Los últimos rayos de sol se colaban tímidamente por la ventana de la cocina, tiñendo las paredes de tonos cálidos, casi dorados. En el aire flotaba el aroma acogedor del borsch recién terminado y del té recién hecho. Marta, cómodamente sentada en su silla, apuraba la taza con satisfacción. Aquella noche parecía tan normal como tantas otras. Una cena tranquila en pareja. Una charla pausada con el té. La rutina de siempre, en la que no se esperaba ninguna sacudida.
Tomás estaba sentado frente a ella, absorto en la pantalla del móvil. Deslizaba el dedo con el ceño fruncido, concentrado. Un momento antes hablaban de su madre, Leonor. Se quejaba de que la angina de pecho había empeorado y de lo difícil que le resultaba manejar sola la gran casa en las afueras.
— Este fin de semana habrá que ir a ayudarla, cortar leña y esas cosas —dijo Tomás sin apartar la vista del móvil—. Está muy floja.
— Claro, iremos —respondió Marta con ligereza—. Incluso podemos traerla a casa una semana, que descanse del fogón y del huerto.
— No es cuestión de descansar, Marta. No tiene dónde vivir. La casa se cae a pedazos y el terreno ya no puede con él. Necesita algo pequeño, pero suyo. En un pueblo bien comunicado, con comodidades.
Marta asintió, frunciendo el ceño con compasión. Su suegra era una mujer autoritaria y exigente, pero a una persona mayor, sola y enferma, realmente le resultaba difícil.
— Podemos mirar opciones —propuso—. Las casitas en San Gregorio ahora no están tan caras.
Tomás dejó el móvil, dio un sorbo al té y la miró con esa expresión tranquila y profesional que solía usar con sus subordinados cuando daba órdenes y no esperaba objeciones.
*
— Justamente a eso voy. Ya hemos encontrado una. Una casa estupenda, casi nueva. A mi madre le ha encantado.
— ¡Qué bien! —se alegró sinceramente Marta—. ¿Y cómo la va a pagar? No tiene ese dinero.
— El dinero se consigue —dijo Tomás, agitando la mano como si hablara de unos cientos de euros—. Mi madre se quedará con nosotros mientras vendemos tu piso y le compramos esa casa en San Gregorio.
Lo dijo con un tono neutro, informativo. Sin pedir opinión. Sin debatir. Simplemente lo dio por hecho, con la misma naturalidad con la que se anuncia el tiempo.
Marta se quedó inmóvil. Por un instante pensó que había oído mal. El silencio le zumbó en los oídos y el tic-tac del reloj de la pared se volvió ensordecedor.
— ¿Cómo? —murmuró, sintiendo cómo se le iba la sangre de la cara.
— ¿Qué es lo que no entiendes? —Tomás alzó las cejas, sorprendido—. Tu piso de una habitación en la calle San Martín, el que heredaste de tu abuela. Está vacío. Lo alquilamos por cuatro duros. Es más lógico venderlo e invertir el dinero en una propiedad decente para mi madre. Estará cerca, controlada. Y nosotros más tranquilos.
*
Marta dejó la taza sobre el platillo con cuidado. La porcelana tintineó suavemente, demasiado fuerte para una cocina tan tranquila.
— Tomás —pronunció su nombre con calma, casi sin emoción—. Acabas de decir “venderemos tu piso”. ¿Te he entendido bien?
— Claro —se encogió de hombros—. Somos una familia. ¿Qué más da de quién sea oficialmente? Todo es de los dos.
Marta lo miró y, con una claridad inquietante, comprendió que hablaba en serio. No fingía. No manipulaba. De verdad veía su propiedad como un recurso del que podía disponer a su antojo.
— Ese piso es mío —dijo despacio—. Lo heredé de mi abuela. Antes de casarnos. Y nunca prometí venderlo.
— Marta, no empieces —por primera vez asomó la irritación en su voz—. Estás siendo egoísta. Mi madre está enferma. ¿Quieres que termine sus días en una casa que se cae?
— ¿Y no quieres hablarlo? —Marta se levantó—. ¿Preguntar, en lugar de imponer?
— No hay nada que hablar —él también se puso en pie, mirándola desde arriba—. Soy el hombre. Yo tomo las decisiones. Yo respondo por la familia.
Esas palabras encajaron dentro de ella como una cerradura que llevaba tiempo atascada… y de pronto se abrió.
*
— ¿Por cuál familia, Tomás? —preguntó en voz baja—. ¿Por la de tu madre? Porque en la familia en la que estoy yo, ahora mismo no existo.
Él torció el gesto.
— Exageras. Mi madre se quedará con nosotros unos meses. Tú eres la que lleva la casa, sabrás organizarte. Y luego se mudará a su propia casa, comprada —por cierto— con dinero de los dos.
Marta sonrió apenas. Sin alegría.
— No —dijo.
— ¿Cómo que no? —frunció el ceño.
— No a la venta del piso. No a que tu madre se venga a vivir aquí. Y no a las decisiones tomadas a mis espaldas.
Tomás la miraba como si la viera por primera vez.
— ¿De verdad te estás poniendo contra mí? —en su voz apareció una amenaza—. ¿Contra la familia?
— Yo soy la familia, Tomás —lo miró directamente a los ojos—. O al menos lo era, hasta que decidiste que podías disponer de mí.
Se giró bruscamente, dio unos pasos por la cocina y apartó la silla con ruido.
— Te arrepentirás —escupió—. Mi madre viene mañana. Y lo resolveremos sin tus dramas.
Marta asintió en silencio. Pero no porque aceptara.
Esa noche no durmió. Permaneció mirando al techo, recordando el piso de su abuela: pequeño, luminoso, con balcón y viejos geranios en el alféizar. El único lugar de su vida donde nadie le decía cómo debía vivir.
*
A la mañana siguiente, cuando Tomás se fue a trabajar, Marta abrió el portátil.
Antes del mediodía tenía cita con el notario.
Por la tarde, los documentos impresos que acreditaban que el piso era de su propiedad privativa y no entraba en ningún reparto.
Y una maleta, en el recibidor.
Cuando Tomás regresó, ella ya lo estaba esperando.
— ¿A dónde vas? —preguntó, desconcertado.
— A casa —respondió Marta con calma—. A mi piso. El mismo que tú ya habías vendido en tu cabeza.
— No puedes irte así sin más —palideció—. Somos marido y mujer.
— Podemos —le tendió una carpeta con documentos—. Y también podemos divorciarnos. Ya he presentado la demanda. Mañana te llamará el abogado.
Tomás se dejó caer en la silla, como si se hubiera quedado sin aire.
— ¿Y mi madre…?
— Tu madre es tu responsabilidad —dijo Marta, cogiendo la maleta—. Y mi vida, por fin, es mía.
La puerta se cerró tras ella sin ruido. Sin gritos. Sin escándalos.
Pero esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Marta caminaba por la calle sintiendo no miedo, sino alivio.