Luisa estaba junto a la cocina, removiendo una salsa, cuando Gabriel pronunció aquellas palabras. No gritó, no lo soltó en un arrebato — simplemente lo dijo, mirando hacia la nevera.

— Ya no te quiero.

Luisa ni siquiera se giró de inmediato. La cuchara quedó suspendida sobre la olla. Luego la dejó con cuidado sobre el soporte, se secó las manos con un paño y sólo entonces lo miró. Gabriel estaba en el umbral, con los brazos pegados al cuerpo, como un alumno frente al director. Claramente esperaba algo: lágrimas, gritos, quizá vajilla rota.

— Está bien — dijo Luisa.

Gabriel parpadeó. Su expresión pasó lentamente de defensiva a desconcertada.

Luisa pasó a su lado, fue al dormitorio, abrió el armario y sacó su bolsa de viaje.

La misma, azul marino, que compraron antes de sus primeras vacaciones juntos. Empezó a doblar su ropa — camisas, pantalones, calcetines. Movimientos precisos, mecánicos. Gabriel observaba desde la puerta cómo toda su vida se colocaba, pieza por pieza, dentro de una maleta.

— ¿Qué estás haciendo?

— Lo que corresponde. Si ya no me quieres, no tiene sentido que sigas aquí.

Él quiso protestar, pero ella ya estaba cerrando la cremallera. Colocó la maleta junto a la puerta y la abrió de par en par. Afuera lloviznaba. Por primera vez en doce años, Luisa no le preguntó si había cogido el paraguas.

— Espera, no pensé que tú… así…

— ¿Y cómo pensabas? — lo miró fijamente. — ¿Que iba a suplicarte? ¿A aferrarme? Doce años, Gabriel. Doce años adaptándome a tu horario, a tus gustos, a tu humor. No me quieres — tu derecho. El mío — dejarte ir.

Él tomó la maleta en silencio y salió. La puerta se cerró suavemente, casi sin ruido.

Durante los primeros tres días Luisa caminó por el piso sin saber qué hacer con el silencio. Abrió la nevera: su yogur favorito, embutido que ella odiaba, queso azul cuyo olor siempre le provocaba náuseas.

*

Cogió una bolsa y tiró todo. Luego sacó de la despensa la máquina de coser — un regalo de su madre por su vigésimo cumpleaños. Gabriel llamaba a lo que ella hacía “afición” y a los vestidos “trapos para la casa del campo”.

Luisa encendió la máquina. Esta repiqueteó como una vieja amiga.

La vecina Inés le pidió que ajustara un vestido — sencillo, azul oscuro, sin forma. Luisa aceptó, sólo para mantener las manos ocupadas. Cuando Inés se lo probó, se quedó inmóvil frente al espejo:

— Dios mío… ¡parezco una mujer de verdad y no un saco!

Una semana después vinieron dos vecinas más. Luego una amiga de Inés. Luisa cosía por las noches y por primera vez en años no se sentía cansada. Se sentía viva.

Coincidieron en el registro civil el mismo día. Gabriel la vio en el pasillo y se quedó paralizado. Tenía aspecto desarreglado: chaqueta arrugada, barba de varios días, ojeras profundas.

— Luisa, hablemos.

— ¿De qué?

— Me equivoqué. ¿Lo entiendes? Me cuesta estar solo, el piso está hecho un desastre, como comida precocinada… Volvamos a intentarlo.

Luisa lo miró. Antes veía en su rostro un apoyo. Ahora veía a un hombre incapaz de prepararse una sopa.

— Me he acostumbrado a la libertad. Aprende a cocinar, eres tan listo, ¿no?

Intentó tomarla de la mano. Ella se apartó.

— Luisa, ¿hablas en serio? Tantos años juntos, un piso en común, nuestras…

*

— No hay nada en común. Era tu vida, en la que yo hacía de criada. Ahora tengo la mía.

Lo llamaron desde la oficina. Gabriel se fue, girándose tres veces. Luisa no lo miró.

Al mes encontró un estudio — diminuto, en un edificio antiguo. Ventanas enormes, luz a raudales. Colocó allí la máquina, un maniquí y empezó a vivir de verdad.

Inés casi la arrastró a una feria municipal de artesanía.

— La gente debe ver lo que sabes hacer. ¡Vive, Luisa!

El evento se celebraba en un antiguo centro cultural. Luisa montó un puesto sencillo: tres vestidos en perchas, algunas fotos. Las dos primeras horas nadie se acercó. Luego una señora mayor acarició la tela, levantó el bajo del vestido.

— ¿Usted misma lo cortó?

— Sí.

— Muéstreme la costura.

Luisa le dio la vuelta al vestido. La señora examinó la puntada con detalle, asintió:

— Buenas manos. Quedan pocas así.

Al final del día había una cola. Una joven madre encargó un vestido para su hija. Alguien anotó su número.

Y entonces se acercó un hombre de unos cuarenta y cinco años, con chaqueta de tweed, barba cuidada y ojos atentos. Tomó un vestido, estudió las costuras, pasó los dedos por las pinzas, sostuvo la tela a contraluz.

— Usted no cose por dinero — dijo. — Lo hace con el alma.

Luisa no supo qué responder.

Andrés. Tengo una tienda de ropa vintage que se llama “Ayer”. Necesito un maestro — no una costurera de producción, sino alguien que entienda la tela. Tengo un taller libre desde hace medio año. Mis clientas quieren piezas únicas. ¿Lo intentamos juntos?

Le tendió una tarjeta. Cartón grueso, y en el reverso, escrito a mano: «Cada prenda cuenta una historia».

— Lo pensaré.

— Piénselo. Pero no demasiado.

Esa noche llegó un mensaje de Gabriel:

«Lo he pensado todo. Quiero volver. Intentémoslo de nuevo. Hemos estado tantos años juntos…»

*

Luisa miró el mensaje de Gabriel durante mucho rato, como si intentara descifrar qué debía sentir. Pero dentro de ella sólo había calma — un silencio luminoso, parecido a la luz matinal de su nuevo taller.

Guardó el móvil en el cajón y siguió trabajando en un vestido de batista para una niña. Sus manos se movían con seguridad y en su interior crecía la sensación de que, al fin, caminaba por un camino elegido por ella.

A la mañana siguiente llamaron a la puerta. Luisa dejó la aguja, abrió — era Inés, agitada.

— ¿Lo has visto? ¡Las noticias!

— ¿Qué noticias?

— ¡Sobre la feria! Tu puesto ha salido en un blog local. Te llamaron “la artesana que devuelve alma a la ropa”. ¿Te lo imaginas?

Luisa parpadeó, como si las palabras tardaran en llegar.

— ¿Y… qué significa eso?

— ¡Que mañana tendrás cola hasta las escaleras! — Inés casi saltaba. — Y… — hizo una pausa solemne — Andrés también te ha mencionado. Dice que artesanos como tú son un tesoro.

Algo cálido despertó dentro de Luisa. No euforia, sino confirmación tranquila: estaba en el camino correcto.

Esa tarde, al volver a casa, vio una silueta familiar frente al portal. Gabriel. Con la misma maleta azul, como si quisiera desandar la vida girando un viejo mecanismo.

— Luisa — dio un paso — te he estado esperando. De verdad quiero hablar. Sé que fui un idiota. Tienes todo el derecho a estar enfadada… pero dame la oportunidad de explicarme.

Ella miró la maleta, luego a él. Había una simbología dolorosa en esa escena: volvió con el mismo equipaje con el que se fue. Como si nada hubiese cambiado. Pero había cambiado todo.

— Gabriel — dijo ella tranquila — no se trata de explicaciones. Debes aprender a vivir sin aquello que dabas por hecho. Sin mí, sin que yo te arregle la vida.

Él bajó la cabeza, como quien escucha por primera vez una verdad incómoda.

*

— Pensé… que luchabas por nosotros — susurró.

— Y yo pensé que “nosotros” eran dos personas. No una, alrededor de la cual gira la otra.

Él intentó acercarse, pero Luisa levantó la mano — un gesto suave, pero firme.

— Quieres volver porque te da miedo estar solo. Eso no es amor. Es miedo. Y tienes que enfrentarlo tú.

Sus hombros se desplomaron. Se quedó quieto, comprendiendo por fin el peso de sus palabras.

— Entiendo — dijo en voz baja.

— Lo sé.

Se dio la vuelta y subió las escaleras. Él no la siguió. Y eso era lo correcto.

Una semana después Luisa tomó una decisión. Entró en la tienda “Ayer”, donde Andrés examinaba una falda antigua como si fuera un libro valioso.

— Estoy lista — dijo ella.

Él alzó la vista. Sonrió, sereno, respetuoso.

— Entonces… aquí tienes la llave. El taller es tuyo.

La habitación del fondo la recibió con luz natural. Sobre la mesa había telas cuidadosamente dobladas — un regalo de Andrés, aunque se sentía más como una invitación.

Luisa tocó los tejidos. Sintió lo mismo que el día en que encendió la máquina tras la partida de Gabriel: libertad entrelazada con una alegría tranquila y madura.

Su primera clienta fue la misma señora mayor de la feria.

— Sabía que usted no se perdería — dijo al entrar. — Unas manos así no deben esconderse.

Luisa sonrió, sincera.

*

— Ya no lo harán.

Trabajó hasta tarde. La máquina murmuraba suavemente, la luz bañaba la mesa y la tela se movía obediente bajo sus dedos.

El móvil vibró una vez — era Gabriel. Luisa miró la pantalla y simplemente desactivó el sonido.

Ambos tenían que aprender a vivir de nuevo.

Pero mientras a Gabriel lo esperaba un piso vacío y sus propios miedos, a Luisa la esperaba un taller, una nueva profesión, nuevas personas, una nueva vida.

Y entró en esa vida con serenidad y determinación — como en un vestido hecho a medida, que encaja sin una sola arruga.