— ¿Por qué pagas alquiler a desconocidos si tienes un piso? ¡Nos esforzamos por ti! — se indignaban los padres.
— No entiendo por qué pagas a extraños cuando tienes un piso. ¡Todo lo hicimos por ti!
Anna leyó el mensaje de su madre en voz alta, como si intentara comprobar si el sentido cambiaba al pronunciarlo. No cambió. Estaba sentada a la mesa de la cocina en un pequeño piso alquilado, contando billetes arrugados y anotando con cuidado los gastos en un cuaderno gastado: «Alquiler, comida, transporte…».
El teléfono volvió a vibrar. Anna ni siquiera lo miró: sabía que era otro recordatorio de la “generosidad” parental. Apartó el móvil hacia el otro extremo de la mesa, donde chocó sordamente contra la azucarera. En el pecho se levantó una ola conocida: una mezcla de resentimiento y una amargura antigua que no se disolvía con el tiempo.
Anna recorrió con la mirada su cocina: diminuta, con la pintura descascarada del radiador y un frigorífico viejo que zumbaba como un tractor. Y aun así, allí se sentía en casa. A diferencia de aquel piso: amplio, renovado, con vistas al parque. El piso que sus padres le habían “regalado”.
*
La madre de Anna, Marie Laurent, siempre sabía qué era lo correcto. Cómo educar a su hija, qué amigos debía tener, cómo planificar su futuro. El padre, Jean Laurent, tranquilo y complaciente, rara vez discutía con su esposa. Tras veintiocho años de matrimonio, había aprendido a asentir en los momentos adecuados y a respaldar sus decisiones.
Cuando Anna cumplió catorce años, los padres anunciaron durante una comida familiar:
— ¡Hemos comprado un piso! Para ti, cariño. Para que tengas tu propia casa cuando crezcas.
Los familiares exclamaban admirados. ¡Qué padres tan ejemplares, qué cuidado por la hija! Anna abrazó a sus padres con lágrimas en los ojos. Le parecía que era la chica más feliz del mundo.
El piso estaba en un buen barrio, cerca del metro. Dos habitaciones, luminoso, con una cocina grande. Los padres lo reformaron y lo amueblaron: todo en tonos beige tranquilos, como le gustaban a Marie.
*
El día en que Anna ingresó en la universidad, los padres organizaron una ceremonia solemne. Ella estaba en el recibidor de aquel piso con un ramo de rosas blancas, mientras su madre y su padre sonreían sosteniendo un manojo de llaves atadas con una cinta roja.
— ¡Esta es tu casa, Anni! — proclamó Marie. — Ya eres adulta e independiente. Estamos muy orgullosos de ti.
Anna tomó las llaves con manos temblorosas. Tenía dieciocho años, estaba llena de planes y esperanzas. El mundo entero parecía estar a sus pies.
Solo unos meses después, cuando necesitó empadronarse temporalmente para la universidad, Anna descubrió que en los documentos la propietaria del piso figuraba como Marie Laurent.
— Claro — explicó su madre—, todavía eres muy joven. Ya lo pondremos a tu nombre cuando haga falta.
Anna no le dio importancia. ¿Por qué habría de hacerlo? Eran sus padres. Las personas más cercanas.
La primera grieta apareció en el segundo año. Anna comprendió que se había equivocado de carrera. La economía le resultaba aburrida, los números se le mezclaban ante los ojos y las clases de contabilidad la sumían en el hastío. En cambio, la asignatura optativa de historia del arte la llenaba de entusiasmo.
— Mamá, quiero cambiarme a historia del arte — dijo una noche durante la cena en casa de sus padres.
*
Marie se quedó inmóvil.
— ¿Qué tonterías son esas? ¿Historia del arte? ¿Y de qué vas a vivir después? ¿Trabajando en un museo por cuatro duros?
— ¡Pero me gusta! Ya no puedo seguir sentada delante de esas tablas…
— ¿No puedes? — la voz de su madre se volvió helada. — ¿Entonces pagamos en vano tus estudios? ¿Compramos el piso para nada?
— ¿Qué tiene que ver el piso? — se desconcertó Anna.
Marie se levantó de la mesa. Tenía las mejillas encendidas de rabia.
— ¡Tiene todo que ver! Harás lo que digamos. Y si no te gusta, deja el piso, ya que no cuentas con nosotros. ¡Ese piso es mío, para que lo sepas, yo mando aquí!
Anna guardó silencio. En ese instante algo se cerró dentro de ella, como una cerradura que encaja por última vez. De pronto lo entendió con claridad: aquel “regalo” tenía un precio. Y la factura apenas empezaba a emitirse.
Anna no obtuvo respuesta. Marie solo apretó los labios y empezó a recoger la mesa de forma ostentosa. Jean carraspeó incómodo, pero como siempre, guardó silencio. Se hizo un silencio pesado, opresivo, de esos en los que se oye la propia respiración.
Esa noche Anna salió tarde de la casa de sus padres. Caminaba por la calle oscura sin sentir el frío, con un solo pensamiento dando vueltas en su cabeza: así que era esto. El piso, el cuidado, el orgullo: no era un regalo, era una correa.
*
Al día siguiente hizo las maletas. Una bolsa pequeña, solo lo imprescindible. Cuando Marie se enteró de que Anna se iba, estalló:
— ¿Crees que nos estás chantajeando? ¿Que vamos a asustarnos?
— No — respondió Anna con calma. — Solo quiero vivir mi propia vida.
El piso de alquiler apareció pronto: pequeño, incómodo, pero suyo. Anna trabajaba por las tardes en una librería, aceptaba encargos extra y contaba cada euro. Era duro, a veces hasta las lágrimas. Pero por primera vez en mucho tiempo se dormía sin la sensación de estar vigilada.
Los padres no cedían. Los mensajes llegaban uno tras otro: reproches, recordatorios, insinuaciones.
«Todo lo hicimos por ti».
«Eres una desagradecida».
«Volverás y hablaremos».
Anna leía y borraba.
Cuando llegó el momento de elegir especialización, presentó los documentos para historia del arte. Marie se enteró por conocidos. La llamada fue seca, casi triunfal:
— Entonces que te quede claro: a ese piso no volverás a entrar nunca.
Anna miró largo rato por la ventana y luego dijo en voz baja:
— De acuerdo. Entonces ya no tenéis con qué controlarme.
Medio año después le ofrecieron unas prácticas en una pequeña galería. La primera exposición, los primeros textos para el catálogo, los primeros “gracias” sinceros de los visitantes. Volvía tarde a casa, cansada, pero feliz.
Un día Marie entró en la galería. Caminaba despacio junto a las paredes, leyendo las cartelas. Se detuvo ante una obra.
— «Comisaria: Anna Laurent» — leyó en voz alta.
Anna se acercó. Sus miradas se cruzaron.
*
— No lo sabía — dijo Marie. Por primera vez no había seguridad en su voz.
— Ahora ya lo sabes — respondió Anna.
No hablaron del piso. No hablaron de deudas ni sacrificios. Marie se fue sin despedirse.
Y esa noche Anna volvió a su pequeño piso alquilado, puso el hervidor y abrió el cuaderno de gastos. En la última página escribió con cuidado:
«La libertad no tiene precio».
Y por primera vez en muchos años sonrió: tranquila, sin miedo, sin mirar atrás.