— «¡No fabrico dinero!» — Emma lanzó la cartera sobre la mesa y se frotó las sienes con un gesto agotado. Su reloj barato, con la correa desgastada, marcaba casi las once de la noche.
Lucas no levantó la vista del móvil — la luz azulada subrayaba su perfil sin afeitar.
— «Podrías al menos lavar los platos. Trabajo como una mula, doblo turnos todos los días», dijo Emma, apartándose un mechón rebelde del rostro.
— «Los lavaré mañana», murmuró él, deslizando el dedo por redes sociales sin fin.
Emma recorrió la cocina con la mirada. En el fregadero — una montaña de platos, sin tocar desde hacía tres días. En el alféizar — tarros vacíos. Su piso, antaño acogedor, parecía ahora una guarida descuidada.
— «Lucas, tenemos que hablar», dijo ella, sentándose al borde del sofá.
— «¿Ya empezamos otra vez?» — gruñó él, dejando el móvil. — «¿Puede ser mañana? Me duele la cabeza».
— «¡Te duele todos los días!» — la voz de Emma tembló. — «Han pasado seis meses. ¡Ni siquiera has escrito un currículum!»
Lucas se levantó de golpe, el rostro deformado por la rabia.
*
— «¿Te crees que es fácil encontrar trabajo sin contactos? ¡No voy a ser repartidor ni conductor!»
— «No se trata de eso. Pero deberías hacer algo», suspiró Emma. — «Nuestros ahorros se están evaporando. Ayer sacaste doscientos euros. ¿Para qué?»
— «¿Ahora me controlas?» — explotó él. — «¡Soy un hombre! ¡Puedo salir con mis amigos!»
— «¿Mientras yo mantengo la casa entera?» — las lágrimas quemaban los ojos de Emma.
Soñaron con una casa, con hijos, con viajes… y ahora solo quedaban reproches.
— «Necesito aire», soltó él y salió.
La puerta dio tal portazo que una taza saltó sobre la mesa. Emma se desplomó en el sofá y hundió el rostro en un cojín que olía a fritura.
Abrió la aplicación del banco. En la cuenta conjunta — unos 140 euros. Apenas suficiente para la comida y las facturas. Pronto tendría que tocar la otra cuenta… aquella en la que llevaba tres años ahorrando más de 1500 euros para un coche.
El móvil vibró. Mensaje de Marta: «¿Cómo estás?»
Emma esbozó una sonrisa amarga. ¿Cómo estaba? Intentando sostener un matrimonio que se desmoronaba… y a un hombre que se había vuelto un desconocido.
Miró la foto de la boda. ¿Cuándo desapareció aquella felicidad?
*
Por la mañana Emma se levantó antes de que sonara el despertador. Preparó té, miró el calendario — turno extra. Ocho horas y luego otras cuatro.
De pronto recibió un mensaje de su jefe: podía marcharse antes. El turno de tarde también terminó antes de lo previsto.
Por primera vez en meses, la vida le daba un respiro.
El sol calentaba su rostro mientras volvía caminando a casa.
Al llegar al portal escuchó la voz elevadamente alegre de Lucas — demasiado alegre para ser real.
Abrió la puerta despacio, sin hacer ruido.
— «Mamá, te lo digo, todo va perfecto», decía él entusiasmado. — «Ahora es el mejor momento para invertir. Esa parcela es una pasada».
Emma se congeló.
— «Usaremos tus ahorros, añadiremos los nuestros… y también los de Emma. Claro que la propiedad irá a mi nombre. No hace falta que ella se entere».
Emma se tapó la boca con la mano.
Querían gastar su dinero. A sus espaldas.
— «Mañana firmamos todo», se rió Lucas. — «Emma estará trabajando hasta tarde. Ya elegí la parcela — seiscientos metros. Techo, valla… lo arreglaré todo. Y en verano: ¡vacaciones!»
*
Eso la rompió.
Emma salió del piso en silencio y fue directamente al banco.
— «Quiero hacer una transferencia desde mi cuenta personal», dijo con voz firme.
Quince minutos después, todos sus ahorros estaban en la cuenta de su madre.
Regresó a casa y dio un portazo fuerte — como si viniera de un turno agotador.
— «¡Ya estoy!»
— «Mhm», gruñó Lucas desde el salón.
Emma fue al dormitorio, sacó la maleta grande y empezó a meter sus cosas. Solo las de él.
El móvil — Marta:
— «¿Y?»
— «Estoy haciendo su equipaje. No sospecha nada».
Tras unos minutos, las maletas ya estaban en el pasillo.
Emma entró en el salón y apagó el televisor.
— «Lucas, tenemos que hablar».
— «¡Ey! ¡Estaba en lo mejor!»
— «Lo mejor está aquí», dijo Emma, cruzando los brazos. — «Quiero que te vayas. Hoy».
— «¿Estás loca?»
— «Estaría loca si me quedara contigo un día más. Sé todo — la parcela, mi dinero, vuestros planes».
*
Lucas palideció.
— «¿Has estado escuchando? ¡Eso es enfermizo!»
— «Enfermizo es lo que pensabais hacer».
Emma abrió la puerta.
— «Lárgate».
Él siseó:
— «Te vas a arrepentir».
— «No», dijo ella. — «Ya no».
Emma se sentó a la mesa. Las manos le temblaban, pero sentía una libertad extraña, nueva.
Abrió la ventana.
Sonó el móvil — Marta:
— «¿Y bien?»
— «Se fue. Soy libre».
Emma sonrió suavemente.
Guardó la foto de la boda en un cajón.
Se puso el abrigo, miró el piso silencioso y vacío — suyo.
Cerró la puerta despacio.
Sin dolor.
Sin miedo.
Y salió al aire frío de la noche — hacia una vida que, por fin, le pertenecía.