo quien tiene que estirar el dinero hasta la nómina.

Marcos suspiró y se frotó la cara.

— Vale. Hablaré con mi madre.

*

— No “hablarás”, le explicarás — dijo Elisabeth firmemente. — Con calma, con educación. Porque si no lo entiende, entonces se lo explicaré yo. Y se va a ofender. Mucho.

La conversación terminó ahí. O al menos, Elisabeth esperaba que así fuera.

Los días siguientes pasaron en silencio. Sospechosamente tranquilo. Elisabeth iba a trabajar a la clínica, atendía llamadas, registraba pacientes y se sorprendía a sí misma por no volver a casa con ansiedad. Incluso compró un arbolito artificial, lo puso en el alféizar y por las mañanas encendía sus luces — para el ánimo.

Y entonces, el jueves, tres días antes de Navidad, sonó el teléfono.

En la pantalla: “Luisa P.”

Elisabeth puso los ojos en blanco con tal maestría que habría ganado oro si eso fuera un deporte.

— ¿Sí? — respondió seca.

Elisabeth, cariño — la voz de su suegra era sospechosamente dulce, casi pegajosa. — Me han dicho que estás enfadada con nosotros…

*

— No, Luisa, no estoy enfadada — respondió Elisabeth con el mismo tono controlado que usaba para calmar a un paciente nervioso, aunque por dentro deseaba colgar. — Solo estoy ocupada. ¿Qué ocurre?

— Ay, hija… — la suegra fingía dolor con tanta evidencia que parecía ensayado. — He hablado con Marcos… Dice que estáis algo… agotados. Me he quedado muy triste, ¿sabes? ¡Yo pensaba que nos esperabais para Navidad!

Elisabeth soltó el aire lentamente.

— Luisa, el problema no es que vengáis. El problema es que cada visita nos cuesta media nómina. No puedo seguir así.

Al otro lado se hizo una pausa teatral.

— Entiendo, claro… — alargó la suegra. — Solo que Carolina quería traer a los suyos… Y los hermanos de Marcos también contaban con venir… Pero si te resulta tan pesado, pues no vamos. No vamos a obligaros, ¿verdad?

Las palabras eran suaves, pero pinchaban como agujas.

— Si no venís, será la decisión correcta — contestó Elisabeth con calma. — Vivimos en un piso pequeño. Yo trabajo. Marcos está cansado. Navidad es una fiesta familiar, no una prueba de resistencia.

— ¿O sea que… no nos esperáis? — la voz de Luisa se volvió fina, helada.

— No. No os esperamos — dijo Elisabeth sin rodeos.

Silencio. Luego un suspiro profundo.

*

— Dile a Marcos que él mismo ha levantado un muro entre nosotros — declaró la suegra. — Yo creía que la familia era lo más importante para él…

Y colgó.

Marcos volvió esa tarde rendido, con los dedos congelados, pero ya con expresión preocupada al cruzar la puerta.

— Liza… mi madre ha llamado. Dice que… que has “echado” a toda la familia.

— No he echado a nadie — contestó ella serenamente. — Solo he dicho la verdad. Que no podemos financiar un banquete para diez personas. Y que no pienso pasar la Navidad como personal de servicio.

Él dejó la bolsa de la compra sobre la mesa.

— Podrías habérselo dicho más suavemente…

— Llevo diciéndolo suavemente todo el año — su mirada fue firme. — Pero a vuestra familia lo suave no le llega.

Él quiso replicar — Elisabeth lo sintió en el aire — pero en vez de eso se dejó caer en la silla y cerró los ojos.

— Liza… — su voz era baja. — De verdad no sabía que era tan grave.

— Espero que ahora lo sepas — dijo ella, sentándose frente a él. — Quiero una Navidad normal. Sin carreras. Sin exigencias ajenas. Solo nosotros. Tú y yo.

Marcos la miró. Por primera vez en mucho tiempo, en sus ojos no había irritación defensiva — solo confusión… y comprensión.

— Está bien — dijo al fin. — Les diré que se cancela la celebración.

— No se cancela — lo corrigió ella. — Simplemente será nuestra. En nuestro piso tranquilo. Con comida sencilla. Con una luz cálida. Con el descanso que los dos merecemos.

Él asintió.

*

Y por primera vez en meses, en ese pequeño piso se pudo respirar profundamente.

La noche de Navidad fue tranquila. En la mesa — un modesto asado, ensalada, dos velas. En las ventanas de los vecinos parpadeaban luces, pero dentro de su hogar reinaba un sosiego sin intrusiones.

Elisabeth sirvió una copa de vino a Marcos; para ella, un té.

— Me alegro de que hayamos decidido esto — dijo él, mirando el pequeño pero precioso árbol.

— Yo también — sonrió ella. — A veces es mejor poner un límite que aguantar para siempre.

En ese momento el móvil de Marcos vibró. En la pantalla: “Luisa”.

Él apagó el sonido. Sin dudarlo.

Elisabeth alzó una ceja.

— ¿No lo vas a coger?

— No — respondió con calma. — Hoy es nuestra Navidad. Y me gusta tal como es.

Ella sintió cómo el nudo en su pecho — ese que la oprimía desde hacía meses — empezaba a deshacerse lentamente.

Por primera vez en mucho tiempo, no vivía la fiesta como una ama de casa agotada, sino como una mujer que por fin se había puesto a sí misma en primer lugar.

Y Marcos — presente de verdad — era la mejor prueba de que había hecho lo correcto.