La puerta del despacho se cerró detrás de mí con un clic suave pero definitivo, como si alguien estuviera girando la llave que cerraba mi vida anterior. Me quedé quieta en los escalones de granito, fríos como hielo, sujetando entre los dedos un sobre sorprendentemente delgado. Ligero. Casi ridículo. Yo esperaba algo más contundente: una carpeta gruesa, documentos pesados, incluso un sello de lacre. Mi abuela hablaba del “legado más importante” con tanta solemnidad que de niña imaginaba un cofre lleno de joyas.
Dentro había solo dos hojas.
La primera: un documento oficial con sello, describiendo los bienes que pasaban a María Elena Riedel.
La segunda: una lista mecanografiada.
La recorrí con la mirada y sentí cómo el estómago se me encogía.
“Libro, literatura clásica, ‘Ana Karenina’, ed. 1948 — 1 ud.
Libro, novela clásica, Charles Dickens, ‘David Copperfield’, ed. 1952 — 1 ud.
Libro, literatura europea, Victor Hugo, ‘Los Miserables’, ed. 1955 — 1 ud.…”
Al final: 28 000 euros.
El valor estimado de una biblioteca privada, antigua, europea.
La biblioteca.
La biblioteca de mi abuela, la que fue construyendo durante toda su vida en la vieja casa familiar. Cientos de volúmenes con olor a polvo, tiempo y secretos. No eran millones. Ni un piso. Ni acciones. Ni una cuenta secreta.
Solo libros.
*
Papel por el que ahora tendría que pagar impuestos, organizar su traslado y asumir toda la responsabilidad.
El móvil sonó con insistencia. León.
Respiré hondo.
— Hola, León.
— Entonces, ¿qué? ¿Todo bien? — su voz vibraba de impaciencia. — ¿Cuánto es?
Había tanta seguridad, tanta expectación en su tono, como si la riqueza ya fuera “nuestra”, que me quedé sin palabras.
— Todavía no está todo claro… — murmuré. — Tengo que revisar los papeles. No es tan simple.
— Elena, por favor… ¿qué puede ser complicado en el dinero? — soltó una risa ligera. — Mira, hoy celebramos. He reservado mesa en “El Club de los Caballeros”. ¡Hay que brindar por esto!
“Celebrar”.
“Nuestro” dinero.
Sentí náuseas.
— No sé, León… no tengo ganas.
— ¿Cómo que no tienes ganas? — su voz se volvió dura al instante. — Elena, por fin podremos respirar. Pagar el préstamo anticipadamente, pensar en un coche mejor. ¡Esto es increíble! Te espero a las ocho.
Ni siquiera me dejó terminar.
Miré el sobre. La hoja fina me pareció de repente un bloque de cemento. Y en mis oídos resonaba la voz suave de mi abuela:
«Elena, lo más valioso rara vez está a la vista. Hay que saber verlo.»
Ahora lo entendía.
Esto solo era el comienzo.
*
“El Club de los Caballeros” era el templo de León — un lugar de negocios, prestigio, gestos importantes. Él adoraba los sillones de cuero, la luz tenue, el vino tinto caro. Yo siempre me sentía una intrusa.
Ya estaba sentado en la mesa, sirviendo el vino. Su rostro irradiaba una alegría casi infantil.
— ¡Por fin! — me besó la mejilla. — A ver, cuéntame. ¿Cuándo harán la transferencia?
Sus ojos brillaban con tanta esperanza que no pude soltar la verdad directamente.
— Todo está formalizado… pero la herencia es un poco distinta de lo que pensábamos.
— ¿Distinta? ¿Qué pasa? ¿Tu abuela escondía lingotes de oro o bitcoins?
— No… me dejó… su biblioteca. Todos sus libros. En el pueblo.
Silencio.
— ¿Libros? — repitió, como si no entendiera. — ¿De eso hablaba?
— El valor estimado es de veintiocho mil euros…
Su cara cambió. Primero decepción. Luego cálculo frío.
— Bueno, no son millones… pero es dinero. Podemos…
Y empezó.
A planear.
A sumar.
A decidir.
Sobre algo que no le pertenecía.
— ¡Elena, esta es nuestra oportunidad! — sus ojos ardían. — ¡La nuestra!
Yo guardé silencio. Y me tragué las lágrimas.
En su mundo “nuestro” no existía la pregunta:
«¿Y tú qué quieres, Elena?»
*
Salí un momento al exterior. El aire frío me golpeó como una bofetada. El teléfono volvió a sonar: Alicia, mi hermana menor.
— ¿Ya lo sabes?
— Sí… son libros.
— ¡Elena! ¡Pero eso es precioso! — su voz era cálida. — La abuela confiaba más en ti que en nadie.
Sentí un nudo en la garganta.
— León esperaba dinero.
— Eso ya te lo dice todo — suspiró Alicia. — Ven a casa. Lo hablamos.
Pero antes de ir a cualquier parte, necesitaba ver la verdad con claridad.
Cuando volví dentro, León terminaba una llamada. Al verme, sonrió.
— Elena, no armemos un drama por unos libros, ¿sí? He pensado que podríamos vender algunos. Las ediciones antiguas se venden muy bien…
— ¿Has hablado con tu madre? — lo interrumpí.
Se quedó quieto.
— ¿Y qué? — frunció el ceño. — Se preocupa por nosotros. Dijo que… con esa cantidad tampoco se puede esperar gran cosa.
Y entonces lo vi. Tal cual era.
— León — dije despacio —, ese dinero no es tuyo. Ni son tus decisiones.
La sonrisa se borró.
— Somos familia. Deberíamos…
— Deberíamos — lo corté — entender que no soy una inversión.
Me levanté.
*
— Mañana me voy al pueblo. Tengo que hacerme cargo de la biblioteca.
— ¿Pero para qué? ¡Elena, son solo libros viejos!
Me giré hacia él.
— Para ti — solo libros viejos.
Para mí — todo un mundo.
La casa de mi abuela me recibió con un silencio cálido. Entré en el salón, donde los estantes seguían alineados, llenos de sus notas, recuerdos, vida.
Pasé la mano por un lomo de cuero gastado.
Y lo supe.
Esto no se vende.
No se mide.
No se sustituye.
Ese legado no era riqueza.
Era elección.
Y por primera vez en años — elegí mi propio camino.